Ramón Espinar ha decidido poner punto final a su etapa en En boca de todos, el programa de actualidad que presenta Nacho Abad en Cuatro, después de cuatro años como colaborador. Y no ha sido por falta de ofertas, por un enfrentamiento con la dirección ni por las discrepancias políticas con el presentador. Ha sido, según ha explicado él mismo, porque había llegado un momento en el que no se reconocía en la televisión que estaba haciendo.
El ex político asegura que su marcha no tiene relación con la cobertura del accidente ferroviario y cuestiona el tono de las tertulias: «Me veía muy gritón»
Ramón Espinar ha decidido poner punto final a su etapa en En boca de todos, el programa de actualidad que presenta Nacho Abad en Cuatro, después de cuatro años como colaborador. Y no ha sido por falta de ofertas, por un enfrentamiento con la dirección ni por las discrepancias políticas con el presentador. Ha sido, según ha explicado él mismo, porque había llegado un momento en el que no se reconocía en la televisión que estaba haciendo.
El ex dirigente de Podemos ha anunciado su marcha a través de un vídeo publicado en su cuenta de Instagram, en el que explica los motivos que le han llevado a abandonar una tertulia en la que participaba dos días a la semana y en la que, según reconoce, estaba muy bien pagado. Una despedida en la que no ha faltado una crítica al modelo de debate político televisivo, pero tampoco el agradecimiento a quienes han sido sus compañeros durante estos cuatro años.
«El titular es que me he ido de En boca de todos, que no voy a seguir colaborando con el programa», comienza explicando Espinar, que ha querido salir al paso de las especulaciones sobre su ausencia, especialmente de quienes la relacionaban con las discrepancias surgidas a raíz de la cobertura del accidente ferroviario de Toledo.
«Nada más lejos de la realidad», asegura. Según su versión, seguía contando con la confianza del programa y mantenía intacta su colaboración habitual de dos días a la semana. Es decir, no le han echado, sino que ha decidido marcharse.
Y es precisamente ahí donde llega la parte más interesante de su explicación. Espinar no esconde que durante estos cuatro años ha trabajado en un espacio ideológicamente muy alejado de sus posiciones políticas. De hecho, describe En boca de todos como un programa «con una línea editorial muy de derechas, marcadamente muy de derechas, con un presentador muy de derechas».
Sin embargo, se apresura a aclarar que esa distancia ideológica nunca le impidió expresarse. «Siempre he podido dar mi opinión, siempre he podido decir lo que quisiera», afirma, recordando que en muchas ocasiones sus intervenciones terminaban en enfrentamientos dialécticos con Nacho Abad.
También tiene palabras de agradecimiento para el equipo y para los tertulianos con los que ha compartido plató, incluidos algunos de los más alejados de sus posiciones, como Carlos Cuesta o Antonio Naranjo. Con ellos, asegura, siempre ha mantenido una buena relación personal, más allá de las discusiones televisadas.
Entonces, ¿por qué abandonar un trabajo bien remunerado, con dos días de presencia semanal y en el que, según insiste, siempre le han tratado bien? «Simplemente, yo, una vez que se encendía la cámara, ya no estaba a gusto», confiesa.
El problema, explica, no estaba en el trato personal ni profesional, sino en «el tono del programa, el formato, el lenguaje audiovisual y el tipo de debate» que se genera en el plató.
Espinar reconoce que había empezado a sentirse incómodo con su propia manera de intervenir. «Me veía muy gritón», admite. Cada vez le costaba más defender sus posiciones sin elevar el tono, mantener la calma y explicar sus argumentos como considera que debería hacerlo.
«Tenía pocas ganas de ir por las mañanas cuando me tocaba», reconoce, antes de describir una dinámica televisiva en la que sentía que estaba dejando de ser él mismo.
Su reflexión va más allá de su experiencia personal en En boca de todos. El ex político cuestiona un modelo de tertulia que convierte el enfrentamiento en espectáculo y que, a su juicio, dificulta el debate sosegado. Una televisión de discusiones permanentes, réplicas cada vez más agresivas y una competición constante por ver quién consigue el siguiente zasca.
Una dinámica en la que admite que también ha participado y con la que, en ocasiones, incluso se ha divertido. «En el macarrismo a veces me lo he pasado bien», reconoce. Pero considera que ese no es el lenguaje en el que quiere desenvolverse ni el que mejor le permite defender sus ideas.
«No es una dinámica de tertulia agresiva, gritona y con un lenguaje de reto y de zasca», explica sobre la manera en la que cree que debería desarrollarse un debate político. Y remata con una reflexión: «Creo que, en términos de época, no construye nada bueno».
Pese a todo, Espinar defiende la importancia de que existan voces progresistas en programas de líneas editoriales conservadoras. Cree que es necesario romper las cámaras de eco y que los espectadores puedan escuchar posiciones diferentes, incluso en espacios donde una determinada ideología es claramente mayoritaria.
Por eso tampoco quiere que su despedida se interprete como una ruptura con el programa o con sus compañeros. Insiste en el buen trato recibido, en la libertad que ha tenido para expresar sus opiniones y en el cariño que guarda al equipo.
Su marcha, asegura, tampoco responde a una oferta concreta que le impidiera continuar en En boca de todos. Explica que desde que dejó la política ha recibido habitualmente más propuestas para participar en televisión y radio de las que finalmente acepta.
Después de cuatro años, Ramón Espinar ha decidido dejar una silla en la que podía seguir sentado, pero en la que ya no se sentía cómodo. Y lo ha hecho con una crítica que trasciende al programa de Nacho Abad: la del tertuliano que descubre que, para hacerse escuchar en televisión, cada vez tiene que gritar más.
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