«Lo primero que quiero es que no se tome esto cachondeo porque no fue nada de cachondeo, no lo hice para divertirme. La prensa lo tomó como si yo fuese el hijo del conde Drácula y yo de Drácula no tengo nada, soy un tío normal y corriente. Vi que valía más dinero muerto que vivo y me morí».
Colocó el cuerpo en el asiento del conductor de su coche y simuló un accidente de tráfico. Como el vehículo se quemó y entonces aún no existían pruebas de Adn, la falsa muerte coló
«Lo primero que quiero es que no se tome esto cachondeo porque no fue nada de cachondeo, no lo hice para divertirme. La prensa lo tomó como si yo fuese el hijo del conde Drácula y yo de Drácula no tengo nada, soy un tío normal y corriente. Vi que valía más dinero muerto que vivo y me morí».
El hombre acababa de salir de prisión tras cuatro meses y medio en preventiva y se sentaba en el plató de Estudio Abierto para responder a las preguntas del periodista José María Íñigo. Era junio de 1982, en España se celebraba el Mundial de Fútbol y él aún estaba pendiente de ser juzgado por violación de sepultura e intento de estafa.
Agobiado por las deudas, para que su familia cobrara su seguro de vida, había cogido un cadáver del cementerio de su pueblo -Abarán (Murcia)- lo había metido en su coche y había simulado un accidente de tráfico. El cuerpo que iba en el asiento del conductor quedó calcinado y como no existían aún entonces las pruebas de Adn para confirmar la identidad del muerto, su falso fallecimiento coló. «El ‘difunto’ era un ‘vivo'», se tituló el suceso en la redacción de El Caso cuando se destapó el cambiazo.
«Para mí resulta realmente complicado, difícil, poner un calificativo a la historia que les voy a contar. No sé si llamarla escalofriante, macabra, curiosa, o simplemente una historia de locos», comenzaba a presentar Íñigo el caso a los más de dos millones de telespectadores -sólo existían entonces dos cadenas, la 1 y la 2 de TVE- que tenía el programa. En un momento de la entrevista Íñigo pregunta al invitado que de dónde había sacado la descabellada idea, si había sido cosa suya o se había inspirado en alguna novela o película.
Él respondía que había visto en el cine Muerte de un viajante, película basada en la obra teatral del mismo título de Arthur Miller en la que Willy Loman, un vendedor ambulante ahogado en deudas que se suicida estrellando su coche para que su familia reciba los 20.000 dólares de su seguro de vida. «Era un hombre que se da cuenta de que vale más dinero muerto que vivo y se mata. Pero yo no tenía ganas de morirme, esa es la verdá«, simplificaba el argumento con un cerrado acento murciano.
«Lo pensé a las once y media de la mañana y a las once de la noche estaba muerto», decía. «Fui al banco a pedir medio millón de pesetas [3.000 euros al cambio actual] y me dijeron que tenía que esperarme tres meses. Ese día tenía que pagar lo que debía, hice cuentas y valía más muerto que vivo», insistía en remarcar lo rentable que resultaba su óbito.
A., quien tenía entonces 36 años, esposa y cuatro hijos y regentaba una pescadería, aseguraba que había tirado de improvisación, pero lo cierto es que sólo dos meses antes de fingir su muerte, el 10 de noviembre de 1981, había suscrito una póliza de seguros de vida con la compañía Mudespa.
Él pensaba que había firmado cinco millones de pesetas [30.000 euros] en caso de muerte, seis millones [36.000 euros] en caso de accidente y siete [42.000] si el siniestro era de tráfico, pero, según se lee en la sentencia que lo condenó, la cantidades era mucho más bajas: un millón de pesetas (6.000 euros ) era lo que iba a percibir su viuda por su fallecimiento en la carretera.
A las once de la mañana del 11 de enero de 1981 lo pensó y a las seis y media de la tarde entraba en el cementerio de Abarán, en ese momento en obras porque se estaba realizando una ampliación. «Me enteré de que había habido un accidente de moto y cogí y pregunté dónde estaba el que se había enterrado aquel día», explicaba a Íñigo.
Al recién enterrado lo apodaban en el pueblo Querubín, había muerto seis días antes, el 5 de enero, y le habían dado sepultura la mañana de Reyes en un nicho del panteón de su familia. Juan el sepulturero contaría después que no había cerrado con candado el panteón porque la familia le pidió que dejara la puerta abierta un par de días por deseo expreso del difunto.
-Usted no lo conocía, supongo, ¿o sí? -preguntaba Íñigo.
-Sí, en mi pueblo todos nos conocemos y sabía que era un conocido.
-Ah, ¿usted sabía quién era además?
-No sabía quién era. Después, destape la caja y vi que era él y, chico, me dio un sopapo [un soponcio debía de querer decir] un poco gordo.
-¿Había hablado con él en alguna ocasión, quizás?
-Sí, habíamos tomado cervezas juntos y todo.
-¿Y que pensó usted al ver que era conocido?
-Le dije que me excusara un poco de lo que iba a hacer.
-¿A quién se lo dijo?
-A él.
-¿Al muerto?
-Hombre, claro.
La sentencia de la Audiencia Provincial de Murcia que el 20 de noviembre de 1982 lo condenó a cuatro años por un delito de violación de sepultura en grado de consumación y a otro año por estafa en grado de tentativa, describía así los hechos: «Utilizando el turismo de su propiedad Seat 131 tipo ranchera, matrícula xxxx, se trasladó al citado camposanto y tras retirar la losa que cubría el nicho donde estaba enterrado el referido, con absoluto desprecio de la consideración debida al recuerdo y memoria de los difuntos, consiguió sacar el ataúd donde reposaban los restos de su convecino y utilizando un plástico de gran tamaño y una funda de colchón los introdujo en la parte posterior de su vehículo, que condujo con tan insólita y macabra compañía por la carretera local de MU-553 de Blanca a la Nacional 301, pero al llegar al kilómetro 3,400 de dicha ruta, sobre la una del día siguiente, detuvo el automóvil y tras poner al cadáver sus propios zapatos y reloj de pulsera a efectos de que fuera identificado como si se tratara de él mismo, lo situó en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad puesto y seguidamente lanzó el coche por una pendiente de la carretera en dirección a un barranco. Mas detenido el vehículo por un accidente del terreno, comenzó a arder hasta quedar prácticamente inservible, combustión que asimismo afectó al cadáver referido, que quedó totalmente calcinado; terminado lo cual el procesado, desde unas lomas cercanas, comprobó la llegada al lugar del supuesto accidente de varias personas…».
Después, según contó, se fue caminando hacía un área de servicio llamada Venta del Olivo, hizo autostop hasta Albacete, cogió allí un autobús a Madrid y se dirigió al aeropuerto de Barajas. Su plan era viajar a Caracas, pero no le llegaba el dinero para el billete y acabó cogiendo un avión a Canarias.
Mientras sus familiares lloraban tras su ataúd camino del cementerio de Abarán, él se encontraba en Las Palmas elucubrando cómo conseguir las 7.000 pesetas -42 euros al cambio actual- que le hacían falta para un pasaje en barco a Venezuela. Cómo iba nadie a sospechar que estaban oficiando el falso entierro de A., que en realidad estaban dando sepultura a Querubín por segunda vez. Era el 12 de enero de 1982. «Le hicieron el entierro y lo metieron allí al lado. O sea, en el panteón suyo no, en el panteón de mi familia. Y ya muerto, que más da aquí que un poco más allá», decía en Estudio Abierto.
Dos semanas después -26 de enero- la situación económica del presunto muerto fugado a Canarias era desesperada. Ni para afeitarse tenía. Decidió entonces pedirle dinero a un cuñado que vivía en Elda (Alicante). Lo llamó por teléfono: «¿Qué, me conoces?». «Sí, sí, quiero conocerte pero ahora mismo no caigo». «Cógete, que te vas a caer. Yo soy tu cuñado«.
El cuñado pensó que trataban de tomarle el pelo. A. estaba muerto. Él había asistido a su funeral. Alguien se estaba haciendo pasar por el difunto e intentaba estafarlo. No había otra explicación. Se fue a poner los hechos en conocimiento de la Policía.
Un día después, el 27 de enero, A. era detenido en el hostal en el que se alojaba en Las Palmas. Dos más tarde, el 28, se abría la tumba de Querubín en presencia de algunos de sus familiares. El ataúd resultó estar vacío. A sus allegados tuvieron que darles calmantes.
Pongamos ahora el foco en la familia más cercana del resucitado. En su supuesta viuda. ¿Estaba ella al tanto de la farsa? Tras descubrirse el pastel, la mujer atendía a los medios de comunicación en estos términos: «No quiero verlo nunca, para mí está muerto, ya le lloré y fui a su entierro. Si algún día viniera lo rechazaría».
No permitía que le tomaran fotografías pero sí hablaba probablemente para callar las bocas de algunos vecinos, que habían pasado de conmoverse ante la delicada situación en la que había quedado -viuda y con cuatro hijos- a mirarla con recelo por si hubiera sido cómplice.
Tras varios días encerrada en casa digiriendo el duelo, contaba, la habían convencido para que tomara las riendas de la pescadería. «Salí por primera vez el martes pasado. Toda la gente me ayudaba, por eso vendí los 150 kilos que me trajo Sandaño. Todo lo vendí», contaba a la revista Diez Minutos.
Fue conocerse que A. había resucitado en Canarias y pasar todos de largo por su puesto en el mercado del pueblo. «Hoy ya no se ha abierto, ¿para qué si nadie quiere comprar; si casi todos me rechazan? A los niños tampoco los he mandado al colegio. Pobrecitos, quiero evitarles todo comentario. ¡Señor, que locura! Yo esto no lo esperaba. ¡Qué vergüenza, vaya una mancha para toda la vida!».
Contaba también que no había detectado en el comportamiento de su marido nada que hiciera sospechar que tramaba algo. La tarde de su muerte estuvo gastando bromas, como siempre. «Nos estuvimos riendo. Serían las nueve y media o diez de la noche, el televisor estaba enchufado e iba a empezar la película de la segunda cadena Mi terrores favoritos. El se despidió de nosotros, cogió el dinero de la caja y me dejó sólo 500 pesetas [tres euros]. Se marchaba a Alcantarilla a comprar pescado. Ya no le vi más, me lo trajeron muerto en una caja que decían estaba precintada».
La esposa de A. se sintió traicionada y rompió todas sus fotografías, acto de lo que quizás más tarde se arrepintió, puesto que lo perdonó.
-¿Su esposa qué le dijo? -preguntaba Íñigo.
-La mujer no me dijo nada hasta el día de San José [el día del Padre], que vino a mi casa y casi me muero yo. Llegó allí y discutimos, y luego hemos discutido más. Mi mujer es un poco cabezona.
No hay en la hemeroteca declaraciones de las grandes víctimas de esta historia: los familiares de Querubín. A. contó que les escribió dos cartas pidiéndoles perdón y que también les transmitió su pesar a través de la prensa, pero que no obtuvo respuesta.
Judicialmente, el caso llegó al Supremo. La defensa de A. argumentó que no se daba el delito de violación de sepultura puesto que su intención no era la de profanar la memoria del cadáver de su convecino sino la defraudación a la compañía de seguros. El Alto Tribunal no estimó el recurso y mantuvo los cuatro años por este delito y otro más por el intento de estafa, que no se consumó.
Tras salir de prisión, el falso resucitado de Abarán, como fue bautizado mediáticamente, abandonó el pueblo y se instaló en otra localidad con su familia. Ya fallecido, sus hijos, con los que ha contactado este diario, prefieren no recordar lo sucedido.
-Si hubiera sabido lo que podría pasar después, ¿hubiera intentado esa operación o se lo hubiera pensado dos veces? -le preguntó José María Íñigo.
-Pues lo hubiese pensado dos veces. Yo de verdad pensé que no se iba a enterar nadie y tuve mucho cuidado en cerrar el nicho y que no se diera cuenta nadie -respondía.
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