Hace poco era el turno para una reedición, la enésima, de Sentido y sensibilidad; ahora le toca a la obra capital de la Tercera República Francesa y siguientes. La pregunta vuelve a ser la misma: ¿estamos ante la necesaria rehabilitación de las historias de siempre o ante una falta de imaginación preocupante? Probablemente las dos cosas.
Fred Cavayé recupera el clásico de clásicos de manera tan rigurosamente espectacular como difícilmente justificable
Hace poco era el turno para una reedición, la enésima, de Sentido y sensibilidad; ahora le toca a la obra capital de la Tercera República Francesa y siguientes. La pregunta vuelve a ser la misma: ¿estamos ante la necesaria rehabilitación de las historias de siempre o ante una falta de imaginación preocupante? Probablemente las dos cosas.
Lo que no deja dudas, es que pocas novelas ha conocido el cine tan bien como Los Miserables. Desde la más clásica, ortodoxa y pionera firmada por Raymond Bernard en 1935 a la muy reciente versión rota y casi minimalista de Éric Besnard con un Grégory Gadebois descomunal, decenas de versiones cubren el periplo vital de Jean Valjean, del inspector Javert, de Fantine, de Cosette, de Marius y de todos lo que en algún momento soñaron con un mundo mejor. De por medio, la lectura eminentemente hollywoodiense en los años 30 a cargo de Richard Boleslawski, la europea en el más cabal de los sentidos de Bille August a finales de los 90, y, por qué no, la que más nos gusta: la de Ladj Ly en los suburbios de París de hoy, que en verdad es otra cosa. Todas ellas, de manera más o menos clara, imaginan el ascenso de la virtud, el poder del privilegio y la ruina de los desheredados conscientes de que el paraíso de los ricos es por fuerza el infierno de los pobres. Lo fue en el siglo XIX y, con el tecnofeudalismo que nos domina, lo es de forma aún más evidente ahora mismo.
La nueva versión hace pie en lo que dice la penúltima frase del párrafo precedente. De hecho, esa misma sentencia aparece impresa justo al arranque. Digamos que ésta podría ser la motivación política o la excusa simplemente de actualidad para la película. Han pasado los años, se han cumplido dos guerras mundiales, Europa se ha autoconstituido como un supuesto fortín de derechos y, sin embargo, no parece que hayamos avanzado tanto. Los miserables de entonces son los mismos de ahora. Antes estaban en los extrarradios de una ciudad como París y ahí siguen. Antes venían del campo, ahora de más lejos. Están ahí y están se mire donde se mire, en Gaza, en Ceuta o en cualquier ciudad de cualquier país del mundo.
Desde ahí, Cavayé insiste en la última de las obsesiones del cine francés: reformular de la manera más espectacular posible los textos de siempre. Primero fue la doble entrega de Los tres mosqueteros (Martin Bourboulon, 2023), luego El Conde de Montecristo (Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière, 2024) y ahora, la más grande de las historias jamás contadas (o la segunda). El director huye de manierismos, interpretaciones o revisiones y opta por la más frontal y plana de las lecturas. O aérea, sería más correcto. A un lado el siempre colérico y siempre brillante Vincent Lindon en un reparto por el que lucen estrellas del momento como Tahar Rahim, Camille Cottin y Noémie Merlant, la película acaba por agotarse en su grandilocuencia, en su rigor de época tan exquisito como cargante, en su empeño recurrente por el plano desde todos los drones imaginables. Se diría que es este último recurso el que acaba por definir a la propia producción. Nadie sabe a fecha de hoy cuál es el punto de vista que ofrece un dron.
El resultado es lo que parece, que, la verdad y a su modo, se acerca bastante a un bucle, el bucle de antes, el bucle de siempre.
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Director: Fred Cavayé. Intérpretes: Vincent Lindon, Tahar Rahim, Camille Cottin, Noémie Merlant. Duración: 178 minutos. Nacionalidad: Francia.
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