Captura, que nada queda: cómo Captoplastic resuelve un problema de salud pública

Una de las arterias clave de la economía, no siempre bien explotada desde España, apunta a la transferencia de conocimiento de la universidad hacia el sector privado. Entre la probeta y el producto tangible suelen interponerse múltiples obstáculos. Hay ideas que brillan en el laboratorio o los despachos pero después no hallan cobijo en el mercado. A veces, la propia estructura universitaria ralentiza los ritmos necesarios para que una iniciativa se concrete. Tampoco es extraño que la inversión necesaria nunca se plasme, o que en el equipo fundador falten conocimientos de mercado o una red de contactos suficiente para ganar ascendencia y allanar el terreno. Pero, a veces, los astros se alinean y entonces surgen startups como Captoplastic.La empresa nace el 15 de junio de 2020 como spin-off de la Universidad Autónoma de Madrid a partir de una patente desarrollada en 2018 por un grupo de investigadores del departamento de Ingeniería Química liderado por José Antonio Casas. La patente base se registra en 2019 y al año siguiente se obtiene el apoyo de BeAble Capital, gestora de fondos deep tech especializada en el entorno académico y en fases tempranas. Lo que Captoplastic pone sobre el tapete es una tecnología que se articula a partir de tres verbos: identificación, cuantificación y eliminación de microplásticos (partículas de entre uno y 5 milímetros) en el agua.Raquel Parra, ex CEO de una compañía que hoy dirige Ismael Olmedo, lanza una explicación para todos los públicos: «Controlamos el contaminante que ya está en el medio y que nos afecta a todos. Los microplásticos socavan el ecosistema y la salud humana y están presentes incluso en el cerebro y la placenta y eso influye en enfermedades del día a día. Captoplastic mide cuántos hay y cómo eliminarlos».Si la medición es la puerta de entrada al cliente y fija en paralelo un estándar que podría servir en el futuro al regulador, Olmedo recuerda que también se aporta la solución de las plantas de captura. En Arroyo del Soto, Móstoles, funciona una planta piloto para el Canal de Isabel II que gestiona 2.400 metros cúbicos al día. Para escalar la infraestructura e ir a plantas de entre 30.000 y 80.000 metros cúbicos diarios se negocia estos meses una ronda de inversión de alrededor de cinco millones de euros que se sumarían a los siete millones levantados hasta la fecha. «Es crucial que las administraciones públicas comiencen a prescribir tecnología para luchar contra la polución y ayuden a acelerar esta transición [hacia una sociedad más sostenible y limpia] –apunta el actual CEO–. La ronda es clave para adaptar nuestros equipos y nuestras plantas a esa futura legislación. Yo provengo de una multinacional, pero sinceramente pienso que lo que hago ahora es más difícil: obtener capital, buscar el mercado, escalar la solución y lograr todo el conjunto a un coste razonable».Tres son las líneas de negocio de Captoplastic. Una de ellas se refiere a las depuradoras urbanas. En España hay más de 2.000 y la startup quiere cerrar convenios con empresas del sector para implementar más pruebas piloto. En las depuradoras urbanas hay una línea de agua y otra de fango, pero la compañía interviene «justo antes de que se generen los lodos de depuración», que en España terminan de diversas maneras (aplicaciones agrícolas, compostaje e incineradoras). El segundo caso de uso es la pata industrial. Desde la formación del microplástico con los pelets hasta el almacenaje y la transformación existen pérdidas de estas partículas y constituyen un contaminante. Por último, Captoplastic sirve a lavanderías industriales, cerveceras, empresas del sector textil y fabricantes de envases.Escarbar en la patente de la spin-off de la Autónoma conduce inevitablemente a la fascinación intrínseca a la ciencia. Se recurre a un captador magnético que se añade al agua y se adhiere selectivamente a las partículas de plástico. Después, los microplásticos atrapados se retiran de la corriente acuosa con una eficiencia de hasta el 90%. Además, el captador es reutilizable y los microplásticos pueden revalorizarse siguiendo el guión de la economía circular.

 La spin-off de la Autónoma de Madrid identifica, cuantifica y elimina los peligrosos microplásticos del agua. Estos meses negocia una ronda de cinco millones  

Una de las arterias clave de la economía, no siempre bien explotada desde España, apunta a la transferencia de conocimiento de la universidad hacia el sector privado. Entre la probeta y el producto tangible suelen interponerse múltiples obstáculos. Hay ideas que brillan en el laboratorio o los despachos pero después no hallan cobijo en el mercado. A veces, la propia estructura universitaria ralentiza los ritmos necesarios para que una iniciativa se concrete. Tampoco es extraño que la inversión necesaria nunca se plasme, o que en el equipo fundador falten conocimientos de mercado o una red de contactos suficiente para ganar ascendencia y allanar el terreno. Pero, a veces, los astros se alinean y entonces surgen startups como Captoplastic.
La empresa nace el 15 de junio de 2020 como spin-off de la Universidad Autónoma de Madrid a partir de una patente desarrollada en 2018 por un grupo de investigadores del departamento de Ingeniería Química liderado por José Antonio Casas. La patente base se registra en 2019 y al año siguiente se obtiene el apoyo de BeAble Capital, gestora de fondos deep tech especializada en el entorno académico y en fases tempranas. Lo que Captoplastic pone sobre el tapete es una tecnología que se articula a partir de tres verbos: identificación, cuantificación y eliminación de microplásticos (partículas de entre uno y 5 milímetros) en el agua.
Raquel Parra, ex CEO de una compañía que hoy dirige Ismael Olmedo, lanza una explicación para todos los públicos: «Controlamos el contaminante que ya está en el medio y que nos afecta a todos. Los microplásticos socavan el ecosistema y la salud humana y están presentes incluso en el cerebro y la placenta y eso influye en enfermedades del día a día. Captoplastic mide cuántos hay y cómo eliminarlos».
Si la medición es la puerta de entrada al cliente y fija en paralelo un estándar que podría servir en el futuro al regulador, Olmedo recuerda que también se aporta la solución de las plantas de captura. En Arroyo del Soto, Móstoles, funciona una planta piloto para el Canal de Isabel II que gestiona 2.400 metros cúbicos al día. Para escalar la infraestructura e ir a plantas de entre 30.000 y 80.000 metros cúbicos diarios se negocia estos meses una ronda de inversión de alrededor de cinco millones de euros que se sumarían a los siete millones levantados hasta la fecha. «Es crucial que las administraciones públicas comiencen a prescribir tecnología para luchar contra la polución y ayuden a acelerar esta transición [hacia una sociedad más sostenible y limpia] –apunta el actual CEO–. La ronda es clave para adaptar nuestros equipos y nuestras plantas a esa futura legislación. Yo provengo de una multinacional, pero sinceramente pienso que lo que hago ahora es más difícil: obtener capital, buscar el mercado, escalar la solución y lograr todo el conjunto a un coste razonable».
Tres son las líneas de negocio de Captoplastic. Una de ellas se refiere a las depuradoras urbanas. En España hay más de 2.000 y la startup quiere cerrar convenios con empresas del sector para implementar más pruebas piloto. En las depuradoras urbanas hay una línea de agua y otra de fango, pero la compañía interviene «justo antes de que se generen los lodos de depuración», que en España terminan de diversas maneras (aplicaciones agrícolas, compostaje e incineradoras). El segundo caso de uso es la pata industrial. Desde la formación del microplástico con los pelets hasta el almacenaje y la transformación existen pérdidas de estas partículas y constituyen un contaminante. Por último, Captoplastic sirve a lavanderías industriales, cerveceras, empresas del sector textil y fabricantes de envases.
Escarbar en la patente de la spin-off de la Autónoma conduce inevitablemente a la fascinación intrínseca a la ciencia. Se recurre a un captador magnético que se añade al agua y se adhiere selectivamente a las partículas de plástico. Después, los microplásticos atrapados se retiran de la corriente acuosa con una eficiencia de hasta el 90%. Además, el captador es reutilizable y los microplásticos pueden revalorizarse siguiendo el guión de la economía circular.

Parra es ingeniera industrial de formación y Olmedo economista. La primera explica que una de las claves de que Captoplastic tenga buenas perspectivas se debe a que la universidad donde surge la semilla les respaldó dándoles libertad y dejando que el equipo (17 empleados en plantilla) se dotase de una «visión de empresa». Para apuntalar este último aspecto, «una vez la compañía crece, tiene mucho sentido incorporar perfiles como el de Ismael», quien atesora más de 12 años en Agbar, cinco y medio en Suez España y casi el mismo tiempo en Veolia. «Transferir conocimiento es fundar y profesionalizar una empresa sin perder nunca el apoyo de la universidad», reflexiona Parra. «Es crucial que profesionales con experiencia en el día a día de grandes corporaciones se incorporen a la esfera de las startups para darles esa opción de supervivencia. Una idea se aterriza con pilotos que sepan manejar aviones», remacha Olmedo.
El plan de negocio actual se expande hasta 2032, contempla un crecimiento en equipos de medición y plantas y descuenta la singularidad de los procesos de conversión, mucho más dilatados que en el caso de una firma dedicada a vender software. «Una cosa es que el potencial cliente muestre interés y otra que te haga un pedido», recalca el CEO. Es fácil entenderlo: los equipos de medición cuestan una media de 60.000 ó 70.000 euros tanto para agua potable como para agua residual. Las plantas de caudales más pequeños (10.000 litros/hora) suponen unos 190.000 euros, mientras que aquellas capaces de enfrentarse a mayor volumen (100.000 litros/hora) parten de 420.000 euros.
Por ley, en el agua potable hay que medir también los microplásticos y Captoplastic es capaz de hacerlo, pero Olmedo y Parra lanzan un mensaje tranquilizador: «El agua potable tiene muchísimos menos microplásticos que el agua residual. Una depuradora convencional los elimina al 75%. Eso no quita que nosotros intentemos solucionar el problema en origen».

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