China, Marruecos, Argelia, Estados Unidos, Israel, Palestina, Venezuela, Argentina, Brasil… esos han sido algunos de los países que más han condicionado la política exterior española durante la segunda legislatura de Pedro Sánchez. Si su primer mandato se caracterizó por un papel relativamente relevante en el exterior, el cambio de tendencia política en Europa y entre muchos de sus principales aliados ha dejado al presidente en una posición más incómoda. Su política internacional ha estado marcada por intentos de liderazgo que no siempre han encontrado respaldo entre sus socios -como ocurrió con el reconocimiento de Palestina- y por un progresivo distanciamiento de algunos de los aliados con los que España comparte intereses estratégicos.
Sánchez ha pasado de querer ser referente de la socialdemocracia europea a chocar con sus socios comunitarios y aliados de la OTAN. Y ha usado la política exterior en la estrategia doméstica
China, Marruecos, Argelia, Estados Unidos, Israel, Palestina, Venezuela, Argentina, Brasil… esos han sido algunos de los países que más han condicionado la política exterior española durante la segunda legislatura de Pedro Sánchez. Si su primer mandato se caracterizó por un papel relativamente relevante en el exterior, el cambio de tendencia política en Europa y entre muchos de sus principales aliados ha dejado al presidente en una posición más incómoda. Su política internacional ha estado marcada por intentos de liderazgo que no siempre han encontrado respaldo entre sus socios -como ocurrió con el reconocimiento de Palestina- y por un progresivo distanciamiento de algunos de los aliados con los que España comparte intereses estratégicos.
Sánchez, que durante sus primeros años en Moncloa, cuando el socialismo tenía mayor peso en Europa, buscaba presentarse como uno de los referentes de la socialdemocracia europea y como un defensor de la unidad de Los 27, ha terminado chocando en distintos momentos con socios comunitarios y aliados de la OTAN. La política exterior se ha convertido además en un elemento de su estrategia doméstica: el auge de partidos de extrema derecha en distintos países ha sido utilizado por el presidente para alertar de los riesgos de su llegada al poder en España.
China es uno de los mejores ejemplos de esta nueva orientación. Sánchez ha visitado el país en cuatro ocasiones durante los últimos cuatro años y ha apostado claramente por estrechar los vínculos con Pekín, pese a que la Unión Europea define a China como un «rival sistémico». Los recelos europeos ante determinadas inversiones y proyectos chinos en España no han frenado esta estrategia. Las últimas dudas se han concentrado en la instalación en la ría de Ferrol de una planta vinculada al fabricante chino MG, pese a los informes que desaconsejaban el proyecto por razones estratégicas y de seguridad.
El acercamiento al gigante asiático contrasta con la relación con Japón, un socio estratégico de España que lleva años esperando la firma de un acuerdo específico de cooperación en materia de Defensa. Tokio confía aún en que se cierre antes de que termine la legislatura.
Marruecos y Argelia han constituido otro de los grandes dilemas de la política exterior de Sánchez. El giro sobre el Sáhara Occidental en favor de Rabat provocó una crisis sin precedentes con Argel, que retiró a su embajador y congeló buena parte de las relaciones con España. Sánchez consiguió después recomponer el vínculo con Marruecos, pero al precio de asumir un cambio de posición que durante décadas había mantenido España y que tuvo consecuencias en su relación con Argelia. El equilibrio entre ambos vecinos del sur continúa siendo uno de los principales desafíos de la diplomacia española, donde Marruecos marca el ritmo, como se ha podido ver en la última crisis migratoria, con la avalancha de migrantes a nado a Ceuta el 30 de julio. La política de apaciguamiento y subordinación a Rabat ha sido la apuesa más fallida desde Moncloa. Con el añadido de que Marruecos es hoy aliado de Trump y Netanyahu mientras Sánchez se ve aislado, líder de su propio mundo, en una conexión arriesgada con China, y con Lula y Sheinbaum como mejores pares en una izquierda que ha perdido Colombia.
Oriente Próximo también ha condicionado profundamente la acción exterior de Sánchez. La guerra de Gaza tras los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023 fue el punto de partida de una intensa campaña diplomática española en favor del Estado palestino. Sánchez convirtió el reconocimiento de Palestina en una de sus principales banderas internacionales y logró que Irlanda y Noruega se sumaran a España. Posteriormente, otros países europeos y numerosos Estados de la comunidad internacional respaldaron la solución de los dos Estados, pero la iniciativa española no consiguió arrastrar inicialmente a la mayoría de Los 27.
El movimiento tuvo, sin embargo, un coste en la relación con Israel, que alcanzó uno de sus momentos más bajos. España reconoció al Estado palestino, aprobó restricciones al suministro de material militar a Israel y retiró a su embajadora en Tel Aviv. Israel respondió con medidas diplomáticas y desde entonces las acusaciones y descalificaciones de dirigentes israelíes contra el Gobierno español han sido frecuentes. Madrid organizó además distintos encuentros internacionales para impulsar la solución de los dos Estados, pero sin conseguir que Israel participara. EEUU, principal aliado de Israel, tampoco ha visto con buenos ojos buena parte de la posición española.
Precisamente la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha complicado aún más la relación con Washington. Las fuentes consultadas distinguen entre una cooperación técnica que funciona y una relación política marcada por la falta de sintonía. Trump ha cuestionado públicamente en distintas ocasiones la posición española, especialmente en materia de Defensa. El primer gran choque se produjo por el compromiso de elevar el gasto militar, después de que Sánchez se resistiera a asumir el objetivo acordado por los aliados de la OTAN. Posteriormente, la posición española ante las operaciones militares estadounidenses en Oriente Próximo volvió a generar tensión. Sánchez ha intentado reivindicar la utilidad estratégica de las bases españolas, especialmente Rota, mientras mantiene límites al uso de las instalaciones militares españolas para determinadas operaciones.
Venezuela ha sido otro de los escenarios en los que la política exterior se ha cruzado con la política doméstica. La posición de Sánchez ante el régimen de Nicolás Maduro y, especialmente, la gestión de la crisis política venezolana han provocado críticas tanto desde la oposición española como entre algunos socios internacionales. España ha terminado desempeñando un papel de refugio y mediación para dirigentes venezolanos, pero sin conseguir convertirse en un actor determinante capaz de influir decisivamente sobre el futuro político del país.
Y a estos frentes se suma Argentina. La relación con Javier Milei se convirtió en uno de los episodios de mayor tensión diplomática de la segunda legislatura. El enfrentamiento, alimentado por declaraciones cruzadas entre Milei y miembros del Gobierno español, terminó adquiriendo una dimensión institucional inédita entre dos países unidos por profundos vínculos históricos, económicos y sociales. La retirada temporal de la embajadora española en Buenos Aires y los sucesivos cruces públicos entre ambos gobiernos evidenciaron hasta qué punto la política exterior de Sánchez había quedado también atrapada en la polarización política española.
En el polo opuesto se sitúa la relación con Brasil, marcada por la sintonía ideológica y estratégica entre Pedro Sánchez y Lula da Silva. El presidente español visitó Brasil en marzo de 2024, ambos mandatarios impulsaron el acuerdo UE-Mercosur y hace sólo unos meses, en abril, se celebró la primera cumbre bilateral entre España y Brasil en Barcelona.
La política exterior española se define así por múltiples frentes abiertos y una constante búsqueda de protagonismo internacional que no siempre ha ido acompañada de capacidad real para imponer la agenda española. El reconocimiento de Palestina, el enfrentamiento con Israel, las tensiones con Argelia, el giro hacia Marruecos, los desencuentros con Trump, la relación con China y el choque con Milei han convertido la política exterior de Sánchez en un terreno de alta exposición política.
Y Madrid tendrá todavía una última oportunidad para demostrar si España conserva capacidad de liderazgo internacional. La Cumbre Iberoamericana que se celebrará en la capital será, previsiblemente, el último gran examen exterior de Sánchez antes de afrontar la recta final de su mandato. El presidente llegará a esa cita después de años de conflictos y apuestas diplomáticas que han situado a España en posiciones de protagonismo en algunos asuntos, pero también de aislamiento frente a determinados aliados. La capacidad de reunir a los líderes iberoamericanos, recuperar consensos y proyectar a España como puente entre Europa y América Latina será la prueba definitiva de si la estrategia internacional de Sánchez ha conseguido convertir la visibilidad en influencia.
JOSEP BORRELL
2018-2019. Reforzó el papel de España en la UE y gestionó importantes retos como el Brexit y la crisis venezolana.
GONZÁLEZ LAYA
2020-2021. Salió del Gobierno tras crisis con Marruecos por la acogida en España del líder del Frente Polisario.
José Manuel Albares
2021-. Ha tenido que gestionar la crisis con Marruecos, la de Oriente Próximo y la guerra de Ucrania.
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