La ruptura de los viejos paradigmas

No hace falta ser Enrique Macaya, el venerable periodista argentino de 91 años que lleva cubriendo Mundiales desde Suecia 1958, donde asistió a la explosión de un adolescente brasileño de 17 años al que llamaban Pelé, para ser conscientes de lo mucho que han cambiado algunas cosas en la máxima competición del fútbol. Y no me refiero a los cambios lógicos que impone la modernidad, como la dimensión y calidad de los estadios, las impresionantes coberturas informativas, el merchandising global o el movimiento de las hinchadas de un continente a otro; ni siquiera pienso en cuestiones como el VAR o ese tiempo muerto para los anuncios que la FIFA se ha sacado de la manga con la excusa de hacer una pausa de hidratación para preservar la salud de los futbolistas; los mismos, por cierto, a los que se exprime como limones durante todo el año con calendarios infernales. Me refiero a la ruptura de algunos viejos paradigmas del fútbol que siempre nos parecieron inquebrantables.Pensé en ello viendo el Alemania-Paraguay. Es cierto que la Mannschaft ya había fracasado por todo lo alto en las dos últimas ediciones de la Copa del Mundo, donde no pasó la fase de grupos, pero muchos seguíamos confiando en la fiabilidad germana, como si no pudiéramos renunciar a una convicción que nos ha acompañado toda la vida. ¿O acaso no tenía razón Lineker cuando dijo aquello de que el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania? Que el equipo de Nagelsmann cayera ante Paraguay perdiendo la primera tanda de penaltis de su historia en unos Mundiales nos sorprendió a todos, pero todavía me asombró más su fútbol. Los alemanes cayeron como lo hizo España en Rusia y en Catar, con un juego retórico de pases y pases con el que no conseguían ninguna profundidad. Que esto les sucediera a las selecciones de Fernando Hierro y Luis Enrique en aquellos partidos estupefacientes contra Rusia y Marruecos fue desagradable, pero podía entenderse. España había rescatado y llevado a la perfección el juego de toque, por lo que tenía sentido que su decadencia se produjera llevando a la caricatura ese estilo. ¿Pero Alemania? ¿Qué hace la Mannschaft, paradigma de la potencia, la fiabilidad y la contundencia, el rodillo en estado puro, enredada en un fútbol liviano y monocorde que no es el suyo, que no responde a su historia y a su naturaleza, y que le sienta peor que a un juez una peluca de payaso? No es fácil de entenderlo, la verdad. ¿Qué hace la Mannschaft, máximo ejemplo de fiabilidady contundencia, practicando este fútbol liviano y monocorde?Otro cambio es el de Brasil. Es cierto que seguir asociando la canarinha con el ‘jogo bonito’ es un sinsentido. Aquel paradigma saltó por los aires en una fecha muy concreta, el 5 de julio de 1982, cuando Italia eliminó a la selección de Sócrates, Zico, Falcao, Toninho Cerezo y demás en aquel histórico partido en Sarria. A partir de entonces, el juego de la selección brasileña ha limitado su belleza a la que producen sus grandes estrellas en ataque, que nunca dejará de tenerlas porque en ese país surgen por generación espontánea. En lo que respecta al juego colectivo, sin embargo, se ha convertido en un equipo menor. Y es que, una vez que vende su alma al diablo de la estricta rentabilidad y acepta «el dunguismo», como le llama Alfredo Relaño en recuerdo de Dunga, aquel mariscal prusiano que ejerció como capitán y líder en el centro del campo de Brasil en el Mundial de 1994, la vuelta atrás ya es muy complicada. El caso es que ante Japón, a la que acabó ganando en el descuento después de que Tanaka cometiera un error en la salida de balón del que se arrepentirá toda su vida, se vio a una canarinha que se miraba en el espejo del Real Madrid de la última temporada de Ancelotti. Hablamos de un equipo reactivo, sin capacidad para dominar el juego. Sus bazas se concentran en el oficio y competitividad de sus defensas y centrocampistas, y en el desequilibrio que ya sólo aporta Vinicius tras la lesión de Raphinha, una baja muy sensible. Por mucho que cada vez que llega un Mundial su condición de mítica pentacampeona le sitúe en el ramillete de grandes favoritos, la contabilidad no miente. Desde su último título en 2002, de la mano de Ronaldo y Ronaldinho, Brasil ha caído siempre en cuartos, la vieja frontera de España antes de 2010, con la única excepción de lo que ocurrió en 2014. Entonces, como anfitriona, llegó a semifinales, pero casi fue peor. Alemania le metió siete. Aquello sí que fue un cambio brutal. De hecho, todavía hay brasileños que no han superado aquella depresión. POSTDATA. Parece que estamos condenados a vivir un culebrón cada verano con Nico Williams. Ahora toca lo de su lesión con España. La cosa empieza a ser insufrible, la verdad. Sobre todo, porque todos los culebrones tienen como principal característica un oscurantismo estúpido, una especie de férrea voluntad de enredar las cosas de forma que no sepamos a qué atenernos con ellas. ¡Qué pesadez! No hace falta ser Enrique Macaya, el venerable periodista argentino de 91 años que lleva cubriendo Mundiales desde Suecia 1958, donde asistió a la explosión de un adolescente brasileño de 17 años al que llamaban Pelé, para ser conscientes de lo mucho que han cambiado algunas cosas en la máxima competición del fútbol. Y no me refiero a los cambios lógicos que impone la modernidad, como la dimensión y calidad de los estadios, las impresionantes coberturas informativas, el merchandising global o el movimiento de las hinchadas de un continente a otro; ni siquiera pienso en cuestiones como el VAR o ese tiempo muerto para los anuncios que la FIFA se ha sacado de la manga con la excusa de hacer una pausa de hidratación para preservar la salud de los futbolistas; los mismos, por cierto, a los que se exprime como limones durante todo el año con calendarios infernales. Me refiero a la ruptura de algunos viejos paradigmas del fútbol que siempre nos parecieron inquebrantables.Pensé en ello viendo el Alemania-Paraguay. Es cierto que la Mannschaft ya había fracasado por todo lo alto en las dos últimas ediciones de la Copa del Mundo, donde no pasó la fase de grupos, pero muchos seguíamos confiando en la fiabilidad germana, como si no pudiéramos renunciar a una convicción que nos ha acompañado toda la vida. ¿O acaso no tenía razón Lineker cuando dijo aquello de que el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania? Que el equipo de Nagelsmann cayera ante Paraguay perdiendo la primera tanda de penaltis de su historia en unos Mundiales nos sorprendió a todos, pero todavía me asombró más su fútbol. Los alemanes cayeron como lo hizo España en Rusia y en Catar, con un juego retórico de pases y pases con el que no conseguían ninguna profundidad. Que esto les sucediera a las selecciones de Fernando Hierro y Luis Enrique en aquellos partidos estupefacientes contra Rusia y Marruecos fue desagradable, pero podía entenderse. España había rescatado y llevado a la perfección el juego de toque, por lo que tenía sentido que su decadencia se produjera llevando a la caricatura ese estilo. ¿Pero Alemania? ¿Qué hace la Mannschaft, paradigma de la potencia, la fiabilidad y la contundencia, el rodillo en estado puro, enredada en un fútbol liviano y monocorde que no es el suyo, que no responde a su historia y a su naturaleza, y que le sienta peor que a un juez una peluca de payaso? No es fácil de entenderlo, la verdad. ¿Qué hace la Mannschaft, máximo ejemplo de fiabilidady contundencia, practicando este fútbol liviano y monocorde?Otro cambio es el de Brasil. Es cierto que seguir asociando la canarinha con el ‘jogo bonito’ es un sinsentido. Aquel paradigma saltó por los aires en una fecha muy concreta, el 5 de julio de 1982, cuando Italia eliminó a la selección de Sócrates, Zico, Falcao, Toninho Cerezo y demás en aquel histórico partido en Sarria. A partir de entonces, el juego de la selección brasileña ha limitado su belleza a la que producen sus grandes estrellas en ataque, que nunca dejará de tenerlas porque en ese país surgen por generación espontánea. En lo que respecta al juego colectivo, sin embargo, se ha convertido en un equipo menor. Y es que, una vez que vende su alma al diablo de la estricta rentabilidad y acepta «el dunguismo», como le llama Alfredo Relaño en recuerdo de Dunga, aquel mariscal prusiano que ejerció como capitán y líder en el centro del campo de Brasil en el Mundial de 1994, la vuelta atrás ya es muy complicada. El caso es que ante Japón, a la que acabó ganando en el descuento después de que Tanaka cometiera un error en la salida de balón del que se arrepentirá toda su vida, se vio a una canarinha que se miraba en el espejo del Real Madrid de la última temporada de Ancelotti. Hablamos de un equipo reactivo, sin capacidad para dominar el juego. Sus bazas se concentran en el oficio y competitividad de sus defensas y centrocampistas, y en el desequilibrio que ya sólo aporta Vinicius tras la lesión de Raphinha, una baja muy sensible. Por mucho que cada vez que llega un Mundial su condición de mítica pentacampeona le sitúe en el ramillete de grandes favoritos, la contabilidad no miente. Desde su último título en 2002, de la mano de Ronaldo y Ronaldinho, Brasil ha caído siempre en cuartos, la vieja frontera de España antes de 2010, con la única excepción de lo que ocurrió en 2014. Entonces, como anfitriona, llegó a semifinales, pero casi fue peor. Alemania le metió siete. Aquello sí que fue un cambio brutal. De hecho, todavía hay brasileños que no han superado aquella depresión. POSTDATA. Parece que estamos condenados a vivir un culebrón cada verano con Nico Williams. Ahora toca lo de su lesión con España. La cosa empieza a ser insufrible, la verdad. Sobre todo, porque todos los culebrones tienen como principal característica un oscurantismo estúpido, una especie de férrea voluntad de enredar las cosas de forma que no sepamos a qué atenernos con ellas. ¡Qué pesadez!  

No hace falta ser Enrique Macaya, el venerable periodista argentino de 91 años que lleva cubriendo Mundiales desde Suecia 1958, donde asistió a la explosión de un adolescente brasileño de 17 años al que llamaban Pelé, para ser conscientes de lo mucho que han cambiado … algunas cosas en la máxima competición del fútbol. Y no me refiero a los cambios lógicos que impone la modernidad, como la dimensión y calidad de los estadios, las impresionantes coberturas informativas, el merchandising global o el movimiento de las hinchadas de un continente a otro; ni siquiera pienso en cuestiones como el VAR o ese tiempo muerto para los anuncios que la FIFA se ha sacado de la manga con la excusa de hacer una pausa de hidratación para preservar la salud de los futbolistas; los mismos, por cierto, a los que se exprime como limones durante todo el año con calendarios infernales. Me refiero a la ruptura de algunos viejos paradigmas del fútbol que siempre nos parecieron inquebrantables.

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