La materia oscura mola mucho. A la gente le gusta porque es “mística” y es uno de los grandes misterios de la ciencia. Algo que está ahí… pero es transparente al espectro electromagnético y compone el 85% de la materia del universo. ¿A quién no le va a gustar?
Es un recurso común para explicar “movidas de la ficción que pueden dar poderes”, con un trasfondo científico muy complicado que además tiene una historia de descubrimiento tan larga y extensa como su complejidad matemática. Muchos científicos y años de investigación la han puesto en el punto de mira de todos los cosmólogos, pero si hay algo anecdótico a destacar es alguien que, además de “descubrirla”, era un auténtico personaje. Si en algún momento de mi vida me llegan a decir que uno de los insultos más rigurosamente ofensivos podría venir de uno de los descubridores de la materia oscura, no lo firmaba, pero escucharía con atención.
Pocas figuras encarnan una mente brillante con un comportamiento ofensivamente histriónico, pero el protagonista de hoy es el astrofísico suizo de origen búlgaro Fritz Zwicky. Afincado durante la mayor parte de tormentosa carrera en el prestigioso Instituto Tecnológico de California, Caltech, (sí, el de Sheldon y Leonard en The Big Bang Theory), Zwicky fue uno de los intelectos más vanguardistas y polifacéticos de la astronomía moderna, pero al mismo tiempo un individuo abrumadoramente insoportable.
Este científico dejó para la posteridad una contribución que a muchos de nosotros nos puede encandilar; la invención del calificativo «bastardos esféricos» (traducido al español como «idiotas esféricos» o «capullos esféricos», a elección de cada uno). Así dicho puede que no sea un insulto tan potente ni cautivador como el extenso catálogo del que dispone la lengua española, pero ¿Por qué es riguroso y gusta tanto?
Descubrir que “hay algo” en el espacio
En 1933, Fritz Zwicky cambió totalmente cómo se concibe el universo mientras analizaba el Cúmulo de Coma, una gigantesca aglomeración formada por miles de galaxias situada a más de 300 millones de años luz de la Tierra. Al estudiar el comportamiento dinámico de este conjunto, Zwicky midió las velocidades a las que se desplazaban las galaxias individuales dentro del cúmulo. Lo que descubrió fue algo que no cuadraba con lo que se preveía, las galaxias se movían a una velocidad extraordinaria, muchísimo más rápido de lo que dictaba cualquier previsión teórica basada en la física clásica.
De acuerdo con las leyes de la gravedad formuladas por Isaac Newton y ampliadas por Albert Einstein, la atracción gravitatoria que mantiene unido a un sistema depende directamente de la cantidad de masa que éste contiene. Sin embargo, al calcular la masa total visible del Cúmulo de Coma —sumando la luz emitida por todas sus estrellas y galaxias observables—, Zwicky se topó con una brutal contradicción física. La masa visible era alarmantemente insuficiente para generar la fuerza gravitatoria necesaria que retuviera a esas galaxias.
A velocidades tan extremas, la gravedad aparente no podía actuar como freno, por lo que el cúmulo no debería existir y las galaxias habrían salido despedidas en todas direcciones hacia el espacio intergaláctico, desintegrando la estructura por completo.
Zwicky realizó investigaciones y sus números arrojaron una conclusión rompedora para la época. Para que el cúmulo se mantuviera unido a pesar de esas desorbitadas velocidades, debía contener al menos 400 veces más masa de la que los telescopios de la época eran capaces de detectar.
Dedujo que la inmensa mayoría de la masa del cúmulo no estaba compuesta por estrellas brillantes ni gas visible, sino por una misteriosa sustancia no luminosa que actuaba como un invisible pegamento gravitatorio universal. Fue en este momento histórico cuando el astrofísico acuñó en alemán el término dunkle Materie —traducido directamente como «materia oscura»— para describir esta masa ausente pero gravitacionalmente presente,
De esta manera Zwicky sentó la primera piedra fundamental de uno de los mayores misterios de la cosmología moderna que años más tarde se postularía como uno de las curiosidades más ansiadas por resolver de la ciencia.
Gran científico, gran capullo
Las dos caras de la misma moneda de Zwicky son su genialidad mental en el ámbito científico y su, según el testimonio unánime de sus contemporáneos, la pesadilla cotidiana de convivir con él.
Zwicky poseía una personalidad abrasiva, ególatra y profundamente combativa. Estaba sinceramente convencido de ostentar el monopolio de la verdad científica y trataba continua y diariamente a sus compañeros de trabajo como analfabetos instruidos, burócratas pusilánimes o trepas sin talento. Su comportamiento en las dependencias de Caltech se caracterizó por un matonismo intelectual constante y la provocación deliberada.
Presumía de su notable fuerza física y de su reputación como alpinista experto en las montañas suizas. Tal era su ego y ansia de mirar por encima del hombro a los demás que, para ridiculizar a los físicos teóricos y astrónomos de su entorno, a quienes consideraba seres débiles, acomodados y sedentarios, solía tirarse al suelo sin previo aviso en medio de la cafetería del campus para realizar demostraciones de flexiones a una sola mano ante la mirada atónita e incómoda de los académicos.
Su rivalidad más feroz la mantuvo con el astrónomo alemán Walter Baade. Aunque en 1934 firmaron juntos un trabajo genial donde acuñaron el término «supernova» e intuyeron las estrellas de neutrones, su relación derivó en un odio patológico. Zwicky se refería en público a Baade como «el nazi» y lo calificaba de «cretino».
La violencia verbal de Zwicky era tan extrema que el propio Baade confesó aterrorizado a sus allegados que temía seriamente que Zwicky intentara asesinarlo en los pasillos de Palomar. Tras décadas de disputas y sabotajes mutuos, en 1966 Caltech forzó su jubilación y le revocó los permisos de observación, relegándole finalmente a un cubículo diminuto en el sótano del edificio de física.
El insulto más riguroso
Zwicky estaba convencido de que Baade, Edwin Hubble y la cúpula del observatorio utilizaban maniobras burocráticas para impedirle acceder al telescopio principal y se registró la siguiente frase:
¡Esos bastardos esféricos me echaron del maldito telescopio de 200 pulgadas! Inventaron una regla especial. Grrr. ¡A esos los podría aplastar! — Fritz Zwicky (Registrado por Robert Kirshner)
El calificativo de los «bastardos esféricos» trascendió los pasillos de Pasadena cuando el periodista Richard Preston publicó en 1987 el libro First Light: The Search for the Edge of the Universe. En sus páginas, Preston rescató la figura de Zwicky como un «genio loco», detallando sus descalificaciones más ásperas, las amenazas relatadas por sus compañeros y sus extravagantes demostraciones en el comedor universitario.
La genialidad de este improperio trasciende lo barriobajero, usando la geometría en su más puro significado hiriente. Al tildar a sus colaboradores de «esféricos», Zwicky argumentaba que la incompetencia y la mezquindad de los demás astrónomos constituían cualidades intrínsecas, absolutas e independientes de la perspectiva del observador. Es decir, daba exactamente igual si se les evaluaba desde la astrofísica teórica, la técnica de sus observaciones o cómo hablaban con los demás, eran idiotas en todos los ámbitos.
Son idiotas esféricos, no importa desde qué ángulo se les mire, siguen siendo igual de idiotas desde todos los lados
Lejos de caer en el olvido, el término fue adoptado por célebres divulgadores como Kip Thorne, Robert Kirshner y Bill Bryson, convirtiéndose en una leyenda urbana de la ciencia.
Con el tiempo, la propia comunidad astronómica terminó por aplicar una justicia poética irónica, ya que si en la historia de la astrofísica ha existido una persona que encajara con precisión matemática en la definición de un «idiota esférico», ese era el propio Fritz Zwicky, un ser cuyo carácter indomable e insufrible permanecía idéntico desde cualquier ángulo o marco de referencia desde el que se le intentara contemplar.
Fritz Zwicky, astrofísico suizo, era un gran científico y una persona brutalmente complicada que soltó un insulto muy preciso y ofensivo
La materia oscura mola mucho. A la gente le gusta porque es “mística” y es uno de los grandes misterios de la ciencia. Algo que está ahí… pero es transparente al espectro electromagnético y compone el 85% de la materia del universo. ¿A quién no le va a gustar?
Es un recurso común para explicar “movidas de la ficción que pueden dar poderes”, con un trasfondo científico muy complicado que además tiene una historia de descubrimiento tan larga y extensa como su complejidad matemática. Muchos científicos y años de investigación la han puesto en el punto de mira de todos los cosmólogos, pero si hay algo anecdótico a destacar es alguien que, además de “descubrirla”, era un auténtico personaje. Si en algún momento de mi vida me llegan a decir que uno de los insultos más rigurosamente ofensivos podría venir de uno de los descubridores de la materia oscura, no lo firmaba, pero escucharía con atención.
Pocas figuras encarnan una mente brillante con un comportamiento ofensivamente histriónico, pero el protagonista de hoy es el astrofísico suizo de origen búlgaro Fritz Zwicky. Afincado durante la mayor parte de tormentosa carrera en el prestigioso Instituto Tecnológico de California, Caltech, (sí, el de Sheldon y Leonard en The Big Bang Theory), Zwicky fue uno de los intelectos más vanguardistas y polifacéticos de la astronomía moderna, pero al mismo tiempo un individuo abrumadoramente insoportable.

Este científico dejó para la posteridad una contribución que a muchos de nosotros nos puede encandilar; la invención del calificativo «bastardos esféricos» (traducido al español como «idiotas esféricos» o «capullos esféricos», a elección de cada uno). Así dicho puede que no sea un insulto tan potente ni cautivador como el extenso catálogo del que dispone la lengua española, pero ¿Por qué es riguroso y gusta tanto?
Descubrir que “hay algo” en el espacio
En 1933, Fritz Zwicky cambió totalmente cómo se concibe el universo mientras analizaba el Cúmulo de Coma, una gigantesca aglomeración formada por miles de galaxias situada a más de 300 millones de años luz de la Tierra. Al estudiar el comportamiento dinámico de este conjunto, Zwicky midió las velocidades a las que se desplazaban las galaxias individuales dentro del cúmulo. Lo que descubrió fue algo que no cuadraba con lo que se preveía, las galaxias se movían a una velocidad extraordinaria, muchísimo más rápido de lo que dictaba cualquier previsión teórica basada en la física clásica.

De acuerdo con las leyes de la gravedad formuladas por Isaac Newton y ampliadas por Albert Einstein, la atracción gravitatoria que mantiene unido a un sistema depende directamente de la cantidad de masa que éste contiene. Sin embargo, al calcular la masa total visible del Cúmulo de Coma —sumando la luz emitida por todas sus estrellas y galaxias observables—, Zwicky se topó con una brutal contradicción física. La masa visible era alarmantemente insuficiente para generar la fuerza gravitatoria necesaria que retuviera a esas galaxias.
A velocidades tan extremas, la gravedad aparente no podía actuar como freno, por lo que el cúmulo no debería existir y las galaxias habrían salido despedidas en todas direcciones hacia el espacio intergaláctico, desintegrando la estructura por completo.
Zwicky realizó investigaciones y sus números arrojaron una conclusión rompedora para la época. Para que el cúmulo se mantuviera unido a pesar de esas desorbitadas velocidades, debía contener al menos 400 veces más masa de la que los telescopios de la época eran capaces de detectar.
Dedujo que la inmensa mayoría de la masa del cúmulo no estaba compuesta por estrellas brillantes ni gas visible, sino por una misteriosa sustancia no luminosa que actuaba como un invisible pegamento gravitatorio universal. Fue en este momento histórico cuando el astrofísico acuñó en alemán el término dunkle Materie —traducido directamente como «materia oscura»— para describir esta masa ausente pero gravitacionalmente presente,
De esta manera Zwicky sentó la primera piedra fundamental de uno de los mayores misterios de la cosmología moderna que años más tarde se postularía como uno de las curiosidades más ansiadas por resolver de la ciencia.
Gran científico, gran capullo
Las dos caras de la misma moneda de Zwicky son su genialidad mental en el ámbito científico y su, según el testimonio unánime de sus contemporáneos, la pesadilla cotidiana de convivir con él.

Zwicky poseía una personalidad abrasiva, ególatra y profundamente combativa. Estaba sinceramente convencido de ostentar el monopolio de la verdad científica y trataba continua y diariamente a sus compañeros de trabajo como analfabetos instruidos, burócratas pusilánimes o trepas sin talento. Su comportamiento en las dependencias de Caltech se caracterizó por un matonismo intelectual constante y la provocación deliberada.
Presumía de su notable fuerza física y de su reputación como alpinista experto en las montañas suizas. Tal era su ego y ansia de mirar por encima del hombro a los demás que, para ridiculizar a los físicos teóricos y astrónomos de su entorno, a quienes consideraba seres débiles, acomodados y sedentarios, solía tirarse al suelo sin previo aviso en medio de la cafetería del campus para realizar demostraciones de flexiones a una sola mano ante la mirada atónita e incómoda de los académicos.
Su rivalidad más feroz la mantuvo con el astrónomo alemán Walter Baade. Aunque en 1934 firmaron juntos un trabajo genial donde acuñaron el término «supernova» e intuyeron las estrellas de neutrones, su relación derivó en un odio patológico. Zwicky se refería en público a Baade como «el nazi» y lo calificaba de «cretino».
La violencia verbal de Zwicky era tan extrema que el propio Baade confesó aterrorizado a sus allegados que temía seriamente que Zwicky intentara asesinarlo en los pasillos de Palomar. Tras décadas de disputas y sabotajes mutuos, en 1966 Caltech forzó su jubilación y le revocó los permisos de observación, relegándole finalmente a un cubículo diminuto en el sótano del edificio de física.
El insulto más riguroso
Zwicky estaba convencido de que Baade, Edwin Hubble y la cúpula del observatorio utilizaban maniobras burocráticas para impedirle acceder al telescopio principal y se registró la siguiente frase:
¡Esos bastardos esféricos me echaron del maldito telescopio de 200 pulgadas! Inventaron una regla especial. Grrr. ¡A esos los podría aplastar! — Fritz Zwicky (Registrado por Robert Kirshner)
El calificativo de los «bastardos esféricos» trascendió los pasillos de Pasadena cuando el periodista Richard Preston publicó en 1987 el libro First Light: The Search for the Edge of the Universe. En sus páginas, Preston rescató la figura de Zwicky como un «genio loco», detallando sus descalificaciones más ásperas, las amenazas relatadas por sus compañeros y sus extravagantes demostraciones en el comedor universitario.
La genialidad de este improperio trasciende lo barriobajero, usando la geometría en su más puro significado hiriente. Al tildar a sus colaboradores de «esféricos», Zwicky argumentaba que la incompetencia y la mezquindad de los demás astrónomos constituían cualidades intrínsecas, absolutas e independientes de la perspectiva del observador. Es decir, daba exactamente igual si se les evaluaba desde la astrofísica teórica, la técnica de sus observaciones o cómo hablaban con los demás, eran idiotas en todos los ámbitos.
Son idiotas esféricos, no importa desde qué ángulo se les mire, siguen siendo igual de idiotas desde todos los lados
Lejos de caer en el olvido, el término fue adoptado por célebres divulgadores como Kip Thorne, Robert Kirshner y Bill Bryson, convirtiéndose en una leyenda urbana de la ciencia.
Con el tiempo, la propia comunidad astronómica terminó por aplicar una justicia poética irónica, ya que si en la historia de la astrofísica ha existido una persona que encajara con precisión matemática en la definición de un «idiota esférico», ese era el propio Fritz Zwicky, un ser cuyo carácter indomable e insufrible permanecía idéntico desde cualquier ángulo o marco de referencia desde el que se le intentara contemplar.
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