«¿Vale, entonces dime a quién traigo?». Florentino Pérez ya estaba por entonces decidido a que José Mourinho fuera el próximo entrenador del Madrid, pero seguía escuchando opiniones contrarias, gente a la que la idea le parecía disparatada. Y ninguna de las alternativas, si es que algún interlocutor le lograba ofrecer al aire un nombre, le movía un gramo de su convicción. Una vez más, en su diagnóstico, que no ocultaba ni disimulaba en ninguna de sus conversaciones, el problema del Real Madrid estaba en el ocupante del banquillo, y también el remedio, lo único que de verdad necesita tocarse. La plantilla es excelente y vigente, de ahí no le mueve nadie al presidente. Xabi Alonso le aburría desde el primer día, nunca le llenó y lo fichó casi contra su voluntad, así que no admite como error prescindir de sus servicios. Pero tampoco acepta como acierto sustituirlo por Arbeloa, un tipo que entre otras cosas fue capaz de meter de golpe a siete jugadores de la cantera (y el comentario, que durante un tiempo fue motivo de elogio desde algunos sectores, al presidente le sale peyorativo). En la cabeza de Pérez ya estaba ese plan genial de elevar a la UEFA el informe exhaustivo sobre el caso Negreira. Ese iba a ser el golpe de efecto con el que se contestaría ambientalmente al segundo año en blanco en cuanto el clásico sentenciara la nefasta temporada. Y las relaciones con la UEFA son ahora tan plácidas, pensaba, que no va a tener más remedio que intervenir. Y si no, no se firma la paz acordada, paso atrás y el organismo corre el riesgo de tener que abonar la indemnización por su posición de monopolio contra la Superliga. El as bajo la manga para ejercer presión.Noticia relacionada general No No Florentino acaricia, el Bernabéu azota A. L. Menéndez y M. A. Sánchez-FlorPero entonces saltó a los medios el combate entre Valverde y Tchouaméni y Florentino Pérez empezó a estar visiblemente enojado. No tanto por el hecho en sí, que también (no se dejaba llevar por las versiones edulcorantes del episodio ni las coartadas justificadoras), sino por las filtraciones. Cómo podía haber salido esa noticia de las cuatro paredes de Valdebebas. Con 500.000 euros de multa de cara a la galería (ya veremos si luego se paga) se resolvía el asunto y punto, nada de perjuicios deportivos añadidos. Pero sobre todo había que encontrar al topo. Ya está, el muerto se le carga a Ceballos, que está con un pie fuera del Madrid. Parte del vestuario, en cambio, sospecha de Arbeloa.Cuando el clásico empeora aún más los pronósticos, a Florentino (no asistió al partido, delegó toda representación del club a Butragueño y José Ángel Sánchez) le llega el murmullo de que va a dimitir. ¡Pero cómo va a saberlo antes la gente de fuera que el propio interesado! Lo niega a quien se lo pregunta, pero no entiende de dónde salen las sospechas y empieza a convencerse que son malintencionadas. Lo que sí hay son nervios. Es lunes y toca junta directiva. Pero la suspende dos veces. Por la mañana, a la primera hora prevista, y también a la tarde. Finalmente la cita de la cúpula blanca es el martes. Antes de entrar en dicha reunión, el presidente, habla con alguien de su círculo íntimo (como tantas veces a lo largo de cada día) y le pronuncia de forma textual la frase que tanto le sacaría de quicio horas después al saberla publicada: «Estoy muy cansado». Su confidente lo ve muy bajo de ánimo. Cuando el club comunica de repente la comparecencia del timonel blanco por primera vez en diez años, y pese a los desmentidos previos, vuelve a circular la idea de la dimisión. «Estoy más fuerte que nunca», avanza a sus periodistas más cercanos sin querer dar más detalles de los mensajes que pretendía lanzar luego en su planificada estrategia de distracción: la convocatoria artificial de elecciones (convencido de que nadie va a presentarse, ni siquiera esa especie de alternativa de cuyos movimientos en la sombra, y con quiénes, ya ha tenido noticias), el contraataque por el caso Negreira (lejos quedan sus tiempos de concordia con su homólogo Laporta cuando decía aquello de que nadie va a conseguir que de mi boca salga la palabra Negreira) y el señalamiento a los enemigos imaginarios.El mensaje de Anas LaghariTodo bien preparado y ordenado en un guion que salta por los aires cuando Anas Laghari, su nuevo ‘valido’, le hace llegar con interpretaciones tergiversadas el titular de una noticia que publica ABC minutos antes de su aparición en el estrado del pabellón de la Ciudad Deportiva. Y entre lo que le cuentan en una especie de teléfono escacharrado y los temores que ya rondaban por su cabeza lo recibe como la prueba definitiva de esa conspiración que está convencido se cierne en su contra. Todo lo que hay delante suyo son molinos de viento.Con las frases ya conocidas que dieron la vuelta al mundo, la comparecencia se va mucho más lejos de los 20 minutos previstos inicialmente para desesperación de su equipo de comunicación y mucho más de José Ángel Sánchez, que pese a que ha recuperado posiciones como hombre de confianza no logra convencerle a tiempo de que lo de la rueda de prensa lo mismo no era una buena idea.Como la cosa sale como sale, Florentino Pérez concluye que tiene que intervenir de nuevo para clarificar su mensaje y acude con Pedrerol, que le aprieta bastante más de lo que pronosticaba la maledicencia. En la entrevista, el presidente insiste en los ataques, pero incluye ya contenido de los asuntos deportivos, el meollo de la cuestión para la gente, que se le olvidó mencionar el martes. Y zanja también las dudas electorales. Enrique Riquelme le pide tiempo para poder preparar una candidatura y formalizar el desorbitado aval personal que se le exige a cualquier aspirante desde la reforma de los estatutos y el presidente se lo niega. Cómo no si el repentino anuncio electoral se trataba precisamente de eso, de desactivar cualquier operación en su contra con la imbatible cuenta atrás.La pancarta de un ultraAl día siguiente, llega otro trago. Exponerse al juicio del Bernabéu. Sale airoso. Recibe el aplauso de la gente próxima al palco, los pitos de la hinchada se concentran en Vinicius y Mbappé y los efectivos de seguridad logran retirar toda pancarta crítica que intentase asomar. No siempre de forma amistosa. En el aficionado que extendió un cartel con la leyenda «Florentino, culpable» y que ofreció resistencia cuando se la confiscaban se creyó identificar a un histórico miembro de Ultras Sur, la barra brava del club blanco hoy enfrentada frontalmente al presidente.La exposición pública de Florentino en su semana quizás más comprometida como presidente del Real Madrid terminó el viernes con su presencia en la entrega de medallas de honor de San Isidro en el palacio de Cibeles departiendo amistosamente, entre otros, con una Isabel Ayuso vestida totalmente de blanco y con Enrique Cerezo, el presidente del club que también se llevó su ración de ataques en el tiroteo del martes. «¿Vale, entonces dime a quién traigo?». Florentino Pérez ya estaba por entonces decidido a que José Mourinho fuera el próximo entrenador del Madrid, pero seguía escuchando opiniones contrarias, gente a la que la idea le parecía disparatada. Y ninguna de las alternativas, si es que algún interlocutor le lograba ofrecer al aire un nombre, le movía un gramo de su convicción. Una vez más, en su diagnóstico, que no ocultaba ni disimulaba en ninguna de sus conversaciones, el problema del Real Madrid estaba en el ocupante del banquillo, y también el remedio, lo único que de verdad necesita tocarse. La plantilla es excelente y vigente, de ahí no le mueve nadie al presidente. Xabi Alonso le aburría desde el primer día, nunca le llenó y lo fichó casi contra su voluntad, así que no admite como error prescindir de sus servicios. Pero tampoco acepta como acierto sustituirlo por Arbeloa, un tipo que entre otras cosas fue capaz de meter de golpe a siete jugadores de la cantera (y el comentario, que durante un tiempo fue motivo de elogio desde algunos sectores, al presidente le sale peyorativo). En la cabeza de Pérez ya estaba ese plan genial de elevar a la UEFA el informe exhaustivo sobre el caso Negreira. Ese iba a ser el golpe de efecto con el que se contestaría ambientalmente al segundo año en blanco en cuanto el clásico sentenciara la nefasta temporada. Y las relaciones con la UEFA son ahora tan plácidas, pensaba, que no va a tener más remedio que intervenir. Y si no, no se firma la paz acordada, paso atrás y el organismo corre el riesgo de tener que abonar la indemnización por su posición de monopolio contra la Superliga. El as bajo la manga para ejercer presión.Noticia relacionada general No No Florentino acaricia, el Bernabéu azota A. L. Menéndez y M. A. Sánchez-FlorPero entonces saltó a los medios el combate entre Valverde y Tchouaméni y Florentino Pérez empezó a estar visiblemente enojado. No tanto por el hecho en sí, que también (no se dejaba llevar por las versiones edulcorantes del episodio ni las coartadas justificadoras), sino por las filtraciones. Cómo podía haber salido esa noticia de las cuatro paredes de Valdebebas. Con 500.000 euros de multa de cara a la galería (ya veremos si luego se paga) se resolvía el asunto y punto, nada de perjuicios deportivos añadidos. Pero sobre todo había que encontrar al topo. Ya está, el muerto se le carga a Ceballos, que está con un pie fuera del Madrid. Parte del vestuario, en cambio, sospecha de Arbeloa.Cuando el clásico empeora aún más los pronósticos, a Florentino (no asistió al partido, delegó toda representación del club a Butragueño y José Ángel Sánchez) le llega el murmullo de que va a dimitir. ¡Pero cómo va a saberlo antes la gente de fuera que el propio interesado! Lo niega a quien se lo pregunta, pero no entiende de dónde salen las sospechas y empieza a convencerse que son malintencionadas. Lo que sí hay son nervios. Es lunes y toca junta directiva. Pero la suspende dos veces. Por la mañana, a la primera hora prevista, y también a la tarde. Finalmente la cita de la cúpula blanca es el martes. Antes de entrar en dicha reunión, el presidente, habla con alguien de su círculo íntimo (como tantas veces a lo largo de cada día) y le pronuncia de forma textual la frase que tanto le sacaría de quicio horas después al saberla publicada: «Estoy muy cansado». Su confidente lo ve muy bajo de ánimo. Cuando el club comunica de repente la comparecencia del timonel blanco por primera vez en diez años, y pese a los desmentidos previos, vuelve a circular la idea de la dimisión. «Estoy más fuerte que nunca», avanza a sus periodistas más cercanos sin querer dar más detalles de los mensajes que pretendía lanzar luego en su planificada estrategia de distracción: la convocatoria artificial de elecciones (convencido de que nadie va a presentarse, ni siquiera esa especie de alternativa de cuyos movimientos en la sombra, y con quiénes, ya ha tenido noticias), el contraataque por el caso Negreira (lejos quedan sus tiempos de concordia con su homólogo Laporta cuando decía aquello de que nadie va a conseguir que de mi boca salga la palabra Negreira) y el señalamiento a los enemigos imaginarios.El mensaje de Anas LaghariTodo bien preparado y ordenado en un guion que salta por los aires cuando Anas Laghari, su nuevo ‘valido’, le hace llegar con interpretaciones tergiversadas el titular de una noticia que publica ABC minutos antes de su aparición en el estrado del pabellón de la Ciudad Deportiva. Y entre lo que le cuentan en una especie de teléfono escacharrado y los temores que ya rondaban por su cabeza lo recibe como la prueba definitiva de esa conspiración que está convencido se cierne en su contra. Todo lo que hay delante suyo son molinos de viento.Con las frases ya conocidas que dieron la vuelta al mundo, la comparecencia se va mucho más lejos de los 20 minutos previstos inicialmente para desesperación de su equipo de comunicación y mucho más de José Ángel Sánchez, que pese a que ha recuperado posiciones como hombre de confianza no logra convencerle a tiempo de que lo de la rueda de prensa lo mismo no era una buena idea.Como la cosa sale como sale, Florentino Pérez concluye que tiene que intervenir de nuevo para clarificar su mensaje y acude con Pedrerol, que le aprieta bastante más de lo que pronosticaba la maledicencia. En la entrevista, el presidente insiste en los ataques, pero incluye ya contenido de los asuntos deportivos, el meollo de la cuestión para la gente, que se le olvidó mencionar el martes. Y zanja también las dudas electorales. Enrique Riquelme le pide tiempo para poder preparar una candidatura y formalizar el desorbitado aval personal que se le exige a cualquier aspirante desde la reforma de los estatutos y el presidente se lo niega. Cómo no si el repentino anuncio electoral se trataba precisamente de eso, de desactivar cualquier operación en su contra con la imbatible cuenta atrás.La pancarta de un ultraAl día siguiente, llega otro trago. Exponerse al juicio del Bernabéu. Sale airoso. Recibe el aplauso de la gente próxima al palco, los pitos de la hinchada se concentran en Vinicius y Mbappé y los efectivos de seguridad logran retirar toda pancarta crítica que intentase asomar. No siempre de forma amistosa. En el aficionado que extendió un cartel con la leyenda «Florentino, culpable» y que ofreció resistencia cuando se la confiscaban se creyó identificar a un histórico miembro de Ultras Sur, la barra brava del club blanco hoy enfrentada frontalmente al presidente.La exposición pública de Florentino en su semana quizás más comprometida como presidente del Real Madrid terminó el viernes con su presencia en la entrega de medallas de honor de San Isidro en el palacio de Cibeles departiendo amistosamente, entre otros, con una Isabel Ayuso vestida totalmente de blanco y con Enrique Cerezo, el presidente del club que también se llevó su ración de ataques en el tiroteo del martes.
«¿Vale, entonces dime a quién traigo?». Florentino Pérez ya estaba por entonces decidido a que José Mourinho fuera el próximo entrenador del Madrid, pero seguía escuchando opiniones contrarias, gente a la que la idea le parecía disparatada. Y ninguna de las alternativas, si … es que algún interlocutor le lograba ofrecer al aire un nombre, le movía un gramo de su convicción.
Una vez más, en su diagnóstico, que no ocultaba ni disimulaba en ninguna de sus conversaciones, el problema del Real Madrid estaba en el ocupante del banquillo, y también el remedio, lo único que de verdad necesita tocarse. La plantilla es excelente y vigente, de ahí no le mueve nadie al presidente. Xabi Alonso le aburría desde el primer día, nunca le llenó y lo fichó casi contra su voluntad, así que no admite como error prescindir de sus servicios. Pero tampoco acepta como acierto sustituirlo por Arbeloa, un tipo que entre otras cosas fue capaz de meter de golpe a siete jugadores de la cantera (y el comentario, que durante un tiempo fue motivo de elogio desde algunos sectores, al presidente le sale peyorativo).
En la cabeza de Pérez ya estaba ese plan genial de elevar a la UEFA el informe exhaustivo sobre el caso Negreira. Ese iba a ser el golpe de efecto con el que se contestaría ambientalmente al segundo año en blanco en cuanto el clásico sentenciara la nefasta temporada. Y las relaciones con la UEFA son ahora tan plácidas, pensaba, que no va a tener más remedio que intervenir. Y si no, no se firma la paz acordada, paso atrás y el organismo corre el riesgo de tener que abonar la indemnización por su posición de monopolio contra la Superliga. El as bajo la manga para ejercer presión.
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A. L. Menéndez y M. A. Sánchez-Flor
Pero entonces saltó a los medios el combate entre Valverde y Tchouaméni y Florentino Pérez empezó a estar visiblemente enojado. No tanto por el hecho en sí, que también (no se dejaba llevar por las versiones edulcorantes del episodio ni las coartadas justificadoras), sino por las filtraciones. Cómo podía haber salido esa noticia de las cuatro paredes de Valdebebas. Con 500.000 euros de multa de cara a la galería (ya veremos si luego se paga) se resolvía el asunto y punto, nada de perjuicios deportivos añadidos. Pero sobre todo había que encontrar al topo. Ya está, el muerto se le carga a Ceballos, que está con un pie fuera del Madrid. Parte del vestuario, en cambio, sospecha de Arbeloa.
Cuando el clásico empeora aún más los pronósticos, a Florentino (no asistió al partido, delegó toda representación del club a Butragueño y José Ángel Sánchez) le llega el murmullo de que va a dimitir. ¡Pero cómo va a saberlo antes la gente de fuera que el propio interesado! Lo niega a quien se lo pregunta, pero no entiende de dónde salen las sospechas y empieza a convencerse que son malintencionadas. Lo que sí hay son nervios. Es lunes y toca junta directiva. Pero la suspende dos veces. Por la mañana, a la primera hora prevista, y también a la tarde.
Finalmente la cita de la cúpula blanca es el martes. Antes de entrar en dicha reunión, el presidente, habla con alguien de su círculo íntimo (como tantas veces a lo largo de cada día) y le pronuncia de forma textual la frase que tanto le sacaría de quicio horas después al saberla publicada: «Estoy muy cansado». Su confidente lo ve muy bajo de ánimo.
Cuando el club comunica de repente la comparecencia del timonel blanco por primera vez en diez años, y pese a los desmentidos previos, vuelve a circular la idea de la dimisión. «Estoy más fuerte que nunca», avanza a sus periodistas más cercanos sin querer dar más detalles de los mensajes que pretendía lanzar luego en su planificada estrategia de distracción: la convocatoria artificial de elecciones (convencido de que nadie va a presentarse, ni siquiera esa especie de alternativa de cuyos movimientos en la sombra, y con quiénes, ya ha tenido noticias), el contraataque por el caso Negreira (lejos quedan sus tiempos de concordia con su homólogo Laporta cuando decía aquello de que nadie va a conseguir que de mi boca salga la palabra Negreira) y el señalamiento a los enemigos imaginarios.
El mensaje de Anas Laghari
Todo bien preparado y ordenado en un guion que salta por los aires cuando Anas Laghari, su nuevo ‘valido’, le hace llegar con interpretaciones tergiversadas el titular de una noticia que publica ABC minutos antes de su aparición en el estrado del pabellón de la Ciudad Deportiva. Y entre lo que le cuentan en una especie de teléfono escacharrado y los temores que ya rondaban por su cabeza lo recibe como la prueba definitiva de esa conspiración que está convencido se cierne en su contra. Todo lo que hay delante suyo son molinos de viento.
Con las frases ya conocidas que dieron la vuelta al mundo, la comparecencia se va mucho más lejos de los 20 minutos previstos inicialmente para desesperación de su equipo de comunicación y mucho más de José Ángel Sánchez, que pese a que ha recuperado posiciones como hombre de confianza no logra convencerle a tiempo de que lo de la rueda de prensa lo mismo no era una buena idea.
Como la cosa sale como sale, Florentino Pérez concluye que tiene que intervenir de nuevo para clarificar su mensaje y acude con Pedrerol, que le aprieta bastante más de lo que pronosticaba la maledicencia. En la entrevista, el presidente insiste en los ataques, pero incluye ya contenido de los asuntos deportivos, el meollo de la cuestión para la gente, que se le olvidó mencionar el martes.
Y zanja también las dudas electorales. Enrique Riquelme le pide tiempo para poder preparar una candidatura y formalizar el desorbitado aval personal que se le exige a cualquier aspirante desde la reforma de los estatutos y el presidente se lo niega. Cómo no si el repentino anuncio electoral se trataba precisamente de eso, de desactivar cualquier operación en su contra con la imbatible cuenta atrás.
La pancarta de un ultra
Al día siguiente, llega otro trago. Exponerse al juicio del Bernabéu. Sale airoso. Recibe el aplauso de la gente próxima al palco, los pitos de la hinchada se concentran en Vinicius y Mbappé y los efectivos de seguridad logran retirar toda pancarta crítica que intentase asomar. No siempre de forma amistosa. En el aficionado que extendió un cartel con la leyenda «Florentino, culpable» y que ofreció resistencia cuando se la confiscaban se creyó identificar a un histórico miembro de Ultras Sur, la barra brava del club blanco hoy enfrentada frontalmente al presidente.
La exposición pública de Florentino en su semana quizás más comprometida como presidente del Real Madrid terminó el viernes con su presencia en la entrega de medallas de honor de San Isidro en el palacio de Cibeles departiendo amistosamente, entre otros, con una Isabel Ayuso vestida totalmente de blanco y con Enrique Cerezo, el presidente del club que también se llevó su ración de ataques en el tiroteo del martes.
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