Un Sorolla baratísimo

«Me gustó el marco!, dice el paisano murciano del Sorolla que encontró en Sevilla. Andrés Hurtado no sabía que el cuadro era valioso. A él le resultó pintón y decorativo. Luego, ayudado por la IA, confirmó que, efectivamente, aquello era bueno. Para sus dueños, la obra tiene valor sentimental. Curioso eso: tanto Andrés como ellos le ven al Sorolla unas virtudes que, en principio, no tienen demasiado que ver con que lo pintase el genio valenciano. Ni con su precio de mercado. Por otro lado, Joaquín Sorolla fue un artista muy prolífico, con más de dos millares de obras catalogadas. Si hubiera pintado un cuadro al día, todos los días, se habría pasado 6 años enteros sin dejar de producir, fines de semana y festivos incluidos. Hay muchos Sorollas ahí fuera y más gente de la que creemos tiene uno en casa. Alguno más habrá terminado tirado en la calle.

 Andrés Hurtado no sabía que el cuadro era valioso. A él le resultó pintón y decorativo  

«Me gustó el marco!, dice el paisano murciano del Sorolla que encontró en Sevilla. Andrés Hurtado no sabía que el cuadro era valioso. A él le resultó pintón y decorativo. Luego, ayudado por la IA, confirmó que, efectivamente, aquello era bueno. Para sus dueños, la obra tiene valor sentimental. Curioso eso: tanto Andrés como ellos le ven al Sorolla unas virtudes que, en principio, no tienen demasiado que ver con que lo pintase el genio valenciano. Ni con su precio de mercado. Por otro lado, Joaquín Sorolla fue un artista muy prolífico, con más de dos millares de obras catalogadas. Si hubiera pintado un cuadro al día, todos los días, se habría pasado 6 años enteros sin dejar de producir, fines de semana y festivos incluidos. Hay muchos Sorollas ahí fuera y más gente de la que creemos tiene uno en casa. Alguno más habrá terminado tirado en la calle.

Yo vi una vez, en una casa de postín, una cabeza de Brancusi colocada, muy decorativamente, en un lugar en que cualquiera podría darle una patada. Confirmo ahora, como Andrés, vía IA, que no era de las más caras del escultor rumano. Hace un mes una de ellas fue subastada por 107 millones de dólares. Lo mismo su nuevo dueño la tiene puesta en una esquina de la piscina, como quien pone un buda o una tinaja tumbada, con plantas saliendo de dentro. Finísimo. Arte.

Las casas de mis amigos de Madrid están llenas de chollos encontrados en mercadillos europeos o en el Rastro. Cuando yo voy a esos sitios, lo único que consigo es que intenten timarme. Una vez intenté hacerme con unas butacas Barcelona de Mies van der Rohe que alguien había dejado en una esquina (de Barcelona), pero en cuanto me acerqué a ellas salieron de la nada dos tipos para dejarme claro que ellos estaban ahí antes. Yo sólo quería ser una de esas personas que pilla una chaqueta de Larry LeGaspi en una tienda de segunda mano por 10 euros o se tropieza con un Sorollita en Sevilla. Sólo una vez me hice con un tesoro: diez camisetas de Margiela que, en un outlet, estaban claramente mal etiquetadas. Al cajero le pareció normal que aquellas prendas de colores mustios costasen una miseria. Yo me sentí como un amante de Gala Dalí saliendo del castillo de Púbol con la bragueta abierta y, bajo el brazo, la Leda Atómica envuelta en papeles de periódico.

Las camisetas eran de la talla M. Ahí están, en un cajón, porque no me caben. Y ni siquiera son bonitas. O no lo que mi madre o cualquier madre entiende por «bonitas». Son, eso sí, un símbolo de pertenencia que solo leen quienes babean (babeamos) por los pespuntes a la vista de Margiela. Como los Sorolla recién comprados que adornan los salones de los nuevos ricos madrileños. O sus primos barceloneses: los Miró. Vas a esas casas y a la mínima te comentan que los cuadros son buenos, te sueltan el precio y rematan con «una ganga, tuvimos suerte». La próxima vez responderé: «Me gusta el marco». Igual así desactivo una exhibición de poderío tan cutre.

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