Pepe Demi: «Esto es lo que convierte a un niño deportista en un profesional de élite»

El primer saque de la entrevista puede que sea un deseo oculto de muchas familias con hijos deportistas. ¿Nos gustaría a todos tener a un Nadal en potencia casa? Devuelve la bola Pepe Demi, entrenador de tenis, coach emocional, y autor de ‘Mucho más que ganar’, tranquilizador: «No puedes culpar a un padre de pretender que su hijo llegue a lo mejor o consiga lo mejor. Al final, los grandes sueños no se consideran grandes si no los has imaginado antes. El problema es saber hasta qué punto ese sueño está conectado con la realidad».A su juicio, «soñar a lo grande no está mal, siempre y cuando no te cueste dar marcha atrás. Puedes soñar que tu hijo va a llegar muy lejos, pero cuando no se dé y haya señales evidentes de que el camino es otro, tienes que ser igual de capaz de quererlo, disfrutarlo y acompañarlo en un camino diferente».Toda una declaración de intenciones de un profesional que fue jugador primero, que se quemó, se alejó de la competición y volvió desde otro lugar, como entrenador y divulgador en redes sociales para recordar a las familias de lo que realmente está en juego cuando un niño compite. ¿Por qué es importante que los padres entiendan que la mayoría de los niños no van a llegar a la élite?Porque seguimos entrenando y llevando a nuestros hijos a las competiciones como si el objetivo fuera llegar a lo más alto. Y eso puede cambiar mucho su día a día. En España creo que se compite demasiado pronto y que los niños tienen acceso a rankings y comparativas demasiado pronto. La competición es muy buena y necesaria, pero bien entendida y en el momento adecuado. No puedes pedir determinadas capacidades de gestión y determinadas actitudes a un niño de ocho años al que ya estás comparando en un ranking nacional y para el que ya necesitas puntos para competir. Muchas veces se desvirtúa la competición simplemente porque hacemos competir a los niños demasiado pronto.¿Deberíamos retrasar la competición?Cada vez estoy más convencido de que sí. Hablaba de esto con Ángel Capel, psicólogo deportivo de muchos jugadores de la selección española de fútbol, y me hablaba de sistemas de países nórdicos en los que se empieza a competir más tarde. Sin embargo, los resultados porcentuales de deportistas que después llegan a la élite son muy buenos. Creo que cada vez hay más argumentos para que los niños empiecen a competir más tarde.¿Qué papel juega el entrenador en la experiencia de un niño con el deporte?Es fundamental. Creo que en España está muy extendido el mito de que la intensidad es sinónimo de entrenamiento. Parece que, si no hay intensidad, si no gritas o si no estás todo el rato encima del niño, el entrenador no está haciendo bien su trabajo. Pero la realidad es mucho más compleja. No podemos culpar únicamente al entrenador: es multifactorial. Están el entrenador, los padres y el sistema en general. Yo ahora puedo ser mucho más yo mismo en la pista. Si tengo que parar a un niño veinte minutos y sentarme en un banco a hablar con él porque siento que tengo que hacerlo, puedo hacerlo sin que el padre me meta presión ni el entrenador de la academia esté cuestionándome. Todo el mundo sabe qué hago y por qué lo hago.¿Puede un cambio de entrenador hacer que un niño vuelva a disfrutar de un deporte que estaba a punto de abandonar?Absolutamente. Me pone los pelos de punta escuchar testimonios así porque pienso en cuánta gente habrá dejado el deporte mucho antes, sin darse siquiera la oportunidad de intentarlo, porque tuvo que pasar por un molde en el que sintió que no servía. Cuando un niño te dice: «Mamá, me vuelve a gustar el baloncesto», la clave está ahí. Y muchas veces puede tener que ver con el entrenador.¿Qué convierte a un niño con cualidades físicas y mentales en un deportista de élite?Creo que hay tantos caminos como deportistas. Y si un entrenador te dice que tiene un método único, normalmente huye de ese entrenador. La clave es que el entrenador sea capaz de adaptarse a cada deportista para sacar su máximo potencial. Pero, si tuviera que señalar algo que tienen en común muchos de los que llegan, hablaría de la motivación intrínseca. Me refiero a que el niño esté genuinamente interesado en su deporte. A los padres les digo que se fijen en todo lo que tiene que ver con el deporte que practica su hijo y que no sea el entrenamiento o la competición. ¿Ve partidos? ¿Conoce a los jugadores? ¿Se sabe los rankings? ¿Le interesa el material? ¿Conoce las raquetas, las zapatillas o los equipos? Los que llegan suelen ser auténticos «frikis» de su deporte, en el buen sentido. Están obsesionados con él, igual que alguien puede estar obsesionado con una banda de música o con la pintura.¿La motivación es más importante que las capacidades físicas?No. El trabajo diario siempre va a ser fundamental, pero hay que ser sinceros: para llegar arriba necesitas un conjunto de factores. Hace falta una motivación muy grande, que el físico acompañe y sea el necesario para el deporte que estás haciendo y que el deportista desarrolle determinadas capacidades motrices. Es una combinación de factores. Y si falta uno de ellos, llegar arriba del todo se complica mucho, porque significa competir contra los mejores y contra los más especializados.¿Cómo pueden saber los padres si su hijo realmente es bueno?Cuando no lo digan ellos, sino cuando se lo digan los demás. Creo que nadie debería tener ninguna duda cuando está ante un auténtico portento. Y también hay que asumir que existen muchas variantes del deporte que no significan llegar a ser el número uno. Si gestionas bien el proceso, tu hijo puede vivir del deporte, acabar trabajando para ese deporte, enamorarse del deporte y mantenerse activo toda la vida. Hay muchísimas salidas. No todo es ser número uno o no ser nada.¿Qué significa que un niño tenga éxito en el deporte aunque no llegue a ser profesional?Incluso que termine toda su etapa competitiva sin querer tirar el balón de baloncesto puede ser un éxito. Sorprendería la cantidad de deportistas que han llegado hasta mí y que están convencidos de que, si hablas con algunos de ellos, tiraron sus trofeos a la basura porque les recuerdan una época oscura de su vida. Eso es muy duro.En el libro habla mucho de los padres. ¿Crees que también habría que reconocer todo lo que hacen por sus hijos deportistas?Sí. Creo que es uno de los fallos del libro: no haber dedicado un capítulo específico a los padres. Estamos diciendo constantemente a los padres de deportistas cómo pueden ayudar a sus hijos, y está bien, pero ¿cuánta gente reconoce la labor de alguien que da su tiempo y sus recursos para que otra persona pueda cumplir su sueño? No podemos devolver a una persona el tiempo que ha invertido. Y muchos padres hacen un esfuerzo enorme: salen antes del trabajo, llevan a sus hijos a entrenar, esperan, preparan comida, hacen cientos de kilómetros y están todos los fines de semana en una pista. No digo que haya que echárselo en cara al hijo, pero sí que hay que darse una palmadita en la espalda de vez en cuando. Creo que los padres deberían terminar de leer el libro con la sensación de que están haciendo las cosas bien. En esta vida no deberíamos regirnos únicamente por el resultado de nuestras acciones, sino también por las intenciones que había detrás. Si pensabas que estabas ayudando a tu hijo, no puedes sentirte culpable automáticamente porque algo no haya salido como esperabas.¿También tienen los entrenadores una responsabilidad con los padres?Por supuesto. Una de las cosas que estoy haciendo ahora y que antes no hacía es ser mucho más comunicativo. Como entrenador, no puedo pedir a los padres que confíen en lo que hago con su hijo si no se lo explico. Ahora tengo reuniones al principio de temporada, planifico, explico lo que voy a hacer y periódicamente hablo con ellos. Si todos los que trabajan conmigo están informados de qué estoy haciendo y cómo lo estoy haciendo, se reducen muchos problemas. Hay entrenadores que se cierran y dicen que los padres no pueden hablar ni opinar. Pero el niño que tienes en tus manos es el hijo de alguien. Como mínimo deberías dedicar un poco de tiempo a mantener informados a sus padres. Creo que los clubes y los entrenadores todavía tienen mucho que mejorar en este sentido.Creo que no todos los niños disfrutan de la competición pero sí les gustaría practicar deporte. En seguida piden a las familias que federen a los niños, que compitan… No, no les gusta a todos. Y creo que esto es un problema importante. Estamos juzgando a todo tipo de animales distintos por cómo trepan un árbol. ¿Y si no trepan? ¿No sirven? Con el deporte ocurre algo parecido. Cada niño tiene unas capacidades, unas motivaciones y una forma diferente de relacionarse con la competición. El problema es que muchas veces cuesta encontrar grupos en los que se cuide a un niño que quiere hacer deporte pero no quiere competir.¿Está en España el deporte demasiado orientado a la competición?Sí. Hay grupos de extraescolares que son como el «McDonald’s del tenis» y luego están los grupos de competición, a los que se presta mucha más atención. Cuando eres una persona no competitiva pero quieres hacer deporte, puedes sentirte excluido porque no te hacen el suficiente caso. Y ese es un problema grave. Además, se ha menospreciado al formador de las etapas inferiores porque muchos entrenadores quieren utilizar esas categorías como trampolín para llegar arriba. Pero precisamente ahí es donde hay más deportistas, más trabajo y donde más se necesitan buenos profesionales. Sin embargo, faltan expertos que quieran dedicar toda su vida a formar a los más pequeños.¿Qué opinas de los padres que entrenan a sus propios hijos? ¿No debería estar prohibido?Hay que diferenciar entre los padres que son realmente entrenadores y los que se creen entrenadores y, por sus comentarios, actúan como si lo fueran. Estos últimos no deberían estar en las gradas. No soy capaz de decirte que no lo intentes porque existen casos de éxito en los que ha funcionado. Pero creo que, estadísticamente, es una mala decisión. ¿Te quieres jugar la relación con tu hijo basándote en los casos que han funcionado en la historia del deporte? La cantidad de familias que han tenido problemas es muchísimo mayor. Si quieres hacerlo, hazlo con todas las consecuencias: encárgate tú absolutamente de todo. Lo que no tiene sentido es llevar a tu hijo a una academia y, al mismo tiempo, estar desde fuera replicando al entrenador.¿Dónde está el principal riesgo?En cómo el niño percibe su valor dentro de casa. Si siento que mi padre está más contento cuando gano, aunque él no quiera transmitirlo así, el valor que siento que tengo en casa queda ligado a mis resultados. Ahí está la toxicidad importante.¿Y qué ocurre con los padres que intervienen constantemente desde la grada?Creo que existe una sobreprotección del deportista. Los padres están poco acostumbrados a ver sufrir a sus hijos y no entienden que la vida es mucho más dura que el deporte. Todo el drama que pueda ocurrir en una competición termina cuando acaba el partido. Por eso el deporte, y especialmente el deporte de alto rendimiento, es un campo de prácticas extraordinario para la vida. No podemos impedir constantemente que nuestros hijos sufran, equivocarse o enfrentarse a situaciones difíciles. Saltar a la mínima, opinar o sobreprotegerles puede ser pan para hoy y hambre para mañana. Si un niño crece sintiendo que cada vez que ocurre algo hay alguien que reacciona por él, ¿cómo va a enfrentarse después a una discusión con un jefe o a un problema en el trabajo cuando tenga 25 años?Una de las reglas del libro es no comentar la jugada antes que tu hijo. ¿Por qué?No me gusta demasiado dar reglas concretas, pero si escribes un manual tienes que dar algunas. A nivel general, creo que es mucho más fácil dar un consejo cuando te lo piden. Si sabes mantener el silencio, las pausas y la conversación de la manera adecuada, tu hijo acabará pidiéndote consejo porque eres su referente. Y si un padre siente que su hijo no le escucha, debería hacer un poco de autocrítica y preguntarse si su hijo ha crecido escuchando un ruido de fondo que no quería escuchar cada vez que ocurría algo. La pregunta no es solo «¿por qué mi hijo no me escucha?», sino «¿soy yo la persona a la que mi hijo quiere escuchar?».¿Los padres deberían evitar intentar arreglar un mal partido al terminar?Sí. Todos caemos en eso. Preguntarle a un niño si ha disfrutado, decirle «pásatelo bien» o intentar animarle después de un mal partido puede tener precisamente el efecto contrario. La clave es entender que muchas veces, aunque seas un buen padre y no estés haciendo las cosas mal en general, existen pequeños gestos de los que no somos conscientes. El libro pretende precisamente poner el foco ahí: en esos microgestos que pueden generar grandes cambios. No hace falta estar de acuerdo en que un padre que insulta o protagoniza una pelea en la grada está actuando mal. Eso ya lo sabemos. Lo interesante es que un padre que quiere hacerlo bien pueda leer el libro y pensar: «Esta pequeña cosa quizá podría cambiarla».¿Qué importancia tiene la forma en que los niños se hablan a sí mismos?Mucha. Muchas veces no somos conscientes de que la voz que más escuchamos durante el día es la nuestra. Yo les digo a los chicos: «No permitas hablarte a ti mismo como no permitirías que te hablara alguien por la calle». Tendríamos conflictos con mucha gente si nos hablara como nos hablamos nosotros mismos. No se trata de que nunca tengas pensamientos negativos. Hay una frase que me gusta mucho: un campeón no se caracteriza por no tener emociones negativas, sino porque esas emociones le duran y le afectan poco. Yo mismo, cuando juego al tenis, puedo pensar: «Qué malo eres». Eso ocurre. La cuestión es ser consciente de que esos pensamientos van a llegar, entender que son malos y aprender a salir rápido de ellos.¿Entonces no se trata tampoco de no enfadarse?No. El deporte te lleva al límite y es duro, muy duro. Muchas veces perdemos el control y después nos enfadamos porque hemos perdido el control. Pero si has trabajado para entender que esa pérdida de control es normal y humana, lo importante es volver rápido. No tienes que dejar de enfadarte porque te has enfadado. Tienes que aprender a perdonarte rápido y volver. Ahí está la clave. El primer saque de la entrevista puede que sea un deseo oculto de muchas familias con hijos deportistas. ¿Nos gustaría a todos tener a un Nadal en potencia casa? Devuelve la bola Pepe Demi, entrenador de tenis, coach emocional, y autor de ‘Mucho más que ganar’, tranquilizador: «No puedes culpar a un padre de pretender que su hijo llegue a lo mejor o consiga lo mejor. Al final, los grandes sueños no se consideran grandes si no los has imaginado antes. El problema es saber hasta qué punto ese sueño está conectado con la realidad».A su juicio, «soñar a lo grande no está mal, siempre y cuando no te cueste dar marcha atrás. Puedes soñar que tu hijo va a llegar muy lejos, pero cuando no se dé y haya señales evidentes de que el camino es otro, tienes que ser igual de capaz de quererlo, disfrutarlo y acompañarlo en un camino diferente».Toda una declaración de intenciones de un profesional que fue jugador primero, que se quemó, se alejó de la competición y volvió desde otro lugar, como entrenador y divulgador en redes sociales para recordar a las familias de lo que realmente está en juego cuando un niño compite. ¿Por qué es importante que los padres entiendan que la mayoría de los niños no van a llegar a la élite?Porque seguimos entrenando y llevando a nuestros hijos a las competiciones como si el objetivo fuera llegar a lo más alto. Y eso puede cambiar mucho su día a día. En España creo que se compite demasiado pronto y que los niños tienen acceso a rankings y comparativas demasiado pronto. La competición es muy buena y necesaria, pero bien entendida y en el momento adecuado. No puedes pedir determinadas capacidades de gestión y determinadas actitudes a un niño de ocho años al que ya estás comparando en un ranking nacional y para el que ya necesitas puntos para competir. Muchas veces se desvirtúa la competición simplemente porque hacemos competir a los niños demasiado pronto.¿Deberíamos retrasar la competición?Cada vez estoy más convencido de que sí. Hablaba de esto con Ángel Capel, psicólogo deportivo de muchos jugadores de la selección española de fútbol, y me hablaba de sistemas de países nórdicos en los que se empieza a competir más tarde. Sin embargo, los resultados porcentuales de deportistas que después llegan a la élite son muy buenos. Creo que cada vez hay más argumentos para que los niños empiecen a competir más tarde.¿Qué papel juega el entrenador en la experiencia de un niño con el deporte?Es fundamental. Creo que en España está muy extendido el mito de que la intensidad es sinónimo de entrenamiento. Parece que, si no hay intensidad, si no gritas o si no estás todo el rato encima del niño, el entrenador no está haciendo bien su trabajo. Pero la realidad es mucho más compleja. No podemos culpar únicamente al entrenador: es multifactorial. Están el entrenador, los padres y el sistema en general. Yo ahora puedo ser mucho más yo mismo en la pista. Si tengo que parar a un niño veinte minutos y sentarme en un banco a hablar con él porque siento que tengo que hacerlo, puedo hacerlo sin que el padre me meta presión ni el entrenador de la academia esté cuestionándome. Todo el mundo sabe qué hago y por qué lo hago.¿Puede un cambio de entrenador hacer que un niño vuelva a disfrutar de un deporte que estaba a punto de abandonar?Absolutamente. Me pone los pelos de punta escuchar testimonios así porque pienso en cuánta gente habrá dejado el deporte mucho antes, sin darse siquiera la oportunidad de intentarlo, porque tuvo que pasar por un molde en el que sintió que no servía. Cuando un niño te dice: «Mamá, me vuelve a gustar el baloncesto», la clave está ahí. Y muchas veces puede tener que ver con el entrenador.¿Qué convierte a un niño con cualidades físicas y mentales en un deportista de élite?Creo que hay tantos caminos como deportistas. Y si un entrenador te dice que tiene un método único, normalmente huye de ese entrenador. La clave es que el entrenador sea capaz de adaptarse a cada deportista para sacar su máximo potencial. Pero, si tuviera que señalar algo que tienen en común muchos de los que llegan, hablaría de la motivación intrínseca. Me refiero a que el niño esté genuinamente interesado en su deporte. A los padres les digo que se fijen en todo lo que tiene que ver con el deporte que practica su hijo y que no sea el entrenamiento o la competición. ¿Ve partidos? ¿Conoce a los jugadores? ¿Se sabe los rankings? ¿Le interesa el material? ¿Conoce las raquetas, las zapatillas o los equipos? Los que llegan suelen ser auténticos «frikis» de su deporte, en el buen sentido. Están obsesionados con él, igual que alguien puede estar obsesionado con una banda de música o con la pintura.¿La motivación es más importante que las capacidades físicas?No. El trabajo diario siempre va a ser fundamental, pero hay que ser sinceros: para llegar arriba necesitas un conjunto de factores. Hace falta una motivación muy grande, que el físico acompañe y sea el necesario para el deporte que estás haciendo y que el deportista desarrolle determinadas capacidades motrices. Es una combinación de factores. Y si falta uno de ellos, llegar arriba del todo se complica mucho, porque significa competir contra los mejores y contra los más especializados.¿Cómo pueden saber los padres si su hijo realmente es bueno?Cuando no lo digan ellos, sino cuando se lo digan los demás. Creo que nadie debería tener ninguna duda cuando está ante un auténtico portento. Y también hay que asumir que existen muchas variantes del deporte que no significan llegar a ser el número uno. Si gestionas bien el proceso, tu hijo puede vivir del deporte, acabar trabajando para ese deporte, enamorarse del deporte y mantenerse activo toda la vida. Hay muchísimas salidas. No todo es ser número uno o no ser nada.¿Qué significa que un niño tenga éxito en el deporte aunque no llegue a ser profesional?Incluso que termine toda su etapa competitiva sin querer tirar el balón de baloncesto puede ser un éxito. Sorprendería la cantidad de deportistas que han llegado hasta mí y que están convencidos de que, si hablas con algunos de ellos, tiraron sus trofeos a la basura porque les recuerdan una época oscura de su vida. Eso es muy duro.En el libro habla mucho de los padres. ¿Crees que también habría que reconocer todo lo que hacen por sus hijos deportistas?Sí. Creo que es uno de los fallos del libro: no haber dedicado un capítulo específico a los padres. Estamos diciendo constantemente a los padres de deportistas cómo pueden ayudar a sus hijos, y está bien, pero ¿cuánta gente reconoce la labor de alguien que da su tiempo y sus recursos para que otra persona pueda cumplir su sueño? No podemos devolver a una persona el tiempo que ha invertido. Y muchos padres hacen un esfuerzo enorme: salen antes del trabajo, llevan a sus hijos a entrenar, esperan, preparan comida, hacen cientos de kilómetros y están todos los fines de semana en una pista. No digo que haya que echárselo en cara al hijo, pero sí que hay que darse una palmadita en la espalda de vez en cuando. Creo que los padres deberían terminar de leer el libro con la sensación de que están haciendo las cosas bien. En esta vida no deberíamos regirnos únicamente por el resultado de nuestras acciones, sino también por las intenciones que había detrás. Si pensabas que estabas ayudando a tu hijo, no puedes sentirte culpable automáticamente porque algo no haya salido como esperabas.¿También tienen los entrenadores una responsabilidad con los padres?Por supuesto. Una de las cosas que estoy haciendo ahora y que antes no hacía es ser mucho más comunicativo. Como entrenador, no puedo pedir a los padres que confíen en lo que hago con su hijo si no se lo explico. Ahora tengo reuniones al principio de temporada, planifico, explico lo que voy a hacer y periódicamente hablo con ellos. Si todos los que trabajan conmigo están informados de qué estoy haciendo y cómo lo estoy haciendo, se reducen muchos problemas. Hay entrenadores que se cierran y dicen que los padres no pueden hablar ni opinar. Pero el niño que tienes en tus manos es el hijo de alguien. Como mínimo deberías dedicar un poco de tiempo a mantener informados a sus padres. Creo que los clubes y los entrenadores todavía tienen mucho que mejorar en este sentido.Creo que no todos los niños disfrutan de la competición pero sí les gustaría practicar deporte. En seguida piden a las familias que federen a los niños, que compitan… No, no les gusta a todos. Y creo que esto es un problema importante. Estamos juzgando a todo tipo de animales distintos por cómo trepan un árbol. ¿Y si no trepan? ¿No sirven? Con el deporte ocurre algo parecido. Cada niño tiene unas capacidades, unas motivaciones y una forma diferente de relacionarse con la competición. El problema es que muchas veces cuesta encontrar grupos en los que se cuide a un niño que quiere hacer deporte pero no quiere competir.¿Está en España el deporte demasiado orientado a la competición?Sí. Hay grupos de extraescolares que son como el «McDonald’s del tenis» y luego están los grupos de competición, a los que se presta mucha más atención. Cuando eres una persona no competitiva pero quieres hacer deporte, puedes sentirte excluido porque no te hacen el suficiente caso. Y ese es un problema grave. Además, se ha menospreciado al formador de las etapas inferiores porque muchos entrenadores quieren utilizar esas categorías como trampolín para llegar arriba. Pero precisamente ahí es donde hay más deportistas, más trabajo y donde más se necesitan buenos profesionales. Sin embargo, faltan expertos que quieran dedicar toda su vida a formar a los más pequeños.¿Qué opinas de los padres que entrenan a sus propios hijos? ¿No debería estar prohibido?Hay que diferenciar entre los padres que son realmente entrenadores y los que se creen entrenadores y, por sus comentarios, actúan como si lo fueran. Estos últimos no deberían estar en las gradas. No soy capaz de decirte que no lo intentes porque existen casos de éxito en los que ha funcionado. Pero creo que, estadísticamente, es una mala decisión. ¿Te quieres jugar la relación con tu hijo basándote en los casos que han funcionado en la historia del deporte? La cantidad de familias que han tenido problemas es muchísimo mayor. Si quieres hacerlo, hazlo con todas las consecuencias: encárgate tú absolutamente de todo. Lo que no tiene sentido es llevar a tu hijo a una academia y, al mismo tiempo, estar desde fuera replicando al entrenador.¿Dónde está el principal riesgo?En cómo el niño percibe su valor dentro de casa. Si siento que mi padre está más contento cuando gano, aunque él no quiera transmitirlo así, el valor que siento que tengo en casa queda ligado a mis resultados. Ahí está la toxicidad importante.¿Y qué ocurre con los padres que intervienen constantemente desde la grada?Creo que existe una sobreprotección del deportista. Los padres están poco acostumbrados a ver sufrir a sus hijos y no entienden que la vida es mucho más dura que el deporte. Todo el drama que pueda ocurrir en una competición termina cuando acaba el partido. Por eso el deporte, y especialmente el deporte de alto rendimiento, es un campo de prácticas extraordinario para la vida. No podemos impedir constantemente que nuestros hijos sufran, equivocarse o enfrentarse a situaciones difíciles. Saltar a la mínima, opinar o sobreprotegerles puede ser pan para hoy y hambre para mañana. Si un niño crece sintiendo que cada vez que ocurre algo hay alguien que reacciona por él, ¿cómo va a enfrentarse después a una discusión con un jefe o a un problema en el trabajo cuando tenga 25 años?Una de las reglas del libro es no comentar la jugada antes que tu hijo. ¿Por qué?No me gusta demasiado dar reglas concretas, pero si escribes un manual tienes que dar algunas. A nivel general, creo que es mucho más fácil dar un consejo cuando te lo piden. Si sabes mantener el silencio, las pausas y la conversación de la manera adecuada, tu hijo acabará pidiéndote consejo porque eres su referente. Y si un padre siente que su hijo no le escucha, debería hacer un poco de autocrítica y preguntarse si su hijo ha crecido escuchando un ruido de fondo que no quería escuchar cada vez que ocurría algo. La pregunta no es solo «¿por qué mi hijo no me escucha?», sino «¿soy yo la persona a la que mi hijo quiere escuchar?».¿Los padres deberían evitar intentar arreglar un mal partido al terminar?Sí. Todos caemos en eso. Preguntarle a un niño si ha disfrutado, decirle «pásatelo bien» o intentar animarle después de un mal partido puede tener precisamente el efecto contrario. La clave es entender que muchas veces, aunque seas un buen padre y no estés haciendo las cosas mal en general, existen pequeños gestos de los que no somos conscientes. El libro pretende precisamente poner el foco ahí: en esos microgestos que pueden generar grandes cambios. No hace falta estar de acuerdo en que un padre que insulta o protagoniza una pelea en la grada está actuando mal. Eso ya lo sabemos. Lo interesante es que un padre que quiere hacerlo bien pueda leer el libro y pensar: «Esta pequeña cosa quizá podría cambiarla».¿Qué importancia tiene la forma en que los niños se hablan a sí mismos?Mucha. Muchas veces no somos conscientes de que la voz que más escuchamos durante el día es la nuestra. Yo les digo a los chicos: «No permitas hablarte a ti mismo como no permitirías que te hablara alguien por la calle». Tendríamos conflictos con mucha gente si nos hablara como nos hablamos nosotros mismos. No se trata de que nunca tengas pensamientos negativos. Hay una frase que me gusta mucho: un campeón no se caracteriza por no tener emociones negativas, sino porque esas emociones le duran y le afectan poco. Yo mismo, cuando juego al tenis, puedo pensar: «Qué malo eres». Eso ocurre. La cuestión es ser consciente de que esos pensamientos van a llegar, entender que son malos y aprender a salir rápido de ellos.¿Entonces no se trata tampoco de no enfadarse?No. El deporte te lleva al límite y es duro, muy duro. Muchas veces perdemos el control y después nos enfadamos porque hemos perdido el control. Pero si has trabajado para entender que esa pérdida de control es normal y humana, lo importante es volver rápido. No tienes que dejar de enfadarte porque te has enfadado. Tienes que aprender a perdonarte rápido y volver. Ahí está la clave.  

El primer saque de la entrevista puede que sea un deseo oculto de muchas familias con hijos deportistas. ¿Nos gustaría a todos tener a un Nadal en potencia casa? Devuelve la bola Pepe Demi, entrenador de tenis, coach emocional, y autor de ‘Mucho más que … ganar’, tranquilizador: «No puedes culpar a un padre de pretender que su hijo llegue a lo mejor o consiga lo mejor. Al final, los grandes sueños no se consideran grandes si no los has imaginado antes. El problema es saber hasta qué punto ese sueño está conectado con la realidad».

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