Hay ciudades que se miden por sus monumentos y otras que se miden por sus hijos. Setúbal, la sadina, la del puerto pesquero y las salinas, pertenece a la segunda categoría. Situada en la orilla norte del estuario del Sado, a apenas 48 kilómetros de Lisboa, es capital de distrito y ronda los 135.000 habitantes en su municipio. La ciudad se encuentra abrazada por dos espacios naturales privilegiados: la Reserva Natural del Estuario del Sado y el Parque Natural de la Arrábida. Su historia también deja huella. Fue residencia real en tiempos de Juan II, conserva el Castelo de São Filipe y, desde 1994, está hermanada con la villa española de Tordesillas, donde se firmó el tratado que repartió el mundo por descubrir entre España y Portugal. Pero, por encima de todo, Setúbal ha terminado siendo conocida por uno de sus vecinos más ilustres. Aquí nació, el 26 de enero de 1963, José Mário dos Santos Mourinho Félix . Para el resto del mundo es uno de los entrenadores más influyentes de la historia del fútbol. Para Setúbal sigue siendo, simplemente, José. Esa diferencia resume mejor que cualquier biografía la relación entre la ciudad y Mourinho: una vinculación que nunca se ha roto, pese a que su carrera lo haya llevado por algunos de los clubes más importantes de Europa. No hace falta caminar demasiado para encontrar su huella. Junto al Parque Urbano de Albarquel, en la zona ribereña, una avenida lleva su nombre. Antes era la Rua da Saúde; desde 2013 es la Avenida José Mourinho. La placa, coronada por el tradicional azulejo portugués con el escudo de la ciudad y la inscripción «(Treinador de Futebol)», fue inaugurada oficialmente en octubre de 2017 por el propio Mourinho, acompañado de su madre, María Júlia. Aquel día, la alcaldesa María das Dores Meira lo definió como «un hijo de Setúbal, un hombre del mundo y una personalidad global». Probablemente no exista una descripción más acertada: Mourinho pertenece al fútbol mundial, pero nunca ha dejado de pertenecer a Setúbal. Porque la relación va mucho más allá de una avenida. También permanece en los terrenos de juego donde empezó todo. En el Campo da Bela Vista, sede del centenario União Futebol Comércio e Indústria, sobreviven murales que recuerdan el paso de un joven entrenador que, entre 1986 y 1987, dirigió allí a los equipos de iniciados antes de incorporarse a las categorías inferiores del Vitória de Setúbal, en cuyas paredes conviven los nombres escritos a mano de los socios fundadores del club con el retrato en blanco y negro de uno de ellos, reflejo de una entidad que sigue conservando el mismo espíritu de barrio con el que nació hace más de un siglo. Es en lugares como este donde se entiende realmente la genealogía futbolística de Mourinho. Antes de conquistar la Champions League o entrenar al Real Madrid , al Chelsea o al Inter, fue un entrenador que enseñaba fútbol a niños en un modesto campo de su ciudad. Y ese sentimiento de pertenencia nunca ha desaparecido. Mourinho jamás ha ocultado que el Vitória de Setúbal es el club de su vida. No podía ser de otra manera: su padre, Félix Mourinho, fue uno de los porteros históricos de la entidad e internacional con Portugal. «No nací aficionado del Tottenham ni del Inter; nací aficionado del Vitória de Setúbal», afirmó en 2020 tras ganar un derbi londinense. La vinculación sigue plenamente vigente. «Sería un sueño personal que entrenase al Setúbal y un sueño nacional que entrenase a la selección portuguesa», esgrime otra de sus vecinas. Placa con los fundadores del União Futebol Comércio e Indústria, primer equipo donde entrenó Mourinho Manuel MerineroEn mayo de 2026 acudió al Estadio do Bonfim para presenciar el título distrital del Vitória, ya siendo entrenador del Benfica. El presidente del club, Francisco Alves Rito, interpretó aquella visita como «una señal de atención y cariño» hacia la entidad y expresó su convencimiento de que Mourinho nunca dejará de estar al lado del Vitória cuando el club lo necesite. Pero quizá lo más llamativo no sean esos gestos públicos, sino la absoluta normalidad con la que se vive su figura en Setúbal. »Su padre era nuestro cliente, compraba aquí los periódicos. Hice una promesa a la Virgen de Fátima que si José entrenaba a mi hijo iba a Fátima a pie», asegura el dueño de un comercio local. Quienes lo conocen repiten la misma idea desde hace años: «Aquí todo el mundo lo quiere. Cuando va al mercado, nadie le pide una foto». Es exactamente la imagen que el propio Mourinho ofrece cada vez que habla de su ciudad: «Amo Setúbal. Aquí nadie me molesta. Ando a pie, voy al Mercado do Livramento, frecuento los mismos sitios de siempre. Cada rincón de la ciudad me trae recuerdos.» No es una frase aprendida para quedar bien. Es la descripción de una rutina que aún conserva. Tras el anuncio de su regreso al Real Madrid y su debut en pretemporada contra el Alcorcón el pasado viernes (1-0 para los blancos), recorrimos las calles de Setúbal para conocer el ambiente. El mensaje fue prácticamente unánime. Mourinho sigue siendo una figura casi intocable. Sus vecinos hablan de él con orgullo, pero sin idolatría. Lo consideran «un entrenador de talla mundial»; algunos, directamente, «el mejor entrenador del mundo». Sin embargo, la sensación predominante es otra: la de un vecino que triunfó fuera sin dejar nunca de ser uno de los suyos. Quizá por eso, cada nueva etapa de su carrera se vive aquí de una manera distinta. Mientras el resto del mundo analiza sistemas tácticos, fichajes o resultados, en Setúbal cada destino de Mourinho se siente como un capítulo más de una historia que empezó entre estas calles, junto al Sado. Al final del paseo, lo que permanece no es la avenida con su nombre ni los murales del Bela Vista. Lo que realmente define la relación entre Mourinho y Setúbal es algo mucho más difícil de fotografiar: una ciudad que nunca ha necesitado presumir de su vecino más famoso porque jamás ha dejado de tratarlo como a uno más. El propio Mourinho lo resumió durante el homenaje que recibió en 2017: «Suelo decir que cambio homenajes por victorias. Esta, quizá, es la única que no cambiaría». Mientras el resto del mundo debate si su regreso al banquillo del Real Madrid devolverá al club a la senda del éxito, en Setúbal la cuestión se contempla desde otra perspectiva. Allí no hablan del entrenador que vuelve al Bernabéu; hablan del hijo de la ciudad que, por muchas vueltas que haya dado el fútbol, nunca dejó realmente de marcharse. Hay ciudades que se miden por sus monumentos y otras que se miden por sus hijos. Setúbal, la sadina, la del puerto pesquero y las salinas, pertenece a la segunda categoría. Situada en la orilla norte del estuario del Sado, a apenas 48 kilómetros de Lisboa, es capital de distrito y ronda los 135.000 habitantes en su municipio. La ciudad se encuentra abrazada por dos espacios naturales privilegiados: la Reserva Natural del Estuario del Sado y el Parque Natural de la Arrábida. Su historia también deja huella. Fue residencia real en tiempos de Juan II, conserva el Castelo de São Filipe y, desde 1994, está hermanada con la villa española de Tordesillas, donde se firmó el tratado que repartió el mundo por descubrir entre España y Portugal. Pero, por encima de todo, Setúbal ha terminado siendo conocida por uno de sus vecinos más ilustres. Aquí nació, el 26 de enero de 1963, José Mário dos Santos Mourinho Félix . Para el resto del mundo es uno de los entrenadores más influyentes de la historia del fútbol. Para Setúbal sigue siendo, simplemente, José. Esa diferencia resume mejor que cualquier biografía la relación entre la ciudad y Mourinho: una vinculación que nunca se ha roto, pese a que su carrera lo haya llevado por algunos de los clubes más importantes de Europa. No hace falta caminar demasiado para encontrar su huella. Junto al Parque Urbano de Albarquel, en la zona ribereña, una avenida lleva su nombre. Antes era la Rua da Saúde; desde 2013 es la Avenida José Mourinho. La placa, coronada por el tradicional azulejo portugués con el escudo de la ciudad y la inscripción «(Treinador de Futebol)», fue inaugurada oficialmente en octubre de 2017 por el propio Mourinho, acompañado de su madre, María Júlia. Aquel día, la alcaldesa María das Dores Meira lo definió como «un hijo de Setúbal, un hombre del mundo y una personalidad global». Probablemente no exista una descripción más acertada: Mourinho pertenece al fútbol mundial, pero nunca ha dejado de pertenecer a Setúbal. Porque la relación va mucho más allá de una avenida. También permanece en los terrenos de juego donde empezó todo. En el Campo da Bela Vista, sede del centenario União Futebol Comércio e Indústria, sobreviven murales que recuerdan el paso de un joven entrenador que, entre 1986 y 1987, dirigió allí a los equipos de iniciados antes de incorporarse a las categorías inferiores del Vitória de Setúbal, en cuyas paredes conviven los nombres escritos a mano de los socios fundadores del club con el retrato en blanco y negro de uno de ellos, reflejo de una entidad que sigue conservando el mismo espíritu de barrio con el que nació hace más de un siglo. Es en lugares como este donde se entiende realmente la genealogía futbolística de Mourinho. Antes de conquistar la Champions League o entrenar al Real Madrid , al Chelsea o al Inter, fue un entrenador que enseñaba fútbol a niños en un modesto campo de su ciudad. Y ese sentimiento de pertenencia nunca ha desaparecido. Mourinho jamás ha ocultado que el Vitória de Setúbal es el club de su vida. No podía ser de otra manera: su padre, Félix Mourinho, fue uno de los porteros históricos de la entidad e internacional con Portugal. «No nací aficionado del Tottenham ni del Inter; nací aficionado del Vitória de Setúbal», afirmó en 2020 tras ganar un derbi londinense. La vinculación sigue plenamente vigente. «Sería un sueño personal que entrenase al Setúbal y un sueño nacional que entrenase a la selección portuguesa», esgrime otra de sus vecinas. Placa con los fundadores del União Futebol Comércio e Indústria, primer equipo donde entrenó Mourinho Manuel MerineroEn mayo de 2026 acudió al Estadio do Bonfim para presenciar el título distrital del Vitória, ya siendo entrenador del Benfica. El presidente del club, Francisco Alves Rito, interpretó aquella visita como «una señal de atención y cariño» hacia la entidad y expresó su convencimiento de que Mourinho nunca dejará de estar al lado del Vitória cuando el club lo necesite. Pero quizá lo más llamativo no sean esos gestos públicos, sino la absoluta normalidad con la que se vive su figura en Setúbal. »Su padre era nuestro cliente, compraba aquí los periódicos. Hice una promesa a la Virgen de Fátima que si José entrenaba a mi hijo iba a Fátima a pie», asegura el dueño de un comercio local. Quienes lo conocen repiten la misma idea desde hace años: «Aquí todo el mundo lo quiere. Cuando va al mercado, nadie le pide una foto». Es exactamente la imagen que el propio Mourinho ofrece cada vez que habla de su ciudad: «Amo Setúbal. Aquí nadie me molesta. Ando a pie, voy al Mercado do Livramento, frecuento los mismos sitios de siempre. Cada rincón de la ciudad me trae recuerdos.» No es una frase aprendida para quedar bien. Es la descripción de una rutina que aún conserva. Tras el anuncio de su regreso al Real Madrid y su debut en pretemporada contra el Alcorcón el pasado viernes (1-0 para los blancos), recorrimos las calles de Setúbal para conocer el ambiente. El mensaje fue prácticamente unánime. Mourinho sigue siendo una figura casi intocable. Sus vecinos hablan de él con orgullo, pero sin idolatría. Lo consideran «un entrenador de talla mundial»; algunos, directamente, «el mejor entrenador del mundo». Sin embargo, la sensación predominante es otra: la de un vecino que triunfó fuera sin dejar nunca de ser uno de los suyos. Quizá por eso, cada nueva etapa de su carrera se vive aquí de una manera distinta. Mientras el resto del mundo analiza sistemas tácticos, fichajes o resultados, en Setúbal cada destino de Mourinho se siente como un capítulo más de una historia que empezó entre estas calles, junto al Sado. Al final del paseo, lo que permanece no es la avenida con su nombre ni los murales del Bela Vista. Lo que realmente define la relación entre Mourinho y Setúbal es algo mucho más difícil de fotografiar: una ciudad que nunca ha necesitado presumir de su vecino más famoso porque jamás ha dejado de tratarlo como a uno más. El propio Mourinho lo resumió durante el homenaje que recibió en 2017: «Suelo decir que cambio homenajes por victorias. Esta, quizá, es la única que no cambiaría». Mientras el resto del mundo debate si su regreso al banquillo del Real Madrid devolverá al club a la senda del éxito, en Setúbal la cuestión se contempla desde otra perspectiva. Allí no hablan del entrenador que vuelve al Bernabéu; hablan del hijo de la ciudad que, por muchas vueltas que haya dado el fútbol, nunca dejó realmente de marcharse.
Hay ciudades que se miden por sus monumentos y otras que se miden por sus hijos. Setúbal, la sadina, la del puerto pesquero y las salinas, pertenece a la segunda categoría. Situada en la orilla norte del estuario del Sado, a apenas 48 kilómetros de … Lisboa, es capital de distrito y ronda los 135.000 habitantes en su municipio. La ciudad se encuentra abrazada por dos espacios naturales privilegiados: la Reserva Natural del Estuario del Sado y el Parque Natural de la Arrábida. Su historia también deja huella. Fue residencia real en tiempos de Juan II, conserva el Castelo de São Filipe y, desde 1994, está hermanada con la villa española de Tordesillas, donde se firmó el tratado que repartió el mundo por descubrir entre España y Portugal.
Pero, por encima de todo, Setúbal ha terminado siendo conocida por uno de sus vecinos más ilustres. Aquí nació, el 26 de enero de 1963, José Mário dos Santos Mourinho Félix. Para el resto del mundo es uno de los entrenadores más influyentes de la historia del fútbol. Para Setúbal sigue siendo, simplemente, José.
Esa diferencia resume mejor que cualquier biografía la relación entre la ciudad y Mourinho: una vinculación que nunca se ha roto, pese a que su carrera lo haya llevado por algunos de los clubes más importantes de Europa. No hace falta caminar demasiado para encontrar su huella. Junto al Parque Urbano de Albarquel, en la zona ribereña, una avenida lleva su nombre. Antes era la Rua da Saúde; desde 2013 es la Avenida José Mourinho.
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La placa, coronada por el tradicional azulejo portugués con el escudo de la ciudad y la inscripción «(Treinador de Futebol)», fue inaugurada oficialmente en octubre de 2017 por el propio Mourinho, acompañado de su madre, María Júlia. Aquel día, la alcaldesa María das Dores Meira lo definió como «un hijo de Setúbal, un hombre del mundo y una personalidad global». Probablemente no exista una descripción más acertada: Mourinho pertenece al fútbol mundial, pero nunca ha dejado de pertenecer a Setúbal. Porque la relación va mucho más allá de una avenida.
También permanece en los terrenos de juego donde empezó todo. En el Campo da Bela Vista, sede del centenario União Futebol Comércio e Indústria, sobreviven murales que recuerdan el paso de un joven entrenador que, entre 1986 y 1987, dirigió allí a los equipos de iniciados antes de incorporarse a las categorías inferiores del Vitória de Setúbal, en cuyas paredes conviven los nombres escritos a mano de los socios fundadores del club con el retrato en blanco y negro de uno de ellos, reflejo de una entidad que sigue conservando el mismo espíritu de barrio con el que nació hace más de un siglo. Es en lugares como este donde se entiende realmente la genealogía futbolística de Mourinho. Antes de conquistar la Champions League o entrenar al Real Madrid, al Chelsea o al Inter, fue un entrenador que enseñaba fútbol a niños en un modesto campo de su ciudad. Y ese sentimiento de pertenencia nunca ha desaparecido.
Mourinho jamás ha ocultado que el Vitória de Setúbal es el club de su vida. No podía ser de otra manera: su padre, Félix Mourinho, fue uno de los porteros históricos de la entidad e internacional con Portugal. «No nací aficionado del Tottenham ni del Inter; nací aficionado del Vitória de Setúbal», afirmó en 2020 tras ganar un derbi londinense. La vinculación sigue plenamente vigente. «Sería un sueño personal que entrenase al Setúbal y un sueño nacional que entrenase a la selección portuguesa», esgrime otra de sus vecinas.
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(Manuel Merinero)
En mayo de 2026 acudió al Estadio do Bonfim para presenciar el título distrital del Vitória, ya siendo entrenador del Benfica. El presidente del club, Francisco Alves Rito, interpretó aquella visita como «una señal de atención y cariño» hacia la entidad y expresó su convencimiento de que Mourinho nunca dejará de estar al lado del Vitória cuando el club lo necesite. Pero quizá lo más llamativo no sean esos gestos públicos, sino la absoluta normalidad con la que se vive su figura en Setúbal. »Su padre era nuestro cliente, compraba aquí los periódicos. Hice una promesa a la Virgen de Fátima que si José entrenaba a mi hijo iba a Fátima a pie», asegura el dueño de un comercio local.
Quienes lo conocen repiten la misma idea desde hace años: «Aquí todo el mundo lo quiere. Cuando va al mercado, nadie le pide una foto». Es exactamente la imagen que el propio Mourinho ofrece cada vez que habla de su ciudad: «Amo Setúbal. Aquí nadie me molesta. Ando a pie, voy al Mercado do Livramento, frecuento los mismos sitios de siempre. Cada rincón de la ciudad me trae recuerdos.» No es una frase aprendida para quedar bien. Es la descripción de una rutina que aún conserva. Tras el anuncio de su regreso al Real Madrid y su debut en pretemporada contra el Alcorcón el pasado viernes (1-0 para los blancos), recorrimos las calles de Setúbal para conocer el ambiente.
El mensaje fue prácticamente unánime. Mourinho sigue siendo una figura casi intocable. Sus vecinos hablan de él con orgullo, pero sin idolatría. Lo consideran «un entrenador de talla mundial»; algunos, directamente, «el mejor entrenador del mundo». Sin embargo, la sensación predominante es otra: la de un vecino que triunfó fuera sin dejar nunca de ser uno de los suyos. Quizá por eso, cada nueva etapa de su carrera se vive aquí de una manera distinta.
Mientras el resto del mundo analiza sistemas tácticos, fichajes o resultados, en Setúbal cada destino de Mourinho se siente como un capítulo más de una historia que empezó entre estas calles, junto al Sado. Al final del paseo, lo que permanece no es la avenida con su nombre ni los murales del Bela Vista. Lo que realmente define la relación entre Mourinho y Setúbal es algo mucho más difícil de fotografiar: una ciudad que nunca ha necesitado presumir de su vecino más famoso porque jamás ha dejado de tratarlo como a uno más. El propio Mourinho lo resumió durante el homenaje que recibió en 2017: «Suelo decir que cambio homenajes por victorias. Esta, quizá, es la única que no cambiaría».
Mientras el resto del mundo debate si su regreso al banquillo del Real Madrid devolverá al club a la senda del éxito, en Setúbal la cuestión se contempla desde otra perspectiva. Allí no hablan del entrenador que vuelve al Bernabéu; hablan del hijo de la ciudad que, por muchas vueltas que haya dado el fútbol, nunca dejó realmente de marcharse.
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