Antes de Ruega por nosotras, el cine español apenas había dedicado tiempo a una abominación fascista como el Patronato de Protección a la Mujer (prima hermana de otra demencial institución como la Obra de Redención de Mujeres Caídas). La brillante y claustrofóbica ficción de Pau Teixidor Alumbramiento y el desgarrador cortometraje documental Els buits (Los vacíos), de Sofía Esteve, Marina Freixa Roca e Isa Luengo, eran hasta la fecha los trabajos (los dos muy recientes, por cierto) más relevantes sobre un capítulo de nuestra historia más próxima (dejó de funcionar en 1985) y más vergonzante. Probablemente sea injusto culpar a nadie en particular y menos que nadie al cine, así sin más, en general. Pero, si algo enseña el tiempo y el muy masculino sentido común es que nada es inocente. Y menos que nada los olvidos.
Daniel Monzón reconstruye con precisión, agonía y la gramática del cine de los 70 la maquinaria represora de la dictadura a través del Patronato de Protección a la Mujer
Antes de Ruega por nosotras, el cine español apenas había dedicado tiempo a una abominación fascista como el Patronato de Protección a la Mujer (prima hermana de otra demencial institución como la Obra de Redención de Mujeres Caídas). La brillante y claustrofóbica ficción de Pau Teixidor Alumbramiento y el desgarrador cortometraje documental Els buits (Los vacíos), de Sofía Esteve, Marina Freixa Roca e Isa Luengo, eran hasta la fecha los trabajos (los dos muy recientes, por cierto) más relevantes sobre un capítulo de nuestra historia más próxima (dejó de funcionar en 1985) y más vergonzante. Probablemente sea injusto culpar a nadie en particular y menos que nadie al cine, así sin más, en general. Pero, si algo enseña el tiempo y el muy masculino sentido común es que nada es inocente. Y menos que nada los olvidos.
Hace no tanto, la ganadora del León de Oro en Venecia por Mujer desconocida, la directora danesa May el-Toukhy, se refería a las historias que nos faltan, a los silencios culpables y al siempre ignorado cuerpo de la mujer «como campo de batalla», decía. Se refería, en efecto, a ese lugar para nada metafórico, sino más bien físico, donde el poder enseña sus inseguridades y miedos de la forma más violenta posible, donde el privilegio censura lo que le es ajeno de manera siempre salvaje. Quizá por ello, al cine, un arte de privilegiados ejercido tradicionalmente desde una posición de poder, le cueste tanto hablar de las víctimas tradicionales de, en efecto, el poder y el privilegio. Quizá por ello, porque buena parte del esquema mental y hasta inconsciente que justificaba aquella barbaridad sigue sin caducar del todo, sean tan pocos los que han sentido la necesidad de hablar de algo tan tremendamente atroz. Solo es una teoría.
Digamos que por todo lo anterior, por recuperar desde el mutismo siempre culpable un fragmento de la historia de la infamia española, Ruega por nosotras está a salvo. Daniel Monzón de la mano de un guion firmado a medias con Jorge Guerricaechevarría, cuenta la historia de, según la nomenclatura oficial, una niña bien que un buen día, víctima de sus ganas de vivir, cae. No es que se tropiece y se caiga, sino que simplemente cae. Es decir, comete el crimen nefando de no rezar todo lo que debería. Estamos en 1974, a un año de la muerte del dictador, y eso la lleva al mentado Patronato citado que no es nada más que una cárcel regentada por monjas represoras producto de un régimen monstruoso y fascista. Lo que sigue es muchas cosas —drama carcelario, intriga y hasta película de amistad y acción—, pero, sobre todo, no es nada más que historia de España. Y lo es desde la consciencia, y volvemos a la danesa May el-Toukhy, de que es una historia que nos falta.
La estrategia diseñada por Monzón, como es habitual en su cine, es esencialmente cinéfila. O cinéfaga, mejor. Como ya hiciera en Las leyes de la frontera, su idea es recuperar para el cine de hoy buena parte de los otros cines, los diferentes, de ayer. Entonces, el citado en forma de eco era el llamado cine quinqui de tirón y navaja; ahora, se trata de hacer propias las maneras de un cine que igual recuerda al subgénero, muy cerca del exploitation, de reclusas maltratadas (pensemos en Carne apaleada, de Javier Aguirre) que al drama crudo en la tradición británica que culmina en Las hermanas de la Magdalena, de Peter Mullan, sobre idéntica humillación de la Iglesia católica contra los cuerpos considerados débiles. Y ello, desde una puesta en escena esencialmente claustrofóbica, violenta y agónica. Una admirable y sufriente Zoe Bonafonte recibe así la réplica de una veterana y magistralmente cruel (valga el exabrupto) Adelfa Calvo como madre superiora de semejante aberración.
Ruega por nosotras funciona a la perfección en su voluntad apasionada de revelar lo oculto y en la descripción pautada de una atrocidad de la mano de los modos de un cine setentero tan vital como enérgico. Bien es cierto que en su entusiasmo y en su voluntad de huir del drama más protocolario y acercarse al dinamismo propio del género, la película incurre en repeticiones según el patrón castigo/fuga quizá evitables. Tampoco ayuda que el dibujo de los personajes se acerca peligrosamente a un exagerado claroscuro algo subrayado que resta algo de profundidad y nervio a la denuncia. Sea como sea, lo que queda es una película tremenda en su más amplio y desproporcionado de los sentidos que acierta a señalar la herida en el lugar preciso que más sangra: el de la memoria arrasada.
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Director: Daniel Monzón. Intérpretes: Zoe Bonafonte, Manuela Calle, Adelfa Calvo. Duración: 136 minutos. Nacionalidad: España.
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