No he visto La bola negra y me repito que es porque no he logrado sacar un rato. Los curros, los niños, los compromisos, la NFL los domingos, la errónea decisión de volver a completar el Red Dead Redemption 2… Me convenzo de que quiero, pero no puedo y es mentira. No la he visto porque usted sí. Y usted y usted y también aquel de la esquina, que piensa, con razón, «y a mí qué más me da eso».
Me convenzo de que quiero, pero no puedo y es mentira. No la he visto porque usted sí. Y usted y usted y también aquel de la esquina, que piensa, con razón, «y a mí qué más me da eso»
No he visto La bola negra y me repito que es porque no he logrado sacar un rato. Los curros, los niños, los compromisos, la NFL los domingos, la errónea decisión de volver a completar el Red Dead Redemption 2… Me convenzo de que quiero, pero no puedo y es mentira. No la he visto porque usted sí. Y usted y usted y también aquel de la esquina, que piensa, con razón, «y a mí qué más me da eso».
No es esnobismo (no sólo, al menos), es la añoranza de un tiempo en el que podías descubrir una película, un libro o un grupo sin tener tanta información previa sobre ellos que tu opinión ya nunca es tuya. Es de una mente colmena de críticos, pseudofamosos, influencers, tuiteros y hasta ese vecino que usa camisas de manga corta. Ni siquiera eso le invalida. Todos necesitan (necesitamos) que se sepa lo que piensan y, si no eres un eremita, es imposible aislarse.
Gente que no conoces, que no te importa y que, probablemente, te caería mal condiciona cómo te enfrentas a una experiencia que podría definirte. Porque todos somos lo que nos gusta y desearía seguir estando seguro de que mis fijaciones son realmente mías. No me cuestiono el impacto que supusieron, en territorio virgen, mi primer contacto con Woody Allen, El apartamento, Paul Auster, Nick Hornby o Los Planetas. Eso soy yo. No me atrevo a afirmar lo mismo de nada de lo que me ha impresionado desde que las redes sociales jodieron el mundo. Ni siquiera me la jugaría con The Wire, mi biblia. ¿Habría aguantado la exigencia de los dos primeros capítulos si el mundo entero no llevara meses gritando que me tenía que gustar? ¿Habría soportado mi rechazo visceral cada vez que Ziggy Sobotka aparece en pantalla si me hubiera sentido libre para apagar? ¿Veneraría sus diálogos si sus frases no adornaran tantas camisetas? Creo que sí. Sólo lo creo.
Puedo hacer una crítica de La bola negrasin haberla visto: tres líneas temporales, cierto bajón en la parte actual, amor, emoción, hermosísima fotografía, gran banda sonora, visualmente impactante, blablabla. Me encanta el trabajo anterior de Los Javis y creo que es un sentimiento real porque llegué a La llamada y Paquita Salas sin referencias y vi La Mesías nada más salir, libre de injerencias externas, pero esa posibilidad murió con esta película mucho antes de su estreno, en esos meses postCannes donde presumir de haberla visto con antelación era el nuevo trend. Cuando no logré ir el fin de semana del estreno, supe que ya nunca sería lo mismo.
La veré, claro. Podrá parecerme una obra maestra, pero siempre la miraré con recelo. Nunca existirá esa relación íntima entre la obra y cada espectador que la convierte en tan parte de ti como cada pareja, cada amigo, cada muerte, cada polvo. Eso lo hemos perdido para siempre y no puede darme más pena.
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