Las dos orillas de Dakar

El aire de Colobane, un barrio populoso y vibrante en el corazón de Dakar, huele a humo de carbón, a pescado frito en los puestos callejeros y, sobre todo, a un incienso dulce y penetrante que las mujeres queman al atardecer. Allí, entre el polvo y el bullicio de una casa compartida por catorce miembros de una misma familia, creció Amadou Onana, actual centrocampista del Aston Villa y la selección belga. Sus primeros recuerdos no tienen el césped perfecto de la Premier League ni la solemnidad de un Mundial, sino la urgencia de un niño que regresa rápido de la escuela para hacer los deberes porque, de lo contrario, en palabras del jugador, su madre no le dejaría salir a la calle. El plan era siempre el mismo: juntar dos piedras grandes, simular una portería y golpear un balón desinflado hasta que la noche africana devorase el perfil de las casas.Hoy, ese niño que asimiló desde muy temprano la fragilidad de un entorno donde se desayunaba sin saber si habría cena, se ha convertido en un titán de planta imponente que sostiene el centro del campo de Bélgica. El destino, siempre caprichoso en el fútbol de selecciones, ha querido que los dieciseisavos de final del Mundial de 2026 crucen los caminos de los Diablos Rojos y de Senegal (22.00). Y para Onana, el partido es un espejo que le devuelve el reflejo de sus dos identidades.El caso de Amadou Onana es un capítulo más de la profunda transformación demográfica y cultural que ha definido al fútbol belga en las últimas dos décadas. La selección que dirige Rudi García es el resultado de un proceso de adopción, mestizaje y asimilación que arrancó a principios de siglo. Figuras como Romelu Lukaku –cuyo padre defendió a la República Democrática del Congo (en aquel momento Zaire) antes de que su hijo se convirtiera en el máximo goleador histórico de los Red Devils– o Youri Tielemans abrieron un camino en el que el desarraigo mutó en pertenencia.MIGRACIÓN Amadou Onana dio un vuelco a su vida a los once años, mudándose a Bruselas con su padreBélgica aprendió a nutrirse de la riqueza de sus flujos migratorios, construyendo una identidad futbolística rica y diversa. En la actual plantilla, nombres como Lois Openda o el propio Onana encarnan esta realidad. Onana llegó a Bruselas con once años para reunirse con su padre. Dominaba el wolof y el francés, pero el fútbol lo obligó a un nomadismo feroz para ganarse el pan: rebotó por las canteras del Anderlecht, el White Star y el Zulte Waregem, antes de emigrar solo a Alemania para madurar a marchas forzadas en el Hoffenheim y el Hamburgo. Aprendió flamenco e inglés; asimiló el rigor táctico centroeuropeo, pero jamás olvidó la resiliencia de Colobane. «Lu metti yàggul te ku muñ muuñ» –suele repetir en wolof–: lo que duele no dura, y quien persevera sonríe.La otra cara de la diásporaAl otro lado del campo estará Senegal, los Leones de la Teranga, un bloque que representa la otra cara de la moneda de la diáspora africana. Si Bélgica es el ejemplo de la adopción y el desarrollo europeo, Senegal es el monumento al orgullo del sentido de pertenencia y el retorno. El armazón competitivo de los africanos se sostiene sobre futbolistas que, habiendo nacido o crecido en Europa, decidieron defender la bandera de sus padres y abuelos, o sobre aquellos que, tras triunfar en la élite, han regresado espiritual y económicamente para levantar el fútbol local.Sadio Mané y Kalidou Koulibaly son los guardianes de ese legado. Mané, el héroe de Bambali que financia hospitales y escuelas en su tierra natal, representa el cordón umbilical irrompible con el origen. Koulibaly, nacido en Francia, eligió Senegal; optó por sus orígenes antes que por el equipo más fuerte, utilizando el fútbol como una herramienta para honrar su historia. Bélgica llega a la cita tras certificar el liderato del Grupo G con una exhibición autoritaria ante Nueva Zelanda (5-1), donde se vio la mejor versión de Kevin De Bruyne y Leandro Trossard, además de un Lukaku demoledor saliendo desde el banquillo. Senegal, por su parte, accedió a los dieciseisavos de una manera distinta. Tras las derrotas contra Francia y Noruega, los hombres de Pape Thiaw necesitaban una goleada ante Irak en Toronto para colarse como uno de los mejores terceros. Lo lograron con un estruendoso 5-0, comandado por el desparpajo de Habib Diarra y un doblete de Pape Gueye.Cuando ruede el balón, Amadou Onana se medirá a los ídolos de su país natal, sabiendo que su historia ya es una victoria sobre el destino. En los noventa minutos de juego no habrá espacio para la nostalgia, será una batalla férrea en busca de un billete para los octavos; pero cuando el árbitro pite el final, Onana sabrá que, gane quien gane, una parte de su corazón estará en la siguiente ronda, y la otra seguirá corriendo descalza entre las piedras de Colabane. El aire de Colobane, un barrio populoso y vibrante en el corazón de Dakar, huele a humo de carbón, a pescado frito en los puestos callejeros y, sobre todo, a un incienso dulce y penetrante que las mujeres queman al atardecer. Allí, entre el polvo y el bullicio de una casa compartida por catorce miembros de una misma familia, creció Amadou Onana, actual centrocampista del Aston Villa y la selección belga. Sus primeros recuerdos no tienen el césped perfecto de la Premier League ni la solemnidad de un Mundial, sino la urgencia de un niño que regresa rápido de la escuela para hacer los deberes porque, de lo contrario, en palabras del jugador, su madre no le dejaría salir a la calle. El plan era siempre el mismo: juntar dos piedras grandes, simular una portería y golpear un balón desinflado hasta que la noche africana devorase el perfil de las casas.Hoy, ese niño que asimiló desde muy temprano la fragilidad de un entorno donde se desayunaba sin saber si habría cena, se ha convertido en un titán de planta imponente que sostiene el centro del campo de Bélgica. El destino, siempre caprichoso en el fútbol de selecciones, ha querido que los dieciseisavos de final del Mundial de 2026 crucen los caminos de los Diablos Rojos y de Senegal (22.00). Y para Onana, el partido es un espejo que le devuelve el reflejo de sus dos identidades.El caso de Amadou Onana es un capítulo más de la profunda transformación demográfica y cultural que ha definido al fútbol belga en las últimas dos décadas. La selección que dirige Rudi García es el resultado de un proceso de adopción, mestizaje y asimilación que arrancó a principios de siglo. Figuras como Romelu Lukaku –cuyo padre defendió a la República Democrática del Congo (en aquel momento Zaire) antes de que su hijo se convirtiera en el máximo goleador histórico de los Red Devils– o Youri Tielemans abrieron un camino en el que el desarraigo mutó en pertenencia.MIGRACIÓN Amadou Onana dio un vuelco a su vida a los once años, mudándose a Bruselas con su padreBélgica aprendió a nutrirse de la riqueza de sus flujos migratorios, construyendo una identidad futbolística rica y diversa. En la actual plantilla, nombres como Lois Openda o el propio Onana encarnan esta realidad. Onana llegó a Bruselas con once años para reunirse con su padre. Dominaba el wolof y el francés, pero el fútbol lo obligó a un nomadismo feroz para ganarse el pan: rebotó por las canteras del Anderlecht, el White Star y el Zulte Waregem, antes de emigrar solo a Alemania para madurar a marchas forzadas en el Hoffenheim y el Hamburgo. Aprendió flamenco e inglés; asimiló el rigor táctico centroeuropeo, pero jamás olvidó la resiliencia de Colobane. «Lu metti yàggul te ku muñ muuñ» –suele repetir en wolof–: lo que duele no dura, y quien persevera sonríe.La otra cara de la diásporaAl otro lado del campo estará Senegal, los Leones de la Teranga, un bloque que representa la otra cara de la moneda de la diáspora africana. Si Bélgica es el ejemplo de la adopción y el desarrollo europeo, Senegal es el monumento al orgullo del sentido de pertenencia y el retorno. El armazón competitivo de los africanos se sostiene sobre futbolistas que, habiendo nacido o crecido en Europa, decidieron defender la bandera de sus padres y abuelos, o sobre aquellos que, tras triunfar en la élite, han regresado espiritual y económicamente para levantar el fútbol local.Sadio Mané y Kalidou Koulibaly son los guardianes de ese legado. Mané, el héroe de Bambali que financia hospitales y escuelas en su tierra natal, representa el cordón umbilical irrompible con el origen. Koulibaly, nacido en Francia, eligió Senegal; optó por sus orígenes antes que por el equipo más fuerte, utilizando el fútbol como una herramienta para honrar su historia. Bélgica llega a la cita tras certificar el liderato del Grupo G con una exhibición autoritaria ante Nueva Zelanda (5-1), donde se vio la mejor versión de Kevin De Bruyne y Leandro Trossard, además de un Lukaku demoledor saliendo desde el banquillo. Senegal, por su parte, accedió a los dieciseisavos de una manera distinta. Tras las derrotas contra Francia y Noruega, los hombres de Pape Thiaw necesitaban una goleada ante Irak en Toronto para colarse como uno de los mejores terceros. Lo lograron con un estruendoso 5-0, comandado por el desparpajo de Habib Diarra y un doblete de Pape Gueye.Cuando ruede el balón, Amadou Onana se medirá a los ídolos de su país natal, sabiendo que su historia ya es una victoria sobre el destino. En los noventa minutos de juego no habrá espacio para la nostalgia, será una batalla férrea en busca de un billete para los octavos; pero cuando el árbitro pite el final, Onana sabrá que, gane quien gane, una parte de su corazón estará en la siguiente ronda, y la otra seguirá corriendo descalza entre las piedras de Colabane.  

El aire de Colobane, un barrio populoso y vibrante en el corazón de Dakar, huele a humo de carbón, a pescado frito en los puestos callejeros y, sobre todo, a un incienso dulce y penetrante que las mujeres queman al atardecer. Allí, entre el polvo … y el bullicio de una casa compartida por catorce miembros de una misma familia, creció Amadou Onana, actual centrocampista del Aston Villa y la selección belga. Sus primeros recuerdos no tienen el césped perfecto de la Premier League ni la solemnidad de un Mundial, sino la urgencia de un niño que regresa rápido de la escuela para hacer los deberes porque, de lo contrario, en palabras del jugador, su madre no le dejaría salir a la calle. El plan era siempre el mismo: juntar dos piedras grandes, simular una portería y golpear un balón desinflado hasta que la noche africana devorase el perfil de las casas.

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