
A las doce en punto del mediodía de este viernes, un pasillo de camisas verdes y tricornios se cuadró ante el ataúd de Laura. 66 agentes, nueve de ellos mujeres, siguieron firmes y con la mano en la sien el lento camino de la caja de madera hacia la iglesia para despedir a esa compañera que hacía justo un año había ido a poner la última denuncia que interpondría contra el hombre que ejerció violencia contra ella durante años, Dámaso Fernández, ya exguardia, su expareja y el padre de su hijo que este año cumple 19, y sus dos hijas, gemelas, aún de 13. Ese día, 5 de agosto de 2025 a las 11.47 de la mañana, Laura dijo a los agentes que le tomaron declaración: “Debo aclarar por qué tengo tanto miedo a Dámaso, no le importa a quién llevarse por medio”. Meses después volvió a advertir que estaba en peligro, pidió que le reactivaran la pulsera antimaltratadores que había llevado, que sabía que no iba a parar hasta destruirla. La Justicia le denegó ese dispositivo el 19 de diciembre de 2025 porque no vio elementos de “riesgo objetivo”. Y este miércoles, 5 de agosto de 2026, Dámaso la asesinó.



El funeral de la guardia civil fue el viernes, dos días después de ser asesinada por Dámaso Fernández, su expareja, tras años de denuncias, recursos y coacciones. Su entierro dibuja gran parte de quién era esa mujer querida y protegida siempre por su entorno
A las doce en punto del mediodía de este viernes, un pasillo de camisas verdes y tricornios se cuadró ante el ataúd de Laura. 66 agentes, nueve de ellos mujeres, siguieron firmes y con la mano en la sien el lento camino de la caja de madera hacia la iglesia para despedir a esa compañera que hacía justo un año había ido a poner la última denuncia que interpondría contra el hombre que ejerció violencia contra ella durante años, Dámaso Fernández, ya exguardia, su expareja y el padre de su hijo que este año cumple 19, y sus dos hijas, gemelas, aún de 13. Ese día, 5 de agosto de 2025 a las 11.47 de la mañana, Laura dijo a los agentes que le tomaron declaración: “Debo aclarar por qué tengo tanto miedo a Dámaso, no le importa a quién llevarse por medio”. Meses después volvió a advertir que estaba en peligro, pidió que le reactivaran la pulsera antimaltratadores que había llevado, que sabía que no iba a parar hasta destruirla. La Justicia le denegó ese dispositivo el 19 de diciembre de 2025 porque no vio elementos de “riesgo objetivo”. Y este miércoles, 5 de agosto de 2026, Dámaso la asesinó.
Por eso las campanas de la basílica de Santa María de Llanes sonaron antesdeayer durante más de una hora con el tañido lento, sobrio, de la misa de difuntos. Por Laura Cruz, de 50 años. Estuvieron presentes el presidente del Principado de Asturias, la delegada del Gobierno y el alcalde de Llanes. Mientras, sus compañeros, armarios de verde, se abrazaban descompuestos. “Es como si algo se hubiese roto, se hubiese reventado en ese cuartel”, describe alguien que también explica que Laura llevaba mucho tiempo allí, que era querida. “La protegieron siempre”.
El miércoles no pudieron. Dámaso había dedicado tres días a rumiar el asesinato. Desde el lunes, cuando supo que había sido expulsado de la Guardia Civil precisamente por la violencia ejercida contra Laura. Según la reconstrucción de uno de los oficiales de la casa cuartel, el lunes se enteró de su despido, el martes asistió a una competición canina, por la noche robó el arma de un compañero y el miércoles por la mañana salió de Zamora hacia Llanes saltándose la orden de alejamiento que tenía activa en el coche gris que el viernes estaba tras la cinta como parte de la escena del crimen.
Nadie alertó a Laura de esto, pese a que era un secreto a gritos que quería matarla. “Hasta que me mate no va a parar”, le dijo a Marisa Elviro. Marisa y Laura se habían hecho amigas desde que la primera se convirtió en concejala de VecinosXLlanes y estaba al frente de Servicios Sociales. La escuchó muchas veces pronunciar esa frase.
“Lo decía en serio y todos sabíamos que lo decía en serio”, dijo el jueves su amiga junto a varias flores y velas colocadas espontáneamente frente al Ayuntamiento. El día antes, poco antes de las 13.30, Dámaso entró en la casa cuartel aprovechando que se abrió la puerta del garaje. Fuera había dejado preparado el coche con las llaves puestas. Laura estaba trabajando en una parte de las oficinas y “probablemente ni lo vio llegar porque le tapaba la pantalla del ordenador”, afirma el viernes uno de los compañeros que habitualmente trabajaba con ella.
Se acercó y abrió fuego dos veces contra su pecho y cuando, unas mesas más allá, el teniente se fue hacia Laura, Dámaso le disparó en la pierna antes de echar a correr por la escalera del garaje. Fue entonces cuando se cruzó con otros dos guardias civiles a quienes disparó a dos metros de distancia. Uno de ellos quedó herido y el otro logró saltar. “Podría haber sido una masacre”, recuerda el oficial que ayuda a hacer esta reconstrucción y que prefiere omitir su nombre.
Al oír las detonaciones, otros dos agentes corrieron por el garaje donde alcanzaron a Dámaso. “Su sorpresa fue encontrarse con ellos abajo, uno de ellos del GAR” (los grupos de acción rápida de la Guardia Civil), que le dispararon al pecho. Dos horas y siete balazos más tarde, murió en la ambulancia. Las agentes que acudieron al funeral con el uniforme prefieren no hablar, pero otra compañera, en vaqueros y con los ojos rojos de llorar, se lanza: “La lástima es que se haya muerto el hijo de puta”, dice. “Y que no se haya quedado tetrapléjico de por vida”, añade, apretando el cigarro.
Fue el final de una violencia que se extendía desde hacía más de una década, 2014, cuando se separaron y él comenzó a intentar que no pudiera seguir con su vida; ella siempre intentó seguir haciéndolo, miró siempre hacia delante. “Resistencia”, es la palabra que estos días varias personas cercanas a ese caso han pronunciado para describirla.
Con tres hijos y un trabajo intenso recibiendo denuncias por violencia machista, a Laura le daba tiempo para estar metida en todo. Laura había logrado romper el hermetismo que rodea la vida cuartelaria. “Y siempre con una sonrisa”, dice una de sus compañeras. El viernes la despidieron no solo las decenas de uniformados, había adolescentes con camisetas del equipo de baloncesto que entrenaba, las chicas del equipo de rugby o los padres que la recordaban de las asambleas del AMPA. También estaban sus padres, José Cruz y María Pilar Vega, su pareja, Álvaro, y sus dos hijas.

Un silencio intenso acompañó la salida del cuerpo de Laura a la plaza hasta que todos cantaron el himno de la Guardia Civil: “Viva España, viva el Rey, viva el orden y la ley”. Entre las decenas de condolencias que se acumulan en el cuaderno, alguien escribe: “Nunca olvidaré tu ejemplo”. Y otro: “Que tu asesinato sea el último”.
No lo fue. Unas horas después de que Dámaso matara a Laura otro hombre se saltó también la orden de alejamiento que tenía y asesinó a su mujer en la trastienda de un negocio en un centro comercial en Murcia. La violencia se extiende cada día como uno de los mayores problemas estructurales que afrontan sociedades de todo el mundo. Solo en España denuncian alrededor de 200.000 mujeres al año, y se estima que solo lo hacen una de cada diez. A veces porque tienen miedo, a veces porque no se reconocen como víctimas y a veces, también, porque creen que el sistema no las creerá, no las protegerá.
En la segunda fila de la formación el día del entierro, escondida entre la imponente escolta de guardias civiles, una agente lloraba desconsolada. Mirada al frente, lágrimas cayendo por las mejillas, la mano en la sien y el tricornio puesto al paso de su compañera. Cuando se disuelve la formación, la guardia civil se echa a un lado para seguir llorando en silencio.
—¿Ha fallado algo?
—Algunas cosas, dice incómoda antes de darse la vuelta.

Habían fallado cosas mucho antes de ese día. Durante 12 años, el policía, 29 veces felicitado por entrenar perros y nacido en Ferrol, se dedicó a amargarle la vida y a ejercer muchas formas de violencia contra Laura Cruz, nacida en Madrid hace 50. Ni pagaba la hipoteca de un piso que tenían en común, ni dejaba que ella le comprara su parte, ni la dejaba respirar.
Cada cierto tiempo la denunciaba, él a ella. Llegó a interponer 45, siempre desestimadas, por estupideces que sabía que no eran delito como no llevar la silla del niño o dejar sábanas sucias en la casa que habían comprado a medias. Hasta la paliza de 2019, que le dejó moratones y un diente roto mientras aguantaba los golpes de un hombre que los testigos describieron como “fuera de sí” y que, como volvió a hacer el miércoles, se había colado en el cuartel por la puerta del garaje para darle esa golpiza. No dejó de golpear hasta que sus compañeros se le echaron encima.
Ella denunció y no fue hasta julio del pasado año cuando la Audiencia Provincial dictó la última sentencia del caso y confirmó la condena del Juzgado de lo Penal número 4 de Oviedo, que imponía a Dámaso un año de cárcel por maltrato y otros ocho meses de prisión por coacciones; también fue condenado por un delito leve de lesiones. Pero desestimó las acusaciones que hizo una y otra vez el Ministerio Fiscal por acoso y violencia de género habitual que habría aumentado, aunque es imposible saber en cuánto, la condena.
Él, durante todos estos años, también recurrió: quería ser absuelto. E hizo lo mismo dentro del cuerpo. Recurrió una y otra vez para frenar su expulsión una vez que hubo condena firme en el juzgado. Pero este lunes le comunicaron que sería despedido.
Aunque ya no puede saberse, la percepción de distintas fuentes cercanas al caso es que él la culpó a ella de la expulsión, sin asumir que el único responsable era él y la violencia que había ejercido durante años contra Laura. Buscó la forma de castigarla y el robo el arma a un compañero es algo que también ha entrado en el debate social. “El arma es responsabilidad del agente, que la puede guardar en un cajón de la mesa o en una caja fuerte. En este caso fue en una taquilla”, explica el capitán sevillano al frente de las tareas de información.
También en la conversación social está esa alerta que Laura dio en diciembre a las autoridades y la negativa de la Justicia a reactivarle la pulsera porque no vieron elementos para hacerlo en aquel momento. En Oviedo, el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Asturias, Jesús María Chamorro, afirmó el día después del asesinato que los fallos del sistema tienen poco peso en este caso.

“Al final, el culpable es el que comete los hechos. Los juzgados intentamos hacer todo lo posible para tratar de evitar este tipo de cosas”, declaró. La fiscal de Sala de Violencia sobre la Mujer, María Eugenia Prendes, difiere. Aunque afirma en una entrevista en este diario por este caso que hay veces que es imposible evitar un asesinato y que se ha de ser consciente de ello, cree que en este caso hubo decisiones que podrían haber sido distintas porque había elementos probatorios suficientes para que lo fueran.
“Ahora”, dice Prendes, “solo nos queda aprender de este caso”. De él queda una víctima, Laura Cruz, la propia muerte del asesino, pero muchas otras víctimas. Los amigos, el padre y la madre de ella. Pero sobre todo, sus hijas y su hijo.
A él se le ve en el entierro en medio de un grupo de adolescentes que llama la atención entre decenas de uniformados. Son los amigos de él, de Rubén, de 18 años. Llevó el ataúd de su madre hasta el interior de la basílica y musitó fuera el himno de la Guardia Civil que escucha desde niño en la casa cuartel. Vivir ahí es como vivir en una canción de Kiko Veneno. Los hijos se conocen y las familias comparten la plancha, un balón, la consola o un traje. Los chicos crecen juntos, no son solo vecinos. Esos amigos lo abrazaban este viernes, a él, como sus hermanas, huérfanos desde este miércoles.

El oficial acaba de ordenar romper filas. “¡Ar!”, grita en la plaza de Llanes cuando el coche fúnebre parte hacia el cementerio. Entonces, la guardia civil que prefería llorar en silencio cambia de opinión y se gira para hablar de su amiga: “Era una madraza, y siempre con una sonrisa. La mató porque era feliz”, dice a trompicones, casi sin aire.
En lo que va de año, 36 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas. Desde que arrancó la estadística oficial, en 2003, son 1.377 mujeres. Y ascienden ya a 26 los huérfanos y huérfanas menores de edad que se registran este año por esta violencia, 536 desde que se contabilizan, en 2013. El hijo mayor de Laura, ya con 18, no consta en esa estadística por ser mayor de edad.
El teléfono 016 atiende a las víctimas de violencia machista, a sus familias y a su entorno las 24 horas del día, todos los días del año, en 53 idiomas diferentes. El número no queda registrado en la factura telefónica, pero hay que borrar la llamada del dispositivo. También se puede contactar a través del correo electrónico 016-online@igualdad.gob.es y por WhatsApp en el número 600 000 016. Los menores pueden dirigirse al teléfono de la Fundación ANAR 900 20 20 10. Si es una situación de emergencia, se puede llamar al 112 o a los teléfonos de la Policía Nacional (091) y de la Guardia Civil (062). Y en caso de no poder llamar, se puede recurrir a la aplicación ALERTCOPS, desde la que se envía una señal de alerta a la Policía con geolocalización.
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