El cerebro de un niño puede reaccionar a las pantallas como a una droga

Cada vez es más frecuente ver a un bebé entretenido con un teléfono móvil mientras come o a un niño pequeño calmando una rabieta frente a una tableta. Son escenas tan habituales que apenas llaman la atención. Sin embargo, detrás de esa aparente tranquilidad puede esconderse un problema mucho más profundo. Los especialistas llevan años advirtiendo de que el uso precoz y excesivo de pantallas no es inocuo y las evidencias científicas siguen acumulándose.Con ese objetivo, la Universidad Pablo de Olavide celebrará el próximo 14 de julio el taller Infancias digitales: el precio oculto del brillo. Impacto neurocognitivo y socioemocional del uso temprano de pantallas, en el que profesionales de disciplinas como la fisioterapia, la pediatría o la psicopedagogía analizarán las consecuencias que la exposición temprana a los dispositivos digitales tiene sobre el desarrollo infantil. La directora del curso, Raquel Chillón, lanza una advertencia contundente: el efecto que las pantallas producen en el cerebro infantil puede ser comparable al de una droga. «Provocan una autoestimulación y una sensación de felicidad enorme», explica, lo que genera un mecanismo de recompensa que hace que cuanto más se utilizan, más difícil resulte desprenderse de ellas.En la misma línea se expresa Idoia Miranda, coordinadora del proyecto Crecer en un mundo de pantallas de Somos Conexión, quien matiza que no se trata de una droga en sentido estricto, sino de un estímulo extremadamente atractivo para un cerebro que todavía está madurando. «El cerebro infantil recibe picos constantes de dopamina ante la recompensa inmediata de los vídeos o los juegos interactivos. Esto satura sus circuitos de gratificación y hace que actividades del mundo real, como leer o incluso aburrirse, les parezcan mucho menos interesantes».Los expertos coinciden en que el problema no es únicamente el tiempo de exposición, sino el modo en que las pantallas sustituyen experiencias imprescindibles para el desarrollo. Según explica Chillón, el abuso de dispositivos digitales puede traducirse en baja tolerancia a la frustración, ansiedad, alteraciones del sueño, nerviosismo o incluso pérdida del apetito. Pero también puede afectar a aspectos menos evidentes, como la coordinación, el equilibrio, el lenguaje o el rendimiento escolar. «Las familias acuden preocupadas porque sus hijos no duermen bien, no comen bien, están despistados o presentan dificultades de aprendizaje. Son problemas muy transversales que afectan al neurodesarrollo», advierte la especialista. Miranda añade que hay tres señales que deberían hacer saltar las alarmas en casa: una irritabilidad extrema cuando se retira la pantalla, alteraciones del sueño o la alimentación y una pérdida progresiva del interés por jugar con otros niños o salir al aire libre. Si existe un momento especialmente vulnerable, ese es el comprendido entre los cero y los seis años. Raquel Chillón recuerda que las principales sociedades científicas respaldan el llamado «menú digital saludable», que recomienda cero pantallas durante los primeros seis años de vida o, al menos, retrasar al máximo su incorporación. Después, el acceso debería producirse de forma muy gradual, siempre con supervisión y control parental. Desde Somos Conexión coinciden en que los primeros años son decisivos . «El cerebro necesita tocar, caerse, mirar a los ojos y experimentar el mundo físico para cablearse correctamente. Todo lo que la pantalla desplaza durante esa etapa resulta muy difícil de recuperar después», explica Miranda. Los especialistas recuerdan además que los menores todavía no poseen la madurez emocional ni cognitiva necesaria para procesar muchos de los contenidos a los que pueden acceder con un simple teléfono móvil.El aburrimiento también educaUno de los mensajes que más repiten los expertos es que el desarrollo infantil necesita tiempo sin pantallas . Para Chillón, el juego libre resulta mucho más enriquecedor que cualquier dispositivo porque favorece la creatividad, el movimiento, la socialización y el conocimiento del propio cuerpo. La interacción con otras personas y con el entorno constituye uno de los pilares del desarrollo del sistema nervioso.Miranda va un paso más allá y reivindica el aburrimiento como una herramienta educativa. «No hay que inventar actividades sofisticadas. El cerebro necesita la vida real: jugar, cocinar en familia, conversar, salir a la naturaleza o simplemente aburrirse, porque ahí nace la creatividad». Aunque los especialistas insisten en prevenir antes que corregir, subrayan que el cerebro infantil posee una enorme capacidad de recuperación.«Como las drogas, las pantallas provocan una autoestimulación y una sensación de felicidad enorme» Raquel Chillón«Cuando las familias reducen drásticamente el uso de pantallas, en pocos días los niños suelen dormir mejor, recuperan el juego imaginativo, mejoran su estado de ánimo y disminuye la intensidad de las rabietas», asegura Miranda, que anima a no pensar que el daño es irreversible. Eso sí, ambos expertos coinciden en que el cambio empieza por los adultos. Los niños aprenden observando y resulta difícil pedirles un uso responsable de la tecnología si quienes les rodean permanecen constantemente pendientes del móvil.MÁS INFORMACIÓN noticia Si El calor sube la temperatura de las discusiones de pareja, familia y trabajo noticia Si Baja el consumo de alcohol y tabaco en los adolescentes, pero preocupa el uso de las pantallas noticia Si Los 10 juegos de mesa que recomiendan los expertos para que los niños aprendan este verano sin depender del móvil noticia Si Cuando un hijo dice «este no soy yo», el pediatra se convierte en la primera ayudaPor eso, de cara al verano, cuando aumentan las horas de ocio, recomiendan establecer espacios libres de pantallas —como las comidas o los dormitorios—, pactar previamente cuándo y cuánto tiempo podrán utilizarse los dispositivos y ofrecer alternativas de juego y convivencia. Porque, como recuerda Raquel Chillón, las pantallas han llegado para quedarse, pero proteger el desarrollo cerebral de la infancia sigue dependiendo, en gran medida, de las decisiones que tomen hoy las familias. Cada vez es más frecuente ver a un bebé entretenido con un teléfono móvil mientras come o a un niño pequeño calmando una rabieta frente a una tableta. Son escenas tan habituales que apenas llaman la atención. Sin embargo, detrás de esa aparente tranquilidad puede esconderse un problema mucho más profundo. Los especialistas llevan años advirtiendo de que el uso precoz y excesivo de pantallas no es inocuo y las evidencias científicas siguen acumulándose.Con ese objetivo, la Universidad Pablo de Olavide celebrará el próximo 14 de julio el taller Infancias digitales: el precio oculto del brillo. Impacto neurocognitivo y socioemocional del uso temprano de pantallas, en el que profesionales de disciplinas como la fisioterapia, la pediatría o la psicopedagogía analizarán las consecuencias que la exposición temprana a los dispositivos digitales tiene sobre el desarrollo infantil. La directora del curso, Raquel Chillón, lanza una advertencia contundente: el efecto que las pantallas producen en el cerebro infantil puede ser comparable al de una droga. «Provocan una autoestimulación y una sensación de felicidad enorme», explica, lo que genera un mecanismo de recompensa que hace que cuanto más se utilizan, más difícil resulte desprenderse de ellas.En la misma línea se expresa Idoia Miranda, coordinadora del proyecto Crecer en un mundo de pantallas de Somos Conexión, quien matiza que no se trata de una droga en sentido estricto, sino de un estímulo extremadamente atractivo para un cerebro que todavía está madurando. «El cerebro infantil recibe picos constantes de dopamina ante la recompensa inmediata de los vídeos o los juegos interactivos. Esto satura sus circuitos de gratificación y hace que actividades del mundo real, como leer o incluso aburrirse, les parezcan mucho menos interesantes».Los expertos coinciden en que el problema no es únicamente el tiempo de exposición, sino el modo en que las pantallas sustituyen experiencias imprescindibles para el desarrollo. Según explica Chillón, el abuso de dispositivos digitales puede traducirse en baja tolerancia a la frustración, ansiedad, alteraciones del sueño, nerviosismo o incluso pérdida del apetito. Pero también puede afectar a aspectos menos evidentes, como la coordinación, el equilibrio, el lenguaje o el rendimiento escolar. «Las familias acuden preocupadas porque sus hijos no duermen bien, no comen bien, están despistados o presentan dificultades de aprendizaje. Son problemas muy transversales que afectan al neurodesarrollo», advierte la especialista. Miranda añade que hay tres señales que deberían hacer saltar las alarmas en casa: una irritabilidad extrema cuando se retira la pantalla, alteraciones del sueño o la alimentación y una pérdida progresiva del interés por jugar con otros niños o salir al aire libre. Si existe un momento especialmente vulnerable, ese es el comprendido entre los cero y los seis años. Raquel Chillón recuerda que las principales sociedades científicas respaldan el llamado «menú digital saludable», que recomienda cero pantallas durante los primeros seis años de vida o, al menos, retrasar al máximo su incorporación. Después, el acceso debería producirse de forma muy gradual, siempre con supervisión y control parental. Desde Somos Conexión coinciden en que los primeros años son decisivos . «El cerebro necesita tocar, caerse, mirar a los ojos y experimentar el mundo físico para cablearse correctamente. Todo lo que la pantalla desplaza durante esa etapa resulta muy difícil de recuperar después», explica Miranda. Los especialistas recuerdan además que los menores todavía no poseen la madurez emocional ni cognitiva necesaria para procesar muchos de los contenidos a los que pueden acceder con un simple teléfono móvil.El aburrimiento también educaUno de los mensajes que más repiten los expertos es que el desarrollo infantil necesita tiempo sin pantallas . Para Chillón, el juego libre resulta mucho más enriquecedor que cualquier dispositivo porque favorece la creatividad, el movimiento, la socialización y el conocimiento del propio cuerpo. La interacción con otras personas y con el entorno constituye uno de los pilares del desarrollo del sistema nervioso.Miranda va un paso más allá y reivindica el aburrimiento como una herramienta educativa. «No hay que inventar actividades sofisticadas. El cerebro necesita la vida real: jugar, cocinar en familia, conversar, salir a la naturaleza o simplemente aburrirse, porque ahí nace la creatividad». Aunque los especialistas insisten en prevenir antes que corregir, subrayan que el cerebro infantil posee una enorme capacidad de recuperación.«Como las drogas, las pantallas provocan una autoestimulación y una sensación de felicidad enorme» Raquel Chillón«Cuando las familias reducen drásticamente el uso de pantallas, en pocos días los niños suelen dormir mejor, recuperan el juego imaginativo, mejoran su estado de ánimo y disminuye la intensidad de las rabietas», asegura Miranda, que anima a no pensar que el daño es irreversible. Eso sí, ambos expertos coinciden en que el cambio empieza por los adultos. Los niños aprenden observando y resulta difícil pedirles un uso responsable de la tecnología si quienes les rodean permanecen constantemente pendientes del móvil.MÁS INFORMACIÓN noticia Si El calor sube la temperatura de las discusiones de pareja, familia y trabajo noticia Si Baja el consumo de alcohol y tabaco en los adolescentes, pero preocupa el uso de las pantallas noticia Si Los 10 juegos de mesa que recomiendan los expertos para que los niños aprendan este verano sin depender del móvil noticia Si Cuando un hijo dice «este no soy yo», el pediatra se convierte en la primera ayudaPor eso, de cara al verano, cuando aumentan las horas de ocio, recomiendan establecer espacios libres de pantallas —como las comidas o los dormitorios—, pactar previamente cuándo y cuánto tiempo podrán utilizarse los dispositivos y ofrecer alternativas de juego y convivencia. Porque, como recuerda Raquel Chillón, las pantallas han llegado para quedarse, pero proteger el desarrollo cerebral de la infancia sigue dependiendo, en gran medida, de las decisiones que tomen hoy las familias.  

Cada vez es más frecuente ver a un bebé entretenido con un teléfono móvil mientras come o a un niño pequeño calmando una rabieta frente a una tableta. Son escenas tan habituales que apenas llaman la atención. Sin embargo, detrás de esa aparente tranquilidad … puede esconderse un problema mucho más profundo. Los especialistas llevan años advirtiendo de que el uso precoz y excesivo de pantallas no es inocuo y las evidencias científicas siguen acumulándose.

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