El presidente más Trump de la historia

Anuncia estos días el presidente Trump que va a lanzar contra Irán «la operación económica más devastadora jamás emprendida». Obsesionado por su propia grandeza, al hombre no le basta un paquete de sanciones cualquiera, que es lo que al final va a aprobar y que, conociéndole, es probable que ni siquiera dure demasiado. Sin embargo, no hay razón alguna para sorprenderse a estas alturas. El magnate ya había dado pruebas anteriormente de su afición a la hipérbole. «La gente quiere creer en cosas que sean las más grandiosas, las más importantes, las más espectaculares», escribió en su libro «El arte de la negociación», hace ya casi 40 años.

La misma política autocomplaciente siguió el magnate en la guerra que precedió a las sanciones recién anunciadas. Una guerra que, para estar a la altura de su autor intelectual, también fue definida como «la operación aérea más letal, más compleja y más precisa de la historia». Una guerra que, si hay que creer a Trump, ha sido un éxito sin precedentes en el mundo militar, a la altura del nombre elegido por él mismo para la campaña: «Furia épica». Una guerra que ha puesto de rodillas a los líderes iraníes, que, según las cuentas del magnate, llevan suplicando un acuerdo desde el pasado 25 de marzo. Una guerra que «America, como siempre durante los cinco años de mi presidencia» —eso lo dice el hombre que en 2020 pactó con los talibanes la salida de sus tropas de Afganistán— «está ganando»… pero que hoy podemos dar oficialmente por fracasada porque, si no fuera así, ¿por qué habría de lanzarse contra el enemigo vencido «la operación económica más devastadora jamás emprendida»?

Hay un largo y tortuoso camino entre el presidente Trump que hace año y medio tomó posesión de su cetro en Washington y el que hoy dirige la política exterior de los EEUU. En los primeros días de su mandato, sus palabras provocaban entusiasmo en algunos rincones del globo, miedo en otros y preocupación en los demás. Hoy, la verdad, a nadie le importa demasiado lo que diga el locuaz republicano. Si acierta, sabemos que no durará mucho en el buen camino. Si se muestra airado o amenazador, asumimos con resignación que ya se le pasará. ¿Qué todavía prefiere alinearse con Putin, a pesar de su apoyo a Irán, que ayudar a Zelenski, el único líder europeo que de verdad se puso de su lado en Oriente Medio? ¡Ya le cortará las alas el Congreso en noviembre! ¿Qué ahora corteja a Kim Jong-un y se aleja de Corea del Sur, un aliado vital para contener a China en el Indopacífico? ¡Ya volverá al redil cuando Xi Jinping le deje claro que ningún líder que no pueda presumir de un poder absoluto —ningún tribunal supremo le va a forzar a él, a Putin o a Kim a pagar una indemnización por abusar sexualmente de nadie— y, además, vitalicio va a ser admitido en su banda de matones!

«Si acierta, sabemos que no durará mucho en el buen camino. Si se muestra airado o amenazador, asumimos con resignación que ya se le pasará»

¿Qué hacemos entonces en los dos años y medio que le quedan por delante al magnate? Podríamos pasar de él pero, como el hombre necesita ser el centro de la atención mundial, eso podría hacerle tomar decisiones todavía más inoportunas. ¿Hacerle frente, entonces? Sigue siendo el líder de la nación más poderosa de la tierra. ¿Ceder? Siempre es un error. Cada cesión —y esta es una verdad estratégica fundamental que suelen entender los padres mucho mejor que algunos líderes políticos, incluidos los nuestros— traerá nuevas exigencias.

Yo creo que lo que el mundo necesita es tratar a Trump con imaginación. Imaginación para encontrar soluciones parecidas a la que Gianni Infantino, el controvertido presidente de la FIFA, puso en práctica cuando, para engrasar el campeonato mundial que estaba por llegar, le entregó a Trump el premio FIFA de la paz que se acababa de inventar. Quizá, a cambio de una reelección que hoy tiene difícil, se avenga Infantino a darle al presidente de los EEUU la Copa de la FIFA como campeón de la guerra de Irán. Es posible que, con el título en el bolsillo, el magnate pueda dar aquello por finalizado sin sentir que se pone en ridículo.

Yo, por mi parte, ofrezco una idea que no es mucho peor que la anterior. ¿Por qué no darle al hombre el reconocimiento que de verdad merece por su originalidad, su permanente presencia en los medios y sus sorprendentes giros de guion? ¿Y cuál sería ese premio? Mientras no haya otra propuesta mejor, yo sugiero que se le conceda al magnate el trofeo al presidente más Trump de la historia. Narcisista como es, igual hasta le gusta.

 «¿Por qué no darle al hombre el reconocimiento que de verdad merece por su originalidad, su permanente presencia en los medios y sus sorprendentes giros de guion?»  

Anuncia estos días el presidente Trump que va a lanzar contra Irán «la operación económica más devastadora jamás emprendida». Obsesionado por su propia grandeza, al hombre no le basta un paquete de sanciones cualquiera, que es lo que al final va a aprobar y que, conociéndole, es probable que ni siquiera dure demasiado. Sin embargo, no hay razón alguna para sorprenderse a estas alturas. El magnate ya había dado pruebas anteriormente de su afición a la hipérbole. «La gente quiere creer en cosas que sean las más grandiosas, las más importantes, las más espectaculares», escribió en su libro «El arte de la negociación», hace ya casi 40 años.

La misma política autocomplaciente siguió el magnate en la guerra que precedió a las sanciones recién anunciadas. Una guerra que, para estar a la altura de su autor intelectual, también fue definida como «la operación aérea más letal, más compleja y más precisa de la historia». Una guerra que, si hay que creer a Trump, ha sido un éxito sin precedentes en el mundo militar, a la altura del nombre elegido por él mismo para la campaña: «Furia épica». Una guerra que ha puesto de rodillas a los líderes iraníes, que, según las cuentas del magnate, llevan suplicando un acuerdo desde el pasado 25 de marzo. Una guerra que «America, como siempre durante los cinco años de mi presidencia» —eso lo dice el hombre que en 2020 pactó con los talibanes la salida de sus tropas de Afganistán— «está ganando»… pero que hoy podemos dar oficialmente por fracasada porque, si no fuera así, ¿por qué habría de lanzarse contra el enemigo vencido «la operación económica más devastadora jamás emprendida»?

Hay un largo y tortuoso camino entre el presidente Trump que hace año y medio tomó posesión de su cetro en Washington y el que hoy dirige la política exterior de los EEUU. En los primeros días de su mandato, sus palabras provocaban entusiasmo en algunos rincones del globo, miedo en otros y preocupación en los demás. Hoy, la verdad, a nadie le importa demasiado lo que diga el locuaz republicano. Si acierta, sabemos que no durará mucho en el buen camino. Si se muestra airado o amenazador, asumimos con resignación que ya se le pasará. ¿Qué todavía prefiere alinearse con Putin, a pesar de su apoyo a Irán, que ayudar a Zelenski, el único líder europeo que de verdad se puso de su lado en Oriente Medio? ¡Ya le cortará las alas el Congreso en noviembre! ¿Qué ahora corteja a Kim Jong-un y se aleja de Corea del Sur, un aliado vital para contener a China en el Indopacífico? ¡Ya volverá al redil cuando Xi Jinping le deje claro que ningún líder que no pueda presumir de un poder absoluto —ningún tribunal supremo le va a forzar a él, a Putin o a Kim a pagar una indemnización por abusar sexualmente de nadie— y, además, vitalicio va a ser admitido en su banda de matones!

«Si acierta, sabemos que no durará mucho en el buen camino. Si se muestra airado o amenazador, asumimos con resignación que ya se le pasará»

¿Qué hacemos entonces en los dos años y medio que le quedan por delante al magnate? Podríamos pasar de él pero, como el hombre necesita ser el centro de la atención mundial, eso podría hacerle tomar decisiones todavía más inoportunas. ¿Hacerle frente, entonces? Sigue siendo el líder de la nación más poderosa de la tierra. ¿Ceder? Siempre es un error. Cada cesión —y esta es una verdad estratégica fundamental que suelen entender los padres mucho mejor que algunos líderes políticos, incluidos los nuestros— traerá nuevas exigencias.

Yo creo que lo que el mundo necesita es tratar a Trump con imaginación. Imaginación para encontrar soluciones parecidas a la que Gianni Infantino, el controvertido presidente de la FIFA, puso en práctica cuando, para engrasar el campeonato mundial que estaba por llegar, le entregó a Trump el premio FIFA de la paz que se acababa de inventar. Quizá, a cambio de una reelección que hoy tiene difícil, se avenga Infantino a darle al presidente de los EEUU la Copa de la FIFA como campeón de la guerra de Irán. Es posible que, con el título en el bolsillo, el magnate pueda dar aquello por finalizado sin sentir que se pone en ridículo.

Yo, por mi parte, ofrezco una idea que no es mucho peor que la anterior. ¿Por qué no darle al hombre el reconocimiento que de verdad merece por su originalidad, su permanente presencia en los medios y sus sorprendentes giros de guion? ¿Y cuál sería ese premio? Mientras no haya otra propuesta mejor, yo sugiero que se le conceda al magnate el trofeo al presidente más Trump de la historia. Narcisista como es, igual hasta le gusta.

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