La televisión tradicional lleva semanas haciendo cábalas sobre cómo sentar a los candidatos a las elecciones generales del próximo 29 de noviembre en un mismo plató. Que si un cara a cara, que si un debate a cuatro, que si en una cadena sí y en otra no, que si con este presentador mejor que con aquel, que si las condiciones, que si los tiempos, que si las preguntas… Y mientras los grandes grupos audiovisuales siguen jugando al ajedrez con los equipos de campaña, un youtuber ha conseguido lo que, de momento, ninguna televisión ha logrado: que Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal y Ada Colau acepten sentarse ante sus cámaras. No habrá atriles, ni cronómetros, ni un gran plató televisivo. Habrá micrófonos, una mesa y Jordi Wild. Y los cuatro han dicho que sí.
El presidente del Gobierno acepta finalmente la invitación del youtuber, que reunirá a los cuatro candidatos en The Wild Project mientras las cadenas tradicionales siguen negociando sus debates. La nueva batalla electoral se libra también lejos de la televisión
La televisión tradicional lleva semanas haciendo cábalas sobre cómo sentar a los candidatos a las elecciones generales del próximo 29 de noviembre en un mismo plató. Que si un cara a cara, que si un debate a cuatro, que si en una cadena sí y en otra no, que si con este presentador mejor que con aquel, que si las condiciones, que si los tiempos, que si las preguntas… Y mientras los grandes grupos audiovisuales siguen jugando al ajedrez con los equipos de campaña, un youtuber ha conseguido lo que, de momento, ninguna televisión ha logrado: que Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal y Ada Colau acepten sentarse ante sus cámaras. No habrá atriles, ni cronómetros, ni un gran plató televisivo. Habrá micrófonos, una mesa y Jordi Wild. Y los cuatro han dicho que sí.
El último en hacerlo ha sido Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno aceptó este viernes la invitación del creador de contenido para participar en The Wild Project, el pódcast que ha convertido a Jordi Wild en uno de los comunicadores más influyentes del universo digital español. «Gracias por la invitación. Ahí estaré», escribió Sánchez en X, aprovechando además para bromear con Nacho Amela, realizador del programa, al que recordó que su lado bueno ante las cámaras es el izquierdo. Con ese mensaje cerraba una incógnita que Wild llevaba días intentando resolver.
Antes que él ya habían aceptado Feijóo, Abascal y Colau. El líder del PP fue el primero en recoger el guante, ofreciendo acudir sin preguntas pactadas. Después llegó el sí del presidente de Vox y, finalmente, el de la candidata de Frente Amplio. Sánchez apuró hasta el último día del plazo que había establecido Wild. Los cuatro principales aspirantes a la Presidencia del Gobierno habían encontrado, sin necesidad de una negociación televisiva interminable, un lugar en el que todos estaban dispuestos a hablar.
Conviene hacer una precisión: Jordi Wild no ha conseguido, al menos por ahora, un debate conjunto entre los cuatro. Lo que ha logrado es reunir sus compromisos para una serie de entrevistas individuales que se emitirán el próximo 13 de noviembre, con una hora de diferencia entre cada una. Y aunque no sea lo mismo que enfrentar directamente a los candidatos, el significado mediático del acuerdo resulta difícil de ignorar.
Porque la pregunta que deja esta historia no es solamente cómo ha conseguido Jordi Wild convencerlos a todos. La verdadera pregunta es por qué los cuatro han considerado que tenían que estar en su programa.
La respuesta tiene mucho que ver con la transformación del consumo audiovisual y con una realidad que los partidos políticos conocen perfectamente: una parte del electorado, especialmente entre las generaciones más jóvenes, ya no se informa ni se entretiene siguiendo los hábitos de sus padres. No espera a las nueve de la noche para encender el informativo. No necesita que una cadena programe un especial electoral. Consume vídeos, escucha pódcast, comparte fragmentos en TikTok, descubre conversaciones en Instagram y sigue durante horas a creadores de contenido con los que ha establecido una relación de familiaridad que difícilmente puede reproducir un presentador convencional.
Para esos espectadores, Jordi Wild puede ser un interlocutor mucho más cercano que cualquiera de los rostros históricos de la información política. No porque necesariamente informe mejor, ni porque su trabajo sustituya al periodismo profesional, sino porque pertenece al ecosistema en el que se mueven y al que dedican buena parte de su tiempo.
Y ahí está la clave de la decisión de los cuatro candidatos. No se trata únicamente de sumar visualizaciones. Se trata de entrar en espacios donde los mensajes políticos no llegan habitualmente por los canales tradicionales. De hablarle a quien quizá no vería jamás una entrevista electoral de una hora en televisión, pero sí escucharía una conversación de 90 minutos en su pódcast favorito. De alcanzar, además, a un público que puede no tener todavía una posición política definida o que sencillamente está cansado de escuchar a los políticos en los mismos escenarios y respondiendo a las mismas preguntas.
Jordi Wild tampoco les ofrece precisamente un paseo. Cuando lanzó su propuesta el pasado 8 de octubre, dejó claro que pretendía realizar entrevistas sin preguntas facilitadas previamente, con asuntos incómodos y con la intención de sacar a los candidatos de sus respuestas ensayadas. Anunció incluso que contaría con dos periodistas independientes fuera de cámara para comprobar datos y advertir de posibles afirmaciones incorrectas. Su objetivo, explicó, era mantener conversaciones exigentes, aunque sin convertirlas en una sucesión de gritos y descalificaciones.
Es una apuesta interesante porque rompe con otra de las grandes obsesiones de la comunicación política actual: el control absoluto del mensaje. Los candidatos llevan años rodeados de equipos que calculan cada aparición, cada entrevista, cada imagen y cada riesgo. Sin embargo, los cuatro han aceptado acudir a un espacio en el que, al menos según las condiciones anunciadas, no conocerán previamente las preguntas y donde una conversación puede desviarse hacia terrenos inesperados.
Por supuesto, aceptar una invitación no significa renunciar a la estrategia. Más bien al contrario. Acudir a Jordi Wild también es una decisión perfectamente estratégica. Para Sánchez supone ampliar su presencia en formatos de entretenimiento y conversación después de su visita a La Revuelta, donde su entrevista con David Broncano alcanzó una audiencia histórica, cercana al 34% de cuota de pantalla. Para Feijóo, Abascal y Colau representa la posibilidad de hablar sin intermediación de sus adversarios y de presentarse ante una audiencia que no necesariamente coincide con la de sus respectivos partidos. Lo que cambia es el escenario. Y, con él, las reglas del juego.
¿Por qué con un youtuber sí y a con las televisiones tradicionales está costando sangre, sudor y lágrimas tenerles?
Durante décadas, las grandes cadenas de televisión fueron las encargadas de organizar los principales acontecimientos de una campaña electoral. Los partidos negociaban con ellas porque sabían que allí se concentraban las audiencias y porque una entrevista o un debate en horario de máxima audiencia podía marcar la agenda política del día siguiente. Ese poder no ha desaparecido. Los debates televisivos continúan teniendo una enorme capacidad de convocatoria, generan titulares y siguen siendo acontecimientos centrales de cualquier campaña. Pero la televisión ya no tiene la exclusiva de las grandes conversaciones políticas.
Ahora compite con comunicadores que han construido sus propias audiencias al margen de las parrillas, de los horarios y de las estructuras de los grandes grupos audiovisuales. Y lo más relevante es que no necesitan convencer a sus seguidores para que entren en un programa electoral: son los políticos quienes entran en el programa que sus seguidores ya consumen.
El movimiento de Jordi Wild tiene, además, otra ventaja. Las entrevistas no dependerán únicamente de quienes las vean completas el día de su emisión. Cada respuesta, cada contradicción, cada momento de tensión o cada frase inesperada podrá convertirse en un vídeo independiente y circular durante días por las redes sociales. Una sola conversación puede multiplicarse en decenas de impactos, llegar a públicos distintos y seguir generando debate mucho después de que haya terminado.
Esa capacidad de circulación convierte a los grandes pódcast en un instrumento especialmente atractivo para las campañas. El político ya no necesita que el espectador vea toda la entrevista para que le llegue su mensaje. Basta con que un fragmento atraviese su pantalla mientras consulta el móvil. Y, aunque eso también entraña el riesgo de la descontextualización, ofrece a los partidos una capacidad de difusión difícil de despreciar.
Lo ocurrido con Jordi Wild no significa que YouTube haya derrotado a la televisión, ni que una conversación distendida pueda sustituir a un debate electoral en el que los candidatos se confronten directamente. Son formatos diferentes, con obligaciones, virtudes y limitaciones distintas. Tampoco conviene confundir la ausencia de preguntas pactadas con una garantía automática de rigor periodístico. La exigencia de una entrevista se demuestra cuando se realiza, cuando se repregunta y cuando se contrastan las respuestas, no solamente cuando se anuncia.
Pero sí significa que algo importante está cambiando. Los políticos ya no pueden elegir únicamente las televisiones a las que quieren acudir; también tienen que decidir ante qué creadores de contenido necesitan sentarse. Y cada vez resulta más difícil justificar una ausencia cuando el resto de candidatos ya ha aceptado.
La decisión de Sánchez ilustra perfectamente esa nueva realidad. El jueves, durante su visita a La Revuelta, había evitado confirmar si aceptaría la propuesta de Jordi Wild. Horas después, con el plazo a punto de agotarse y los otros tres candidatos ya comprometidos, anunció que estaría allí.
A Jordi Wild le queda ahora demostrar que puede convertir esa victoria de convocatoria en una serie de entrevistas verdaderamente relevantes. Que sus preguntas sean tan importantes como sus invitados. Que la conversación no se quede en la anécdota y que la audiencia encuentre algo más que cuatro políticos intentando resultar cercanos.
Porque conseguir que los cuatro acepten es un éxito indiscutible para el creador de contenido. Conseguir que respondan de verdad será el siguiente desafío.
Mientras tanto, la imagen resulta bastante reveladora. Las televisiones siguen negociando sus grandes citas electorales. Los equipos de campaña siguen midiendo las ventajas y los inconvenientes de cada plató. Y Jordi Wild ya tiene el sí de los cuatro.
Quizá la gran sorpresa de estas elecciones no sea quién gane un debate televisivo, sino quién ha conseguido que todos acepten sentarse a hablar antes incluso de que ese debate exista.
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