Tras casi desaparecer por la sequía, la laguna de Santa Olalla en Doñana recupera sus condiciones hídricas, pero no las especies

La laguna permanente de Santa Olalla, en Doñana, ha recuperado sus niveles normales de salinidad tras la grave sequía que sufrió entre los años 2022 y 2024, pero ha perdido especies: ya no quedan anguilas —que se encuentran en peligro crítico de extinción— y los galápagos casi han desaparecido. Sin embargo, ha logrado recuperarse y regresar a niveles habituales de salinidad tras los dos últimos inviernos lluviosos. Un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad Pablo de Olavide destaca la capacidad de autorregeneración de este ecosistema pese a los episodios extremos de sequía registrados entre 2022 y 2024, cuando se llegó a la desecación total de la laguna.

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 Un estudio de la Universidad Pablo de Olavide certifica la capacidad de autorregeneración de un ecosistema, siempre que no se sobrepasen ciertos límites  

La laguna permanente de Santa Olalla, en Doñana, ha recuperado sus niveles normales de salinidad tras la grave sequía que sufrió entre los años 2022 y 2024, pero ha perdido especies: ya no quedan anguilas —que se encuentran en peligro crítico de extinción— y los galápagos casi han desaparecido. Sin embargo, ha logrado recuperarse y regresar a niveles habituales de salinidad tras los dos últimos inviernos lluviosos. Un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad Pablo de Olavide destaca la capacidad de autorregeneración de este ecosistema pese a los episodios extremos de sequía registrados entre 2022 y 2024, cuando se llegó a la desecación total de la laguna.

Miguel Rodríguez, uno de los autores del trabajo, subraya que la evolución reciente confirma la resiliencia del sistema lagunar: “La salinidad ahora mismo se ha normalizado. El valor medio de la conductividad eléctrica (indicador directo de salinidad) está en torno a 7 milisiemens por centímetro, que es lo habitual en la laguna”. Este dato contrasta con los picos alcanzados durante la sequía, cuando se llegaron a registrar valores superiores a 35 mS/cm, niveles próximos a los del agua de mar.

El estudio, basado en mediciones continuas desde 2015, muestra cómo la laguna pasó de tener una salinidad relativamente estable entre 5 y 10 mS/cm en años húmedos (2015-2019) a dispararse durante la sequía iniciada en 2019, con un máximo en 2022, el año más seco. “Cuando la laguna pierde agua por evaporación, las sales se concentran y la conductividad aumenta”, explica Rodríguez, que recuerda que este indicador permite medir de forma rápida la salinidad total del agua.

Sin embargo, el cambio de tendencia ha sido notable en los dos últimos años hidrológicos. Las lluvias, un 30% superiores a la media en 2024-2025 y entre un 15% y un 20% este último año, han favorecido el aumento del nivel del agua y la dilución de las sales. De hecho, la laguna ha alcanzado profundidades suficientes (entre 1,9 y 2 metros actualmente) como para unirse a la vecina laguna Dulce, un fenómeno que no se producía en años de sequía. “Entre abril y septiembre de 2025 estuvieron unidas, y este año ha vuelto a ocurrir”, señala el investigador.

Este comportamiento refleja, según Rodríguez, la capacidad de los humedales para recuperarse de forma natural siempre que no se superen ciertos límites: “Los ecosistemas tienen una capacidad de autorregulación muy importante. En Santa Olalla lo estamos viendo claramente: tras la sequía, el sistema se ha recuperado perfectamente con la llegada de las lluvias”.

El papel del acuífero resulta clave en este proceso. Aproximadamente el 80% del agua que alimenta la laguna procede de aportes subterráneos, mucho más dulces, lo que ayuda a rebajar la salinidad incluso en periodos de escasez. Este efecto amortiguador explica que, pese a los episodios extremos, la laguna no alcance niveles de salinidad propios de otros sistemas más degradados.

No obstante, el investigador advierte de que esta capacidad de recuperación no es ilimitada. “Si la presión sobre el sistema es muy fuerte y prolongada, se pueden alcanzar puntos de no retorno”, señala. De hecho, otras lagunas cercanas, más afectadas por la presión humana (Charco del Toro), no han logrado recuperarse con la misma rapidez.

La investigación se basa en una combinación de mediciones manuales —realizadas desde 2015— y registros automáticos cada tres horas, implantados desde 2023, lo que ha permitido desarrollar modelos empíricos con alto grado de ajuste para reconstruir la evolución de la salinidad durante toda la década.

Consecuencias en el ecosistema

El episodio prolongado de sequía que provocó su desecación entre 2022 y 2024 ha dejado consecuencias que no se corrigen al mismo ritmo. Con la recuperación actual del nivel hídrico, los valores de salinidad han vuelto a rangos normales. “El hecho de que la laguna se recupere conforme aumenta la cantidad de agua en superficie hace que baje la concentración de sales”, explica Eloy Revilla, director de la Estación Biológica de Doñana.

Este proceso responde a una dinámica natural. Cuando el agua escasea, la evaporación concentra las sales; cuando vuelve el aporte hídrico, se diluyen. En el caso de Santa Olalla, alimentada en gran parte por el acuífero, la llegada de lluvias abundantes ha permitido recuperar profundidades e incluso la conexión puntual con lagunas cercanas. Sin embargo, Revilla advierte de que la recuperación física y química no implica una restauración automática del ecosistema. “Eso no cambia las consecuencias que haya podido tener en la flora y en la fauna. Los picos de salinidad eliminan especies que pueden no tener capacidad de volver a ocupar la laguna”, señala.

El impacto más evidente se ha producido en la fauna. Especies como la anguila (en peligro crítico de extinción) han desaparecido tras los episodios de desecación, y su regreso depende de eventos excepcionales de inundación que reconecten la laguna con la marisma. “Hasta que no se produzca una inundación extraordinaria no van a poder volver”, añade.

También han sufrido las poblaciones de galápagos, que dependen de cuerpos de agua permanentes para su supervivencia. “Han experimentado una disminución muy importante en Doñana y su recuperación será lenta”, indica el director de la Estación Biológica.

En la vegetación, la sequía ha alterado la estructura del entorno lagunar. El secado prolongado ha favorecido la entrada de matorral y especies como los tarajes en zonas que antes ocupaban pastizales húmedos, modificando el equilibrio de este espacio natural.

Pese a todo, la evolución reciente de Santa Olalla confirma que el sistema mantiene su capacidad de respuesta frente a episodios extremos. “Los humedales tienen una capacidad de autorregulación muy importante, siempre que no se superen ciertos límites”, resume Revilla.

Advertencia de WWF

El portavoz de la oficina de WWF en Doñana, Juanjo Carmona, subraya que este nuevo estudio de la UPO “viene a demostrar una vez más lo sensibles y frágiles que son las lagunas peridunares”, pese a su alto grado de protección y valor ecológico. Carmona recuerda que estos humedales llevan décadas sometidos a una fuerte presión, especialmente por las extracciones de agua para regadío y el abastecimiento del núcleo turístico de Matalascañas (Almonte), un problema ya detectado en estudios de la organización en los años 80.

A todo ello se añade el impacto del cambio climático, que ha favorecido episodios de desecación prolongada como el de los últimos años. “Sabemos cuál es la solución”, señala, en referencia a la necesidad de reducir la dependencia del acuífero mediante el aporte de aguas superficiales, una actuación pendiente por parte del Ministerio para la Transición Ecológica, organismo que además prevé la clausura de los sondeos existentes en el extremo occidental de la población, debido a su cercanía a las lagunas próximas y hábitats asociados, sustituyendo el suministro por diversas vías. Unas obras que, a juicio de Carmona, siguen retrasándose mientras los ecosistemas “pierden resiliencia” y ven agravado su deterioro.

El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco) decidió el pasado mes de febrero someter a evaluación ambiental el proyecto para reorganizar el abastecimiento de agua en Matalascañas, al considerar que puede tener efectos adversos significativos sobre el entorno de Doñana.

La actuación, impulsada por la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir (CHG), prevé clausurar dos sondeos situados en el extremo oriental del núcleo costero y sustituirlos por otros dos en la zona occidental. El objetivo es reducir la presión sobre el acuífero y favorecer la recuperación del sistema lagunar, en especial de la laguna de Santa Olalla, mediante un aumento de los niveles piezométricos.

Actualmente, el abastecimiento de Matalascañas se apoya en diez sondeos, de los que solo cinco están en funcionamiento. Informes previos de teledetección de la CHG ya alertaron en 2016 del deterioro y desaparición de lagunas como las del Brezo y el Charco del Toro, así como del riesgo para otras cercanas, vinculado a la sobreexplotación del acuífero.

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