Las gafas inteligentes vuelven a tener su oportunidad, pero no desplazarán al móvil (por ahora)

Un teléfono móvil es un pequeño ladrillo y un gran anillo de poder, a lo J.R.R. Tolkien, capaz de subyugar a millones de personas. Es el dispositivo hegemónico, indispensable y de más fácil reventa en portales como Wallapop, y lo es por un buen motivo: condensa en una sola plataforma mensajes personales, noticias, correos de trabajo, redes sociales, pagos con tarjeta y fotografía de andar por casa.

 Después de varias pifias, Meta vuelve a dar en el clavo tras su colaboración con Ray-Ban. El secreto: es una tecnología no invasiva. La pega: otra vez la privacidad  

Audio generado con IA

Un teléfono móvil es un pequeño ladrillo y un gran anillo de poder, a lo J.R.R. Tolkien, capaz de subyugar a millones de personas. Es el dispositivo hegemónico, indispensable y de más fácil reventa en portales como Wallapop, y lo es por un buen motivo: condensa en una sola plataforma mensajes personales, noticias, correos de trabajo, redes sociales, pagos con tarjeta y fotografía de andar por casa.

Ávida de nuevos canales de monetización, la industria tecnológica lleva años tratando de descubrir el siguiente artilugio mágico. En esta ruta senderista ha habido de todo: desde el fracaso de las aparatosas gafas de realidad virtual hasta el triunfo sin paliativos de auriculares y relojes inteligentes, con Apple dando otra vez un clínic sobre el modo de convertirse en líder mundial de productos con jugadores infinitamente más veteranos.

La pista sobre la nueva joya de la corona para las empresas del sector está en los Airpods. No representan nada que no existiese antes, eludiendo así el rechazo que sí provoca un casco que se recalienta, marea y señala al usuario más como un friki que como un early adopter. Siri, que al fin mejora un poco, está a tiro de voz, igual que la música o una llamada importante, y el individuo no se ve forzado a mirar ninguna pantalla, rebuscar en el bolsillo trasero del pantalón o entornar los ojos según brille el sol.

Bajo esa misma premisa emergen poco a poco las gafas inteligentes, mucho más ligeras que el champiñón sugerido antaño por otros, y tan indistinguibles de la mayoría como las Ray-Ban que Meta dota de inteligencia artificial. La consultora Counterpoint, especializada en electrónica de consumo (entre otros verticales), resalta un crecimiento interanual del 263% en la venta mundial de gafas con IA. Ocurre lo mismo que con los AirPods: el invento funciona porque no se trata de imitar a un ordenador, sino de poner el peso en la agilidad, la voz, el oído y, en este caso, la vista. Si usted se olvida de que lleva encima un aparato, el aparato termina convirtiéndose en su mejor amigo.

Lo que la industria probablemente planteará tras los batacazos y enseñanzas del pasado es un desembarco paulatino en el corazón del consumidor. Las gafas del futuro lanzarán cada vez más información de contexto. Qué edificio histórico es ése que despunta cien metros calle abajo; qué modelo de bicicleta eléctrica baja cada día por las escaleras el vecino; qué significan en castellano todas esas kilométricas frases en alemán del menú degustación. Por supuesto, Mark Zuckerberg arrima el ascua a su sardina cuando afirma que, en unos años, quien no recurra a las (sus) gafas inteligentes quedará en franca desventaja respecto a los demás, un argumento que se escucha a diario en relación con la inteligencia artificial.

¿Y las pantallas? Las primeras gafas que se conviertan en un auténtico best-seller tal vez no necesiten proyectar información ante el ojo humano. Bastará con que respondan por voz. Después llegarán pequeñas cuñas de información: Google Maps, mensajes, subtítulos, notificaciones. Más adelante, si la ciencia resuelve el problema de la batería y consigue mantener el peso y el diseño dentro de límites razonables, eclosionará la realidad aumentada. Y entonces quizás, al fin, el smartphone eche a temblar.

De producirse, este desembarco no será coser y cantar. El RGPD europeo y la AI Act pueden chocar, como ocurre con las últimas funcionalidades de audio del Apple Watch, con un dispositivo que graba imágenes y voces y reconoce o identifica a personas. También es razonable desconfiar del destino de ese rostro, esa matrícula o esa charla una vez queda incrustada en los circuitos de la IA, siempre ávida de datos y entrenamiento. Un reloj deportivo de Garmin o Huawei, una pulsera de Whoop o incluso unos auriculares punteros recopilan métricas y hábitos del propietario, pero las gafas abren un escenario inédito desde el momento en que los sensores cazan a la vez a tipos ajenos que pasaban por allí.

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